TT
post_add person
menu

La Niña que Dejé de Ser

El otro día me preguntaron cómo hacía para disfrutar tanto de todo. Incluso de las cosas más absurdas, más pequeñas, de esas que la mayoría pasan por alto.

Y respondí: “No lo sé. Simplemente me nace.”

Pero después me di cuenta de que esa respuesta no era del todo cierta. Porque, aunque hoy me nazca, no siempre fue así.

Hubo una época de mi vida en la que era muy quejica. Siempre encontraba antes el problema que la belleza, lo que faltaba antes que lo que tenía. Miraba la vida desde un lugar mucho más gris.

Entonces me hicieron otra pregunta:

—¿Y qué pasó para que cambiaras tanto?

Y la respuesta apareció sola.

Él.

En ese momento pude poner en palabras algo que llevaba tiempo sintiendo, pero que nunca había terminado de entender.

Él sanó muchas heridas de mi infancia. O, mejor dicho, me ayudó a sanarlas.

Yo venía de un entorno lleno de juicios. De una casa donde parecía que todo se miraba desde lo que estaba mal. Donde cualquier ilusión era recibida con un comentario que la apagaba antes incluso de que pudiera crecer. Una casa triste. De reproches. Donde el afecto apenas se expresaba, donde la ilusión escaseaba y la empatía parecía un idioma que nadie hablaba.

Y, sin embargo, antes de todo eso había una niña.

Una niña a la que le ilusionaba absolutamente todo.

La que encontraba belleza en las cosas pequeñas. La que sentía una gratitud inmensa por estar viva. La que podía emocionarse con una canción, con una película o con el gesto bonito de un desconocido. La que se maravillaba con facilidad.

Esa niña nunca desapareció.

Pero durante mi adolescencia la fui enterrando.

Tan profundamente que llegó un momento en el que hasta yo olvidé que seguía ahí.

Cuando me mudé a Londres noté como esa niña intentaba volver a salir, y llegó a hacerlo, aunque siempre volvía a esconderse. Mi pareja de entonces tampoco ayudó. Pequeños comentarios, pequeños gestos, pequeñas invalidaciones que, sin hacer ruido, reforzaban la idea de que esa parte de mí era demasiado intensa, demasiado sensible, demasiado ingenua. Que era mejor esconderla.

Así que lo hice.

Me construí una coraza.

Y entonces llegó él.

No tardó mucho en verla. También fue honesto conmigo y me hizo ver que toda esa negatividad empezaba a afectar a nuestra relación. Pero, a diferencia de lo que había vivido antes, nunca sentí que quisiera cambiar quién era. Lo que hizo fue ofrecerme un lugar lo suficientemente seguro como para volver a encontrarme.

Y poco a poco, cuanto más avanzaba nuestra relación y más segura me sentía, empecé a desenterrar a esa niña.

Con muchísimo miedo.

Porque llevaba muchos años sin mostrarme así de vulnerable. Sin enseñar esa parte de mí que se emociona con facilidad, que se ilusiona por cualquier cosa, que vive las cosas con intensidad.

Y ocurrió algo que nunca había experimentado.

Cuanto más me mostraba, más sentía que a el le gustaba esa versión de mí.

No la toleraba.

No intentaba cambiarla.

La quería.

Y eso fue el regalo más grande que alguien me ha hecho nunca.

Porque me permitió reconciliarme con una parte de mí que llevaba demasiados años escondida.

Me enseñó que mi sensibilidad no era un defecto. Que mi capacidad para ilusionarme no era inmadurez. Que disfrutar de las pequeñas cosas no era algo de lo que avergonzarse.

Gracias a eso pude volver a mirar la vida con los ojos de aquella niña.

Y sentirme querida precisamente por ser así terminó de cerrar heridas que llevaba abiertas desde hacía mucho tiempo.

Por eso, cuando hoy alguien me pregunta cómo hago para disfrutar tanto de la vida, la respuesta ya no es “no lo sé”.

La respuesta es que, un día, alguien me hizo sentir tan segura que me permitió volver a ser quien siempre había sido.

Y eso, para mí, es una de las formas más puras y verdaderas del amor.
person
Marinaaa
autor
visibility 119.366 lecturas star 1 recomendaciones people 29 seguidores

Etiquetado

amor relaciones crecimiento personal sanar heridas de infancia autoestima sensibilidad

0 comentarios

Todavía no hay comentarios. Sé el primero en dejar uno.