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¡atento, Robinson!

Parecía que el diablo andaba suelto. Todo estaba saliendo mal. Las provisiones escaseaban y, con suerte, podría sobrevivir unos días más gracias a los mangos —ya fuera de temporada— que goteaban de los árboles; tenía que estar alerta para evitar el estropicio que causaban los pájaros.
Fuera de la cueva hacía un tiempo de perros. El temporal descargaba una lluvia fría e inmisericorde, detonante segura para una gripe invernal. Los caminos estaban inundados y la marejada arrastraba espuma blanca repleta de un sargazo espeso que imponía condiciones desfavorables para la pesca.
Se revolvió por enésima vez en su cama de trapos intentando una posición cómoda para conciliar el sueño. Ardua tarea. El humo de la leña húmeda y los ladridos incesantes del perro imposibilitaban cualquier tentativa. Le quedaba un poco de aguardiente en una botella mediada y se dio un largo trago.
—¡Si al menos escampara! —se dijo.
El mal tiempo nunca duraba tantos días como ahora. Ya iba por seis, el número del demonio: 666. Seis días del mes seis del sexto año de su estancia en la isla. Todo por llevar una vida recta, hacer negocios, alquilar un barco y naufragar frente a un islote de escasos recursos que lo mantenía con vida, sí, pero avasallado por la rueda de la fortuna.
¿Qué había allá afuera que el perro ladraba tanto? Ellos suelen ladrar a la luna, pero no a la lluvia. Podría decirse que tal concierto canino obedecía a una rebelión contra la vida solitaria; no contemplativa —porque acción y trabajo había bastante—, pero sí perdida en la monotonía de los días.
Agazapado en un rincón de su cuerpo escondía el miedo. Había desafiado muchas veces a la naturaleza y la había dominado extrayendo sus recursos: caza, pesca y frutos de la tierra; pero sabía que esta era una alianza coyuntural. Tarde o temprano sus fuerzas se agotarían, su salud menguaría y llegaría la vejez, un tramo final que solo se detendría ante su cadáver. Le horrorizaba morir solo y sin recursos.
Mientras tanto, tenía que vivir sin exponerse a codiciar nada: una vida como una aventura por la aventura, sin importar el resultado. Todo sería un cuento que tal vez, en el futuro, otros contarían.
El perro siguió ladrando de una manera antinatural. Algo siniestro estaba pasando que escapaba a su raciocinio, amenizado por los aullidos exasperantes del animal. Tomó de un rincón la escopeta y salió encorvado de la covacha, barbudo y vestido de harapos, bajo la helada llovizna y un cielo que en el horizonte empezaba a despejarse. Entonces comprendió la inquietud del can.
A unas dos millas del acantilado se veía una llamarada rojo naranja reverberando entre las olas. ¡Cielos! Era un navío, su salvación. Parecía grande en sus luces y en sus sombras. El corazón le palpitó con brío y una oleada de calor acudió a su rostro en franco desafío a la impertinente cellisca.
¿Qué hacer? Era imposible encender una hoguera para llamar la atención e indicar el lugar que pudiera ser la salvación de la nave a la deriva y la suya propia. Todo estaba anegado, la madera estaba húmeda y no ardería. El mal tiempo le estaba jugando una mala pasada.
Por otra parte, ¿qué otra cosa podía haber incendiado un barco que no fuera un rayo fulminante, manifestación de la ira detonante de la naturaleza? Sintió revivir la angustia de su propio naufragio. Ya imaginaba la lucha en la cubierta con las bombas rociando potentes chorros sobre las llamas, mientras se apartaban los cadáveres de los tripulantes abatidos por la descarga eléctrica. Por su mente pasaron, como destellos, las órdenes del capitán indicando que arriaran las velas, poniendo la nave al pairo, mientras el fuego se enseñoreaba de los mástiles y el maderamen de la cubierta de mesana. Ahora que más necesitaban la lluvia, esta había cesado de golpe, como una broma de mal gusto de los elementos hacia aquellos hombres desvalidos.
Impotente desde el roquedal, saltaba lo más que podía agitando al aire su pañuelo rojo y gritando como un alucinado hasta quedar sin aliento. Cuando las fuerzas del universo se conjugan, todo es inútil. Con inmenso dolor vio cómo el cúmulo de llamas se alejó, cada vez más pequeño, hasta desaparecer tras la línea del horizonte.
Había que dejarlo correr; no siempre se podía ganar. El cosmos, Dios, o el diablo —o como se llame ese ente impalpable y omnipotente— había reclamado su victoria.
—Vamos, Nerón —dijo pasando la mano al perro, un poco más calmado.
No le quedó de otra que regresar cabizbajo al refugio y consumir el resto del aguardiente que quedaba en la botella.
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Julio170853
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relato naufragio vida

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