Lluvia Alevosa
Mi madre me miró con su rostro escuálido y ojos hundidos. El eterno chasquido de la lluvia, impertinente, golpeaba el ventanuco de la choza, incrementando la desolación tras la muerte de mi hermano.
—¡Come! —gritó ella.
—Estas patatas están podridas…
—Todo está podrido, hasta nosotros. ¡Maldita lluvia!
Sí, era una maldición. El agua que caía inmisericorde sabía a vinagre y azufre. Cosa del demonio. Al menos el alma de mi hermano estaría disfrutando de un lugar mejor.
Un ruido de garras arañando la puerta nos sobresaltó. Al abrirla, encontramos a un viejo desgastado, con las alas caídas y pesadas por la humedad. Olía a barro y salitre.
Lo reanimamos y contó su historia: el cielo se deshacía en pedazos y, al final de la batalla, él había sido expulsado. No hizo remilgos a las patatas agusanadas y nos bendijo antes de echarse a roncar.
Me dormí exhausto y hambriento esperando, derrotado, el fin del mundo.
Pero no sucedió. Al día siguiente el viejo no estaba y nos inundó un olor a calma. Aquella noche no llovió. Las dos lunas refulgieron en los extremos del firmamento, anunciando el final del diluvio.
—¡Come! —gritó ella.
—Estas patatas están podridas…
—Todo está podrido, hasta nosotros. ¡Maldita lluvia!
Sí, era una maldición. El agua que caía inmisericorde sabía a vinagre y azufre. Cosa del demonio. Al menos el alma de mi hermano estaría disfrutando de un lugar mejor.
Un ruido de garras arañando la puerta nos sobresaltó. Al abrirla, encontramos a un viejo desgastado, con las alas caídas y pesadas por la humedad. Olía a barro y salitre.
Lo reanimamos y contó su historia: el cielo se deshacía en pedazos y, al final de la batalla, él había sido expulsado. No hizo remilgos a las patatas agusanadas y nos bendijo antes de echarse a roncar.
Me dormí exhausto y hambriento esperando, derrotado, el fin del mundo.
Pero no sucedió. Al día siguiente el viejo no estaba y nos inundó un olor a calma. Aquella noche no llovió. Las dos lunas refulgieron en los extremos del firmamento, anunciando el final del diluvio.
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