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El Penúltimo Asedio

Diversos sacrificios fueron hechos para mantener estas murallas en pie, y no me refiero a esfuerzos de cansancio, sino a sangre, a muerte, a humo, a llantos y procesión. Pero ¿no fue acaso un rey quien quiso sacrificar a su hija por una victoria y otro antes que aquel quiso degollar a su primogénito por la Fe? ¿Quién puede juzgarnos que hayamos concretado nosotros lo que a ellos les fuera vedado?
Pero hubo en cambio algo que no llegamos a distinguir, que se escondió en la siempre tenebrosa historia, al punto que ni yo mismo, el gran rey… había podido vislumbrar hasta este preciso instante.
Es algo profundo y pavoroso que habita entre las raíces del mundo, como si estuviera lamiendo guijarros durante millones de siglos para parir verdades que ahora me florece en alma.
El asedio enemigo ya destruye la ciudad, pero no es esa nuestra verdadera perdición, no es esa la pálida dentellada del final.
Se tardan muchos días en descubrir la conformación del mundo. Las Eras y los Eones se repiten modificados y tan parecidos a la vez, incubando siempre la misma figura aunque con diferentes contornos.
Oigo todavía los últimos estruendos de las piedras contra el muro y siento el olor a carne quemada contra el incienso, y veo el polvo que sofoca el humo que flota en este santo lugar en que aguardo el final de todas las asociaciones; la alianza de las 3000 millones de posibilidades.
Es extraño notar recién ahora que el verdadero perímetro no tiene que ver con el muro aquel que nos alejara del invasor, ni con las piedras que tiritan al ser arrojadas, ni con el fuego como lepra, ni con el vulgar asesino.
Porque hay algo más fuerte que este asedio. Es la trenza del hierro más hierro de los acontecimientos, el verdadero enemigo invisible, el imposible de romper y de tocar. Pero no está afuera, se agita entrañas adentro, como miles de ríos voraces bajo las espumas de la vida humana.
Esta ciudad perece por culpa y obra del destino; el Insaciable.
Dios, energía, azar, sino; nombres apenas para la misma mascara. Palabras inútiles, demasiados flácidas, para evocar la fatal ceremonia de la caída de la especie. Porque este encierro que nos envuelve no es para nada diferente al que guía la vida de las abejas o de las cucarachas. Nos queda aprender de ellas quizás su resignación, su aceptación, que nunca es pasiva sino por el contrario toda vital y forzosa.
Cada idea, y me disculpo por ello, es un colapso, una superposición lo sé.
Es posible pensar que el asedio de nuestros enemigos es la causa adecuada de nuestra destrucción, tan posible como incorrecto. No es así. Aquel es apenas una condición, una ocasión; quítenla del medio y sin temor a errar puedo jurar que esta ciudad no durará, que sus entrañas mismas están carcomidas por ese tiempo tan particular que está puesto sobre nuestros ojos.
Fuego, torres, armas, soldados, son cosas nimias cuando se las mira de verdad y sin prejuicios.
También nuestros verdugos están poniendo una piedra en el edificio de su propia destrucción ¿no están ellos arrojando un puñado de tierra sobre sus propias tumbas? porque todo encierro es puertas adentro, esta es la sencilla moraleja.
Esta es la angustia del monstruo acorralado debajo de las viseras y los flujos. Lo supo el minotauro y el viejo.
No existe nada parecido a los paredes del afuera.
Se corre una espesa cortina en la caverna monumental.
Siento una estuosidad que me recorre el pecho, y el golpe de un estertor eléctrico contra la espina dorsal. No hay necesidad de sospechar. La espada como secante. Me gustaría poder contarle a la mano que la empuña lo que me ha sido revelado, nombrar esas galaxias, esos granos de arena en el reloj eterno.
Un tembladeral de sangre se arremolina en mi boca y me niega el gesto.
Un epilogo con algo de pena, pero no, no es pena, no puede existir la pena en este momento. Se trata de otra cosa, es quizás…


Silencio.
El rey ha muerto…
Lucano02 de febrero de 2021

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