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IntroducciÓn 1: Cazados.

La noche no es más que la noche, sólo el sol se va y queda la luna en su esplendor; ella la dueña de la noche y nosotros sus eternos esclavos, que solo la muerte libera. La noche no es más que la noche, es cuando las bestias salen a cazar, cuando los demonios buscan por los rincones sin miedo, ni menor pena de ser vistos por Dios. Donde los malditos vampiros salen de sus sepulcros a robarle el alma a los seres humanos. Pero aún más repugnantes que los vampiros son esos humanos estúpidos y miedosos, que se atreven a matar a su prójimo, acusándoles de cualquier artimaña o delitos injustificados, por celos, envidia, miedo incoherente, por hambre de poder. Le temen a los demonios que ya existen a su alrededor y encima de todo crean los propios. Aun así los humanos mantienen una utilidad inalienable… a ellos, nos los podemos comer, devorar, destrozar por diversión. Pero a los vampiros nadie se los puede comer, están podridos, por sus venas no corre sangre, en su cuerpo no hay carne, no hay alma, no hay sentimientos, son solo lodo moldeado a semejanza humana, dentro de vestidos elegantes. A ellos nadie los necesita, nadie los quiere, no son de ninguna parte.
Este es mi mundo, donde los ilustrados no creen en nosotros, solo creen en lo que ven y lo que ven no es más que un sueño, ¡sí! aquí en donde los pueblos se reúnen alentados por sacerdotes para profanar las tumbas que son sospechosas de ahí habitar un vampiro. Se han creado tantos métodos tan idiotas para identificarlos, que no sé de dónde sacan tanta estupidez.
La noche no es más que la noche y la hermosa luna que da la luz que guía en esa oscuridad, la noche no es más que la noche, donde los seres que prefieren esta ambiente, salen a cazar su presa. Esta es mi noche y, ¿cuál es la tuya?
La princesa de la soledad.


La noche estaba en plena juventud, los animales nocturnos salían a cazar sus presas, las luciérnagas centelleaban entre los montes, los lobos aullaban, la luna nos contemplaba en una tranquila y una embelesada noche. Sin embargo, los campesinos que de costumbre se encierran a piedra y lodo en sus casas todas las noches, no lo estaban; toda una urbe de pobladores se dirigía a una pequeña colina al sur de su pueblo. Una pequeña colina que solo era habitada por dos viejecillos, que tan solo vivían de sus animales y lo poco que sembraban.
El viejecillo desde las sombras miraba con disimulo por la apertura de la puerta, mirando como aquellas luces de las antorchas subían por el angosto camino. Cuando su esposa; una mujer mal humorada, de pelo encanecido y cuerpo esquelético, le pregunto intrigada por lo que hacía. Contestándole el viejecillo de manera molesta:
— ¡Nada mujer! ¡nada!, anda, mejor ve a revisar el agua del fogón que ya quiero darme un baño.
La anciana que ya estaba acostumbrada a ser tratada de forma tan indiferente, se marchó de mala gana, saliendo por la puerta trasera, mientras el viejecillo la espiaba irse. Cuando por fin el viejecillo escucho la puerta cerrase de golpe, se apresuró a tomar una palmatoria y encendió la vela que en ella estaba, para luego apresurarse a ir a la entrada del baño, donde bajo la alfombra se escondía una puerta de madera que conducía al sótano de la casa. El viejecillo jalo fuerte de la manija y se adentró al sótano, bajando con cuidado por las escaleras de mano, quejándose continuamente de un dolor en su pierna derecha.
Al bajar de las escaleras resonó el profundo eco de sus pies al tocar el suelo, volcándose a él un gélido viento que le penetraría los huesos a cualquiera, sin embargo el viejecillo con un semblante tranquilo continuo caminando. A cada paso se podían escuchar el crujir del suelo, lo poco que podía la vela iluminar eran muebles rotos, caballitos de madera derrumbados y corroídos por el tiempo, juguetes, muñecas antiguas tendidas sobre el suelo, cubiertas por polvo y telarañas.
El viejecillo caminaba al paso que sus pies le permitían, cojeaba de la pierna derecha y ahora que la luz de la vela le iluminaba con cercanía, se podía ver que el anciano tenía puesta una camisa blanca, con abundantes manchas de sangre por la cintura. Sus pasos estaban dirigidos hacia una gran puerta de madera recargada sobre un espejo rectangular pegado a la pared. — ¿Qué será la que busca?—me pregunte con una gran sonrisa en el rostro, mientras más carca estaba a ella.
El viejecillo con todas sus fuerzas empujo la puerta al lado contrario, al derrumbarla se levantó una gran nube de polvo, cubriendo con ella la superficie del espejo. El viejecillo agotado, aun no recuperaba el aliento, cuando con su antebrazo limpio parte del espejo, mirando con asombro su silueta.
Hace tantos años que el viejecillo no miraba su reflejo por miedo, miedo a lo que vería y fue exactamente miedo lo que encontró en ese momento. Él no veía una mancha de sangre sobre su cintura, el veía las manos de la muerte ciñéndole con sus esqueléticas garras afiladas. Se sentía como aquel que está al borde del precipicio, decepcionado de su humanidad, apenado ante todo. Pero, lo que había tras ese espejo, su motivo de vida, solo pensar en eso se reconforto y entendió enseguida que lo que veía no era más que una ilusión, que su vida en si ha sido solo eso. Entonces una sonrisa pequeña se dibujó en su rostro, moldeándole una satisfactoria angustia.
Coloco sus callosas y arrugadas manos sobre el espejo con suavidad, su dedo índice caía suavemente hasta quedar curvo bajo la palma de su mano y fue entonces que levanto un rostro desentonado, pues por sus ojos liados y enrojecidos no había más que lágrimas, que iban una a una recorriendo su rostro hasta quedar fuera del rayano de la luz, pero, algunas lágrimas se estancaban en sus labios, contorneándole una sonrisa discordante.
— Adiós—dijo entre un suspiro.
Y se alejó del espejo con lentitud, decaído. Casi arrastrando los pies llego a un ropero de madera con marcas de quemaduras por todas partes, le abrió ambas puertas de manera súbita, mientras dejaba caer su peso frente a él, encorvándose como los ebrios desganados. Tardo un tiempo en volver a levantar el rostro, pues todo ese tiempo miraba con minuciosidad las manchas de sangre en su camisa. Dejo sobre el suelo la palmatoria y saco de entre sacos y ropas viejas una escopeta la cual cargo de perdigones. Cerro el armario y tomo una silla, la desempolvo con una seda sucia y rota de su esposa y se sentó de manera tranquila a esperar. Soplo la vela y arrojo la palmatoria tras él. Quedando en el seno de la obscuridad más absorbente, en silencio y en soledad haciéndole compañía a alguien más.
Mientras tanto, tras la casa. Envuelta en su manto la viejecilla soportaba entre titiriteros la fría noche, moviendo los troncos del fogón para avivar la lumbre, esperando confortar a su malhumorado esposo.
— Ese maldito anciano estaba viendo algo y no quería decirme—refunfuñaba la anciana a todo pulmón—. ¡Ay, en que momento vine a casarme con ese saco de huesos, inútil!
Sus quejas sonaban por toda la casa y esa era su intención. Pensando que tal vez, si se quejaba de este modo, haría reflexionar a su marido en su forma de ser, pues para ella la vejez, después de haber sido una mujer hermosa era algo duro de soportar, el solo ponerse a recordar sus años mozos le erizaban la piel de miedo, pues a su edad aun no aceptaba la idea de que pronto moriría.
Pero con sus quejas no atrajo la atención de su marido, atrajo algo peor. Los pobladores por fin habían subido la colina. Siendo guiados en la profunda obscuridad por las quejas de la viejecilla hasta el jardín trasero, donde sin piedad se abalanzaron contra ella tres de los hombres más fuertes del pueblo. Le ataron de manos y pies, obligándola a encarar la tierra, siendo tratada como un animal cualquiera. Y frente a ella se presentó uno de los hombres más poderosos del pueblo, un hacendado mejor conocido como “aquel que desata su cólera contra los vampiros” un nombre largo tal vez, pero en todo caso le hacía honor a este. Un hombre que aunque viejo, mantenía siempre una rígida postura, espalda ancha, brazos y piernas fuertes, los cuales se hacían notar claramente por las camisas de lana tan ajustadas que solía usar todo el tiempo, grandes cejas pobladas, una mirada severa, nariz angosta y boca inexpresiva aunando esto a su potente voz, así que no era para más decir que los pobladores le temían y hacían reverencia como si de un héroe de guerra se tratara.
El hacendado con suavidad tomo a la viejecilla por la barbilla y le obligo a verle a los ojos.
— Eres una anciana maldita—se expresó con burla, manteniendo una vanidosa sonrisa—, mira que traicionar a tu pueblo de esta manera, los de tu clase no merecen más que el infierno. Acogimos a tu familia aun después del incidente de hace 9 años y mirate ahora, me provocas nauseas.
Pero, la viejecilla no comprendía lo que sucedía. Miraba a todas partes confundida, sintiendo miedo y pánico, pues a todas aquellas personas a las que conocía, con las que algún día convivio serenamente, ahora estaban en su casa, invadiendo su propiedad y encima tratándola como una delincuente. Miradas indiscretas de amigos, miradas llenas de odio, de repulsión hacia ella.
Fue entonces que entre la caótica multitud vio un rostro familiar. Pero no cualquier rostro, este rostro tenía los ojos de un muerto, un muerto en vida, que tan solo deambulaba ya sin sentido. A la hora de gritar e insultar parecía un animal rabioso, que era detenido por manos que asemejaban sogas que se tensaban amenazantes a romperse. Sí, no cabía duda que era el padre […]
La viejecilla comenzó a gritar desesperada, su garganta se desgarraba en cada grito pidiendo ayuda. Pues comprendió de que se trataba todo, porque tanto alboroto, porque la agresión. Una bofetada propinada por el hacendado la hizo caer de rostro al suelo, pero ya no tenía fuerzas para gritar, ya no tenía fuerzas para gritarle a su marido, pues ya sabía que él no vendría en su ayuda. Él ya estaba protegiendo lo único que siempre le importo.
La viejecilla intuyo que ya su marido, al hombre que le entrego tantos años de su vida, estaba protegiendo su verdadero tesoro y él sabía que ella pronto dejaría de pedir ayuda. Es por eso que se quedó tranquilo mirando la nada, esperando a que los pobladores se marcharan con su esposa y los dejaran en paz. Limpiaba en la obscuridad con minuciosidad su escopeta, para que no le fallara si algo salía mal.
— Ahora sí que ya no hay marcha tras, por fin eh sobre pasado mis limites—rio sutilmente, se inclinó ligeramente hacia delante y recargo los brazos sobre sus piernas, volviendo a quedar en silencio.
Mientras tanto, tras la casa la euforia se avivaba con cánticos y bebidas repartidas por las mujeres del pueblo, en gratitud al arduo trabajo que cumplían sus maridos.
— ¡Vamos, hay que entrar a la casa y traer al otro anciano!—exclamo uno de los pobladores. Mientras la multitud se incitaba, avivada por la euforia de tener la vida de alguien pendiendo de sus manos.
— ¡¡¡Sí!!!—exclamaron en coro, alzando las armas a los cielos. — ¡vamos a atraparlo, para que nos diga donde esconde tan temido vampiro! ¡Y nosotros lo mataremos!
— Tranquilícense—interrumpió el hacendado abriéndose paso entre la gente que; al escuchar la imponencia de su voz se detuvieron—. Libérense paganos de toda la euforia, no se sientan como dios o dios les castigara, aprendan a pensar con la cabeza fría, o pronto terminaran con la cabeza realmente fría, pero muy lejos de sus hombros…—comenzó a merodear con aquella severa mirada.
Pronto la gente comenzó a sentirse apenada. El color rojizo bajaba, las botellas eran tiradas aún lado, las mujeres se apartaban de sus maridos y los canticos se detuvieron hasta quedar de nuevo en silencio. Siendo iluminados todos del rojo de las llamas del fogón, pero el hacendado; quien se había colocado frente a ellos, está teñido del resplandeciente azulado de la luna que daba de cara a ellos.
— Unos exterminadores de vampiros muy efectivos; los hermanos Granda—continuo—, vendrán pronto. Dicen que ellos eliminaron la plaga de muertos vivientes en el pueblo del otro lado del rio.
— ¡Entiende que no podemos esperar a que ellos vengan!—replico uno de los pobladores tratando de convencerle, diciéndole en confidencia— Si nosotros nos encargamos del vampiro, no nos querrá cobrar más el sacerdote por el servicio de esos cazadores.
Los pobladores comenzaron a murmurar en el instante en que el poblador comenzó tanto parloteo, pues sabían perfectamente que el hacendado era parte importante tanto del pueblo como de la iglesia y este reaccionario molesto tras tan grave incitación a desobedecer órdenes del sacerdote. Pero después de terminar nada fue como pensaron. El hacendado arrebato de las manos de un joven monaguillo que los acompañaba; una vasija llena de agua bendita, y se la entregó al poblador quien confundido no sabía qué hacer.
— ¡Entraremos!—informó a todos—. Que los fuertes de mente y cuerpo nos acompañen, quienes se consideren débiles que permanezcan en la luz de la luna que la obscuridad saca lo peor de nosotros.
El joven monaguillo suspiro de alivio, sin embargo el hacendado sin siquiera preguntarle lo tomo por la túnica con rudeza y le entrego una antorcha junto a un crucifijo que apenas cabía entre sus manos. El joven monaguillo sentía terror de entrar y continuamente trataba de desviar sus pies para no cruzar la entrada a tan tétrica casa, pero siempre era enderezado de un jalón por algún poblador que le seguía.
Cinco hombres entraron a la casa, incluyendo el hacendado que no titubeo en ningún momento. Todos entraron con cautela, yendo a la cabeza en joven monaguillo quien no paraba de temblar de las manos.
— ¡Oye… oye! ¡deja de temblar de esa manera, o se caerá el crucifijo, y el vampiro no esperara a que lo recojas!—reclamo uno de los pobladores con un tono burlón.
Pero aun a pesar de la insistencia por parte de los pobladores, el joven no podía parar de temblar, pues el más que nadie podía presentir aquel pesar de ambiente. Buscaron por todas partes, dentro y fuera de la casa, pero no lograron obtener nada. Ya resignados, estaban a punto de salir, cuando una silueta contorneada por la luz azulada tenue de la luna se reflejó bajo sus pies; dicha silueta era larga generando sobre ellos una sombra tenebrosa. Nadie se atrevía a girar el rostro y encarar a dicho demonio que se les había presentado, todos guardaban silencio, trataban de no emitir ninguna clase de ruido por miedo y hasta había quienes sostenían la respirar con los ojos cerrados.
El joven monaguillo resignado bajo los hombros destensando su cuerpo y giro lentamente. Pero para su sorpresa de todos, tan solo se trataba de otro joven más del pueblo al que le gustaba jugarse bromas de este tipo. Todos al verlo relajaron sus cuerpos para luego comenzar a reclamarle. La infame mirada y burlona sonrisa del joven perdieron interés después de un rato de regocijo diciendo con lucido tono:
— La anciana teme por su vida—soltó una chillona risita— y, acaba de delatar el escondite de su esposo. No puedo creer que los humanos seamos tan… maleables en situaciones tan adversas, sacamos lo peor de nosotros ¿no?
— Supongo que te divierte ver como la anciana teme por su vida—reclamo el monaguillo cohibido —seguramente tú fuiste quien le saco esa información.
— Me gustaría decir que sí, pero… la anciana negocio su libertad por ella misma, yo, tan solo vine a decirles, pues me gusta ver arder el pueblo.
— ¡Al, al diablo con esto!—exclamo un poblador alterado, tal parecía que aún continuaba en shock por el miedo— ¡Yo pienso que mejor quememos la casa! ¡si, dejemos que se queme el anciano junto al vampiro! ¿Qué les parece?
— Estás loco—contesto el hacendado, mientras se dirigía al cuarto de baño—, Eso nos haría igual que ellos, mejor los llevamos hasta la casa del sacerdote y que él les imponga la condena, al fin y al cabo, él es la autoridad divina del pueblo.
El hacendado veía las malas intenciones del joven que había aparecido tan repentinamente, pues en sus ojos burlones se veía la mirada de un timador, pero eso no fue lo único que vio, pues tras la insistencia del joven en mirar la puerta del baño, delato la entrada. El joven molesto chasqueo la boca mordiendo con molestia su pulgar al sentirse descubierto, añadiendo con un tono vanidoso:
— Pensaba que podría sacarles un poco de dinero, pues soy al único al que le dijo el escondite, pero soy tan torpe que ya me eh delatado.
Sin más que decir se marchó sin antes desearles suerte con un tono un tanto descarado. Mientras tanto el hacendado continúo buscando, encontrando con habilidosa rapidez la manija bajo la alfombra.
— ¡Es mejor que vengan para acá!— grito el joven monaguillo, al ver también la manija— Solo hay dos opciones: —dijo al estar todos alrededor de la entrada— o aquí ocultan al vampiro o aquí está escondido el viejo.
— ¿Y qué tal si las dos?—contesto el hacendado de manera obvia.
Abrieron lentamente la compuerta, repitiéndose de manera tenue el eco de esta. Enseguida una corriente de viento soplaba sobre sus rostros, trayendo consigo un olor putrefacto. Hacia dentro solo se podía ver el comienzo de las escaleras, hasta perderse en la obscuridad. Las piernas del joven monaguillo se negaban a seguir avanzando, mientras sus compañeros se adentraba uno a uno al sótano. Y al no poderse mover por cuenta propia aunque lo quisiera, fue tomado con fuerza por el hacendado; quien lo arrojo hacia adentro. Al caer, la antorcha rodo por el suelo mientras el adolorido monaguillo se levantaba después de la caída.
— Los hombres que están con Dios no son débiles, así que no seas débil. Eres dueño de tu cuerpo y de tu mente—comenzó a decir el hacendado con aquella voz tenue y profunda, que le daba aires de sabiduría, mientras el joven monaguillo se retorcía de dolor—. Ponte en pie, joven monaguillo.
El joven arto de ser tratado de mala manera volteo el rostro yendo deprisa por la antorcha antes de provocar un incendio. Pero antes de poder poner una mano sobre de esta, saltó hacia atrás envuelto en pánico, cayendo de espaldas sobre pedazos de madera podridos. Rápidamente sus compañeros fueron a auxiliarlo, encontrándolo con los ojos perdidos, señalando una muñeca vieja, con el rostro partido a la mitad y llena de polvo.
El hacendado molesto lo tomo por la túnica, levantándolo por encima de sus hombros, pidiéndole que se controlara, y estando a punto de abofetearlo; una sensación incomoda lo hizo girar abruptamente, pues la muñeca que el joven monaguillo señalaba incesante, se estaba moviendo de manera raquítica, tratando de ponerse en pie.
Joseramirez1923 de mayo de 2016

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