Eterna Primavera
Era un pasaje sereno. El silencio acariciaba las horas más heladas, de vez en cuando mermadas por la calidez que aquel joven me transmitía al apoyar el brazo sobre mi espalda. Al horizonte todavía contemplaba el reflejo de los últimos rayos de sol proyectados sobre el mar gris bajo el cielo color ceniza. Se respiraba la pureza del ambiente en todas sus dimensiones. Era la sensación más cercana a la felicidad completa. Pensé que eramos dos tipos afortunados en un pueblo, abrazado por la costa, donde pudimos vengar incontables noches de amargura y soledad. Largas adolescencias incomprendidas siendo desempañadas en dos tímidas y contenidas sonrisas. Dos almas que afloraban en plena auge entre las tonalidades oscuras que fundían el día. Seres discretos, sentados en aquel trayecto marítimo, donde mostráramos tiernura contenida por lo general en nuestra inmovilidad y mudez. Una sonrisa breve, fugaz, parecida a una carícia o un beso. El paisaje oscurece y el espíritu se ilumina:
-Deberíamos marchar, anocheció. Qué haremos ahora?
+Ahora comenzaremos a vivir.
Fue entonces cuando, en medio de la oscuridad, nos prometimos la eterna primavera.
-Deberíamos marchar, anocheció. Qué haremos ahora?
+Ahora comenzaremos a vivir.
Fue entonces cuando, en medio de la oscuridad, nos prometimos la eterna primavera.
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4 comentarios
Remi
28/02/2018 · 18:31
Se despierta el amor contenido frente al mar en el ocaso del día.
Precioso tu texto, muy tierno.
Un abrazo.
Diegozami
28/02/2018 · 19:50
Sentí mucho tu texto, me pareció como mágico, me encanto.
Saludos gentiles.
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Me gusta mucho el relato, pues al final, todo lo deja abierto a la imaginación del lector, dos enamorados, un ángel que viene a llevarse un espíritu o vete a saber qué, todo queda como un puzzle sin foto anterior, para que construyas lo que tu mente quiera.
Buen texto.
Un saludo.