El Despertar
Cuando el doctor Franco lo llamó a su consultorio, a Ávila lo invadió una mezcla de sentimientos. Experimentó el lógico temor ancestral del instinto de supervivencia, la elusión del peligro, un presentimiento de algo negativo, abominable, que antecede al anuncio de un padecimiento desconocido hasta ese momento, pero del cual se tiene percepción de su avance. Recordó algo que leyó en más de una oportunidad: "Esta expectativa siempre está acompañada de cierta amargura que, si no se controla, puede derivar en pánico. Por supuesto, es algo sobre lo cual no se tiene ninguna posibilidad de intervención, porque todo depende de fuerzas superiores que escapan a la voluntad, así que uno queda reducido a la frágil condición de simple ser expectante". Meditó acerca de la deplorable realidad que eso reflejaba: su cuerpo conspiraba contra sí mismo y quizá es ilógico que el ser humano, supuestamente tan avanzado desde el punto de vista evolutivo, no tiene la prerrogativa superior, semidivina, de acometer la curación definitiva de manera espontánea. Lo otro que sintió fue una simultánea fortaleza, el artificio de la impavidez para asumir lo que le iban a decir. La cobardía no era una opción.
Trató de ocupar su mente en otras imágenes. La secretaria del doctor Franco era una mujer joven y hermosa que le llamaba bastante la atención. En su vida hubo varias así, aunque algunos detalles de sus relaciones, positivas o negativas, comenzaban a difuminarse o a fragmentarse con el pasar de los años, mas siempre apelaba a la justificación de que el olvido no se debía al desdén o a la arrogancia. Podría decir con cierto orgullo que muchas se enamoraron de él, si bien rara vez fueron correspondidas. Fantaseaba con la posibilidad de que Irene (tal era el nombre de la chica) pudiese presentir eso, porque siempre que él iba a la consulta ella fijaba la mirada con gesto ceñudo en la pantalla de la computadora, ignorando o aparentando ignorar su presencia, en todo caso esquivando su mirada. No parecía una mujer susceptible. Por lo menos, no a los potenciales o ilusorios avances de él.
― Buenos días, Irene ― le dijo, permitiéndose la familiaridad que tácitamente asumía como paciente que en ocasiones acudía a aquel consultorio; la chica le respondió, entre sorprendida y desagradada. En definitiva, era una mujer muy pagada de sí misma, que se sabía bella.
Él tenía conocimiento de que su estado estaba deteriorándose; era ahora un hombre menos ágil, débil, quizá su aspecto era el de alguien enfermo y eso generaba en ciertas personas una espontánea, y no desprovista de crueldad, sensación de apartamiento, de omisión de toda comunicación con el otro. Así que cuando Irene le pidió que entrara al consultorio, se levantó con cierta parsimonia, tratando de simular una firmeza en sus movimientos que en realidad no tenía.
Media hora después salió. En su semblante se dibujaba un rictus apenas disimulado. El doctor Franco, haciendo justicia a su apellido, había sido directo y sincero, quizás demasiado crudo en la exposición de lo que arrojaban los datos: estaba sentenciado, irremisiblemente signado por un mal que progresaba desde y a través del interior de su organismo condenado, minando, estableciendo de pronto una tajante delimitación, trastocando planes y sueños. La muchacha lo miró y en su rostro se evidenció extrañeza ante la expresión que ahora él tenía. Eso lo desagradó: no quería la lástima de nadie y mucho menos de aquella chica que se había dignado ignorarlo durante todos los meses que acudió al consultorio. Se sorprendió a sí mismo cuando salió al pasillo para tomar el ascensor, sin tomarse la molestia de despedirse de ella.
Caminó durante veinte minutos bajo el sol del mediodía a lo largo de la acera de la avenida. Pocos árboles ofrecían la mezquina sombra de los días en que perdían el follaje, antes de la entrada de la temporada de lluvias. Los rayos caían oblicuos sobre la superficie, alargando sutilmente las sombras y transmitiendo ese calor del trópico que él tanto disfrutaba. No atendía el chirriar de las chicharras, las voces y gritos, ni las bocinas de los autos; el típico ajetreo de una jornada laboral más constituía un conjunto lleno de vida y movimiento, pero nada de eso era captado por él, tan abstraído en sus pensamientos se encontraba. Miraba sin ver la acera de concreto grisáceo y sucio, cabizbajo y con los ojos muy abiertos, casi tropezando con los peatones. Después, en el frescor de la sala de su apartamento, no recordaría su caminata desde el consultorio.
Cuando llegó, lo primero que deseó fue beberse una cerveza de las varias que tenía en el refrigerador. Destapó una lata y la bebió con desesperación. El líquido frío le refrescó la garganta y sintió el amargo placentero del lúpulo. Tomó de un solo trago, ya que a la sed se le unía la desazón y el temor instintivo. Luego, se dio una ducha durante diez minutos, cerró la persiana que colaba precariamente la luz de la tarde y se recostó en el sofá, no sin antes colocar un disco en el aparato de sonido. Las notas de la guitarra del lejano pero intemporal jazz de Wes Montgomery le calmaron temporalmente y se fue adormeciendo. Durmió unas tres horas. Soñó con la chica del consultorio, pero como siempre le ocurría, las imágenes del sueño se difuminaban con rapidez. Cuando se levantó, acalorado y sudoroso, decidió darse otra ducha.
Mientras se bañaba, fue dándole forma y coherencia a lo que había venido planeando desde hacía meses, para cuando se desencadenase la secuencia de hechos que ahora le habían confirmado. Daría los toques finales. Era una idea loca, según le repetían los dos escandalizados amigos a los que les confió sus planes, pero él estaba decidido a ponerla en práctica. Sería algo radical, categórico y conclusivo. Una culminación plena de solitario y desconocido dramatismo para una vida común, diluida en el maremágnum de la, para él, árida existencia. No molestaría a nadie, se autoexcluiría, ingresaría a una suerte de particular destierro de la simpleza de una vida carente de sucesos extraordinarios, así que ¿por qué no? ¿Por qué no darle una cualidad diferente, un matiz insólito al acto final de la comedia?
Cenó de mala gana una comida refrigerada que calentó en el horno de microondas, como era usual. Vivir solo tenía sus ventajas, podía hacer, comer, deshacer, decidir lo que diera la gana. Su apartamento no evidenciaba su prosperidad económica. Desdeñaba los lujos y los rebuscamientos. No era un millonario, pero tenía los recursos suficientes para vivir con comodidad y sin deudas, viajar, comprar las cosas sencillas a las que era apegado. En esa nueva e indeseable circunstancia, no tener hijos ni esposa era una ganancia, definitivamente. Además, todo eso haría más sencillo marcharse.
Al rato fue a la habitación que había acondicionado como estudio. Abrió una gaveta del mueble de caoba que fungía de escritorio, armario, archivador y clóset, grande y que abarcaba toda una pared. Un antojo de él; quería que las cosas que usaba con más frecuencia estuvieran juntas, a la mano, pues odiaba buscar y rebuscar en gavetas y armarios dispersos. Extrajo la libreta de anotaciones que llevaba desde hacía tiempo. Revisó con cuidado cada una de las entradas de esa especie de diario que escribía, pero en esta ocasión lo hacía con recelo, obnubilado, sintiendo a la vez cierto rencor contra la vida y lo que lo rodeaba, pero al instante alejó de su mente ese sentimiento. Arrojó la libreta sobre el sofá, decidiendo que la repasaría luego.
Hizo una llamada telefónica a la agencia de turismo que siempre usaba para sus viajes. Luego, se comunicó con uno de los dos amigos que frecuentaba, la única persona que sabía los detalles de su plan secreto. Cuando del otro lado le contestó la voz que esperaba escuchar, pronunció sólo tres palabras: Listo. Prepárame todo. Y colgó.
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― Tenía la esperanza de que esa idea loca era sólo eso, una idea loca, pero ya veo que estás decidido a hacerlo. Por enésima vez, ¿cómo crees que lo tomará tu familia? ¿No es una actitud egoísta la tuya, esa de desaparecer, así de simple, como si nada? Hay gente a la cual le interesas. Los amigos, por ejemplo. Para nosotros no sería fácil quedarnos como si nada hubiese pasado, viendo que haces eso. Además, si te pones a verlo en un contexto más amplio, es como un suicidio y en este país el intento de suicidio es un delito Por si no lo sabías.
La voz de su amigo Carlos Figuera era la de alguien que está punto de ponerse a suplicar. Eso lo molestó. No quería que se llegara hasta esa situación. Se había empeñado en asumir una actitud totalmente fría, desprovista de patetismo, de fatalismo y ahora Figuera se empeñaba en dejarse llevar por la visceralidad y el dramatismo. Al último argumento que el amigo había esgrimido para convencerlo, el del supuesto suicidio, lo desdeñó y lo redujo a la categoría de acto desesperado, de burdo intento de manipulación.
― No, Carlos, ya hemos hablado al respecto. No me someteré a la terapia, no quiero escuchar más nada. El diagnóstico del doctor es bien claro y el tratamiento sólo produciría una precaria prolongación de la vida, pero con muy mala calidad, incluyendo la pérdida de las facultades mentales. Incluso perderé la memoria, tal vez hasta me quede sordo. ¡Sordo! ¿Tienes idea de lo espantoso que es para alguien que disfruta escuchar música quedarse sordo? Empeoraré, a pesar del tratamiento. Así que no, no cederé y seguiré adelante con lo que planeé.
Figuera era alguien con un sentido del humor a prueba de las vicisitudes y contratiempos. Para todo lo negativo, deplorable o pernicioso parecía tener una contraparte cínica, graciosa, jocosa. Pero desde que se había enterado por el mismo Ávila de lo que éste deseaba hacer, su sentido del humor estaba resentido, debilitado. Aquello lo superaba. Quería sinceramente a Ávila, a quien consideraba un hombre extraordinario, fuera del común, alguien a quien además le debía muchas cosas, no sólo materiales. Hasta hora, no había tenido éxito en su empeño por disuadirlo.
― ¿Y tu familia? ¿Sabe algo?
― No tiene por qué saberlo, espero que entiendas. De todas maneras, no frecuento a mis hermanos, ya sabes. No somos precisamente afectos.
― Bueno, amigo, si eso es lo que te has propuesto, ¿qué te puedo decir a estas alturas? Nos vas a cambiar la vida, viejo.
― ¿La vida? No es sino una pantomima. Algo que si te pones a analizarlo en detalle, no tiene mucho sentido, porque, piensa y verás que no exagero: ¿tanto gastar, sufrir, luchar y esperar para finalmente morir? Uno vive, planifica, se hace expectativas, sueña, ama y un buen día, se acabó, te moriste, te entierran y sanseacabó la farsa.
― Ésa es una explicación muy filosófica y atea, lo que tú quieras, pero tienes que reconocer que estás haciendo la cosa más loca que uno se puede imaginar. Eso no es normal, es un suicidio. Siempre hay esperanza, no te puedes rendir de buenas a primeras.
Ávila se detuvo y suspiró. Figuera siempre había sido un buen amigo. Sentía despedirse de esa manera, por teléfono, pero no quería situaciones dramáticas ahora que había decidido irse. Durante unos segundos, recordó aventuras y circunstancias compartidas con el amigo excelente, el compañero solidario que siempre ponía una nota de disparatada alegría aun en las situaciones más engorrosas. Muchas noches de bares, clubes, eventos, juergas con mujeres, paseos y más de una circunstancia salpicada por un toque de peligro y riesgo habían unido a los dos hombres en complicidades y secretos que sólo ellos conocían y que superaban las desavenencias y distanciamientos temporales. Apreciaba, ahora más que nunca, la bondad de la camaradería que le brindaba a prueba de contratiempos y obstáculos.
― He dejado todo dispuesto. Hay escritos, documentos en los que está especificado lo que deseo que me cumplas, Carlos. Mi abogado tratará de que los trámites se ajusten a lo legal y con rapidez. Están los títulos de las acciones de la compañía, como te ofrecí, como acordamos.
― No acordamos nada de eso, tú lo decidiste por tu cuenta. Te agradezco mucho ese gesto, pero no me agrada para nada la forma en que las obtendré, amigo mío. Y hay otra cosa que no has considerado: si desapareces, te darán por extraviado, perdido en ese monte y se movilizarán para buscarte. Habrá alarma, Eduardo, e irán a buscarte. ¿No has pensado en eso?
Ávila escuchó un ruido familiar, el tamborileo nervioso de los dedos de su amigo sobre la mesita del teléfono. El pobre hombre estaba desconcertado y no sabía cuál argumento utilizar contra aquella decisión de Ávila que lo horrorizaba.
― Sencillamente, di que decidí perderme de todo durante una temporada indefinida, por así decirlo. Mira, la vida, a fin de cuentas, es un absurdo. Y yo me cansé de muchas de sus cosas. Esta batalla no la quiero luchar. Cuídate mucho.
☼
Cuando el avión lo dejó en la pista de aterrizaje, Ávila se acercó a la estructura que fungía como terminal de pasajeros en el complejo turístico, a orillas de las cataratas. Era una edificación construida a imitación de una choza indígena de grandes dimensiones, con techo de paja. Otros viajeros caminaban a su lado, cargando su equipaje, conversando entre ellos, algunos en varios idiomas europeos, pero él no había intercambiado palabra con ninguno durante el viaje. Echó un vistazo hacia arriba, viendo irse a la aeronave por el cielo de un azul límpido, sin nubes, él último vínculo que le quedaba con el mundo exterior que ahora se desvanecía para siempre. Sintió que allí se iban sus recuerdos y que se desprendía de lo vestigial, mundano y superficial de su vida. Era como si ya estuviera agonizando, dejando detrás de sí rastros y huellas que nadie reconocería jamás como suyos, sino que serían meras acumulaciones informes, retazos indefinibles, cosas que no se podrían determinar nunca como evidencias suficientes para reconstruir su historia particular.
Suspiró, aunque comprendió que no era por nostalgia, sino más bien por cansancio, desazón y cierto fastidio. No es que estuviese amedrentándose de pronto, sino que apenas en esos segundos comenzaba a captar otro aspecto, otra dimensión de lo que había decidido que haría y le pareció monumentalmente cuesta arriba. Sólo que ya no tendría oportunidad de arrepentirse; estaba demasiado inmiscuido en aquello de lo cual los pocos que lo sabían consideraban una verdadera locura.
Miró la maleta con rueditas que llevaba rodando por la pista y al momento comprendió que era una tontería haberla traído. No era sino un bulto pesado, con cosas que, mientras volaba hacia aquella remota pista de aterrizaje en medio de la selva, reconsiderando detalles, le parecían innecesarias. Pero él siempre fue así, exageraba empacando, metiendo más cosas de las que utilizaría fuera de casa. Y terminaba acarreando maletas y bolsos pesados que le enojaba mucho cargar. Tomó una decisión al respecto.
Quince minutos después, en la contigua oficina de recepción le asignaron la habitación, situada en la parte del campamento más próxima a la orilla de la laguna, desde donde escuchaba el rumor monótono de las caídas de agua. Una vez allí, hizo un reacomodo de su equipaje: de la maleta grande desempacó las botas de excursionismo que solía utilizar en sus aventuras en la montaña, la chaqueta que imitaba el camuflaje militar, los pantalones de kaki grueso, ropa interior, papel higiénico, el cuchillo de monte, una linterna, varias cajas de fósforos, la carpa o tienda plegada, varias pilas de repuesto, la cantimplora y, por supuesto, las cajas de pastillas del potente analgésico. Metió luego todo eso en el morral de campaña de setenta y cinco litros de capacidad que había llevado, introduciendo además algunos enlatados, galletas, un pequeño botiquín de primeros auxilios, la botella de ron, caramelos y chicles. Dejó dentro de la maleta el teléfono celular.
Volvió a la recepción del campamento, donde la muchacha le dijo que en media hora se serviría el almuerzo, pero él se desentendió y preguntó cuál era el camino que llevaba a la selva próxima a la laguna. La joven lo miró extrañada, pero le indicó una estrecha vereda que se internaba entre la fronda ribereña. Él miró en la dirección que le señalaba. Permaneció absorto, como si dudara del próximo paso a dar. Contempló la floresta espesa, bordeada por arbustos y hierbas, pero de la que él sabría después que no era precisamente una maraña intrincada. La chica lo sacó bruscamente de sus pensamientos cuando le sugirió no internarse allí sin un guía, pues correría el peligro de extraviarse. Él la miró sonriendo, con un dejo de ironía que ella no pasó por alto y que la hizo callar. Presentía que este hombre de actitudes raras tenía un plan muy particular. Por aquella región siempre caía gente extraña, extranjeros en su mayoría, con modos que dejaban boquiabiertos a los lugareños. Así que a los pocos minutos, ella ya habría olvidado su conversación con el tipo medio lunático.
Se devolvió a la habitación y se recostó en la cama, observando el giro hipnótico de las aspas del ventilador, evitando que el sopor y el calor lo adormecieran, meditando su nueva condición de ser en fuga a punto de emprender esa inverosímil aventura, chifladura, lo que fuese que iba a hacer. Contra su voluntad, la mente lo llevó a evocar situaciones placenteras vividas a lo largo de sus cincuenta años, cosas tan disímiles como romances, viajes, contemplaciones silenciosas de atardeceres en lugares seductores, fiestas, agasajos. Incluso vinieron de nuevo sabores y olores que guardó, o más bien atesoró; reconstruyó episodios de la infancia, de la adolescencia; evitó suspirar con imágenes de sus primeros escarceos amorosos, del maravilloso descubrimiento del sexo. Placeres tan suyos lo volvieron a rondar en la quietud de esa habitación, disfrutes íntimos como la culminación de un escrito, de un cuadro; la apreciación concienzuda y saboreada de una sonata, un concierto, una pieza musical exquisita, la música, delectación que a él lo hechizaba tanto; la lectura de una novela en particular, de un autor preferido. En fin, la panorámica absoluta y concluyente de los elementos y detalles que definían su existencia declinante.
Había un rastro de dolor al recordar tentativas y empeños, mujeres deseadas y no conquistadas, los seres queridos ahora ausentes o dejados atrás. Remembranzas evocadas con un premeditado fin, diríase beneficioso, con apenas un toque de nostalgia debilitante. Él lo reducía fríamente a una hilera de estampas agolpadas sin la debida continuidad cronológica, más bien exhortos sugerentes destinados a dar sentido a lo que se proponía hacer, una secuencia de incentivos, no una patética columna de reminiscencias con añoranza por el pasado. El esfuerzo hecho a lo largo de los últimos diez meses fue muy arduo, porque había equivalido a reestructurarse psicológicamente, a contener sus sentimientos más íntimos, a entrenarse en lo mental y en lo espiritual para no doblegarse, no claudicar.
Compartía con cierta gente, constituida por escépticos, agnósticos y ateos, el razonamiento irreligioso de la existencia como una incomprensible, colorida y zigzagueante carrera contra el tiempo, en continua e ineludible cuenta regresiva puesta en marcha desde el mismo instante en que el hombre era lanzado al mundo. Un sube y baja, sólo que unos permanecían arriba más que otros. En fin, vislumbraba para él la bajada del telón, que siempre fue el mayor acertijo, misterio del cual nunca conseguía una explicación satisfactoria, sólo las interpretaciones sesgadas de hombres y mujeres comunes, fuesen ciudadanos, sacerdotes, burócratas, filósofos o sabios de encumbradas mentes.
A lo largo de su vida, acuciado por la curiosidad que tenía acerca del misterio supremo y del sentido de la vida, nada lo compensó. El concepto de Dios era a fin de cuentas sólo la disquisición que cada quien hacía del cosmos, la totalidad, la vida, la muerte, la felicidad, la miseria, la injusticia, la moral, la venganza, la ira, el amor, la melodía celestial que supuestamente contenía al universo y lo mantenía estable, lo suficientemente estable como para que él y los demás seres tuviesen su cuarto de hora bajo el sol, antes de desaparecer de modo irremediable, dejando la mayoría de las veces simples trazos que se esfumaban para siempre. Comprender que no había explicación o aclaratoria terminaba ensombreciéndolo y dejándolo en un estado contemplativo que se traducía en descontento. Ese descontento surgía al no obtener respuesta, pero eso no era sino volver a pasar por el molino de la Historia la pregunta primordial que todos los seres humanos se venían haciendo desde que tenían conciencia de serlo. Su voz interior le dijo: El mundo ideal sería aquél en el cual no existieran las religiones y cada quien creyera en Dios como le placiese, sin ritos impuestos, dogmas ni tabúes.
Poco a poco el dolor volvió, afligiéndolo. Tuvo que tomarse el analgésico que el doctor Franco le había recetado. Dos horas después tocaron a su puerta y le invitaron a unirse al grupo de turistas. Se suponía que participaba en el paquete turístico contratado y que debería cumplir con la rutina establecida para el disfrute del paisaje. Él explicó con voz conciliadora y moderada que se desligaba desde aquel instante de ese compromiso y que de ahora en adelante trazaría su propio itinerario. El operador-guía se asombró mucho ante aquello y por más que insistió, durante unos diez minutos de negociación, no pudo convencerlo. Por último, lo miró con cierta suspicacia y extrañeza, se despidió y se marchó, uniéndose al resto del grupo de expedicionarios, quienes cargaban sus morrales y se dirigían hacia el embarcadero rústico cercano a las cataratas. Al desaparecer ellos de su estrecho campo visual a través del espacio de la puerta entreabierta de la habitación, decidió que era el momento de irse. Sabía que le quedaban apenas tres horas de luz solar, así que cargó su morral, sintiendo una punzada de dolor cuando se lo colocó a la espalda. El morral estaba algo pesado, más aún con los tubos de la carpa, enrollada y colocada transversalmente en la parte superior, detrás de su cabeza.
Salió al lobby de la posada turística y se aproximó a la muchacha que lo había atendido horas antes. Era un espacio amplio, con un piso que refulgía como un espejo algo opaco. Se notaba que era utilizado frecuentemente como pista de baile. La chica miró a Ávila, sorprendida de que no se hubiese ido con los otros. Él le sonrió, giró sobre sus talones y se marchó por el sendero que se internaba en la selva aledaña, más allá de los límites del parador. Respondiendo a un presentimiento, Ávila volvió a mirar hacia la posada y, en efecto, la muchacha estaba en la entrada, observándolo todavía con esa mirada plena de asombro y burla.
Una rústica empalizada interrumpida por una portezuela de madera delimitaba el terreno. Salió por la pequeña puerta y se permitió dar una última mirada hacia lo que iba a dejar atrás, sin tener una idea precisa acerca de lo que le aguardaba allí fuera. Suspiró, sintiéndose desvalido, a merced de un destino no deseado, pero con rapidez se contuvo en el estremecimiento de la despedida definitiva, sin consentirse pesar alguno, no fuese a permitir que la mente le tendiera trampas y le socavara la voluntad.
Mientras caminaba por el estrecho sendero lo asaltaban los aromas y rumores, las sensaciones elementales de la floresta primitiva y esa repentina libertad lo entusiasmó, alejando de su mente cualquier atisbo de melancolía. Estaba dando el primer paso hacia la extraña emancipación que se había propuesto. No sabía cuánto duraría, ni qué leyes de la naturaleza que ahora hollaba le serían impuestas, designios y reglamentos ignotos, pero la decisión estaba tomada y no habría vuelta atrás. Siguió a un ritmo que surgió espontáneo, como siempre, forzado, en ese avance nervioso característico que a muchos les costaba emparejar. La humedad de la hojarasca amortiguaba el sonido de sus pasos y agradeció ese simple detalle, porque no deseaba hacerse patente, quería pasar inadvertido hasta para las criaturas de este ámbito. Al margen del mundo que lo había aceptado y alojado, en este nuevo entorno que borraría implacable sus tenues pisadas él dispondría de su final sin dramatismo ni prosopopeya, cualquiera fuese la manera en que llegase.
Parte de lo planeado era arribar hasta un sitio remoto, donde hubiese algún recurso del cual alimentarse. Hallaría árboles frutales, empresa posiblemente nada fácil, teniendo en cuenta que en los bosques ecuatoriales los árboles de una misma especie con frutos comestibles crecen dispersos y lejanos, nunca juntos, pero tenía conocimiento de que las higueras tropicales constituían un gran número de especies que podrían alimentarlo. Marchó durante dos horas, observando el avance de las sombras al final de la tarde, sin miedo, antes bien dominado por la frenética obstinación empeñada en la consecución de lo deseado y cuando la oscuridad le hizo aminorar el avance, percibiendo el aumento del chirriar de los insectos selváticos, el roce apenas sonoro de las serpientes en su deslizamiento sobre el piso forestal, el vuelo silencioso y discreto de los murciélagos y de los búhos, avanzó con mayor precaución, esquivando las raíces monumentales de los higuerotes, las ceibas y otros árboles que aquí alcanzaban dimensiones impensables.
No pudo ver un hilillo de agua que trazaba un surco en el suelo y se hundió en el fango casi hasta la pantorrilla. Era una molestia menor, sin importancia, pero al hacer el trivial esfuerzo de sacar la pierna un dolor agudo lo detuvo. El efecto del analgésico estaba cesando y él, en su apurada traslación había olvidado volver a tomarlo. El ramalazo nacía en la parte baja del cuello y se extendía hasta el cráneo. Jadeó, se detuvo unos minutos mientras trataba de aislar la molesta sensación y cobraba nuevos ánimos. Después de tragar la pastilla, con grandes sorbos de agua tibia de la cantimplora, se sentó sobre una inmensa raíz que semejaba un oscuro reptil vegetal, intemporal, paralizado eternamente entre la broza. Tras pensarlo durante unos segundos, decidió armar la carpa y pasar la noche allí y se durmió con rapidez. Tuvo un sueño intranquilo, en el que animales, criaturas insólitas, espíritus de los mitos aborígenes, imágenes desconocidas se agolparon para acosarlo y lo inquietaron con despliegues, danzas y actos casi reales.
Cuando amaneció y el sol se filtró tímido hasta el suelo alfombrado por las hojas secas, Ávila desarmó la carpa, se aseó lo mejor que pudo en el pequeño arroyuelo, comió el contenido de un enlatado y galletas y se puso en camino. Bebió con gusto el café mañanero que coló en una rústica bolsa de liencillo, pero se reprimió en silencio esa debilidad que trastocaba su propósito de aislar las tentaciones de la vida que estaba abandonando. Caminó casi sin parar. Sólo se detenía para comer algo, para decidir cuál dirección tomar cuando el sendero se desdibujaba, invadido a tramos por la maleza, o si algún accidente del terreno, como una gran roca, un declive o un arroyo ancho se interponían. Anduvo errático, siguiendo sendas casi invisibles, sumido en sus pensamientos y la noche lo sorprendió en un claro del bosque, donde armó su vivac. Mientras se acostaba, pensó: "La vida es etérea, algo pasajero y tal vez no hay segundas oportunidades en otra instancia más allá de la muerte. Estoy en el mundo y no tengo una idea precisa de por qué o para qué. Creo que no se perderá nada con mi ausencia".
En las mañanas, feliz por la ausencia de horarios y compromisos, se tomaba todo el tiempo del mundo para desperezarse, distraerse haciendo un fuego con ramas secas, cuando no con los cada vez más escasos fósforos que le quedaban para calentarse y preparar café. Eso durante las primeras semanas, hasta que se le acabó la infusión y tuvo que acostumbrarse a prescindir de ese sabor que tanto le gustaba. Trató de sustituirlo por un trago de ron mañanero, pero nunca consiguió el efecto deseado de acostumbrar el paladar y hacerlo olvidar la delicia del café. Un tormento continuo era la plaga de bichos que solía acosarlo, mosquitos ávidos de sangre, pero había otros insectos desconocidos para él, como frecuentes especies de chinches, avispas, moscas, hormigas y abejas. A lo que más le temía era a la picadura dolorosa y peligrosa de las grandes arañas, escolopendras, serpientes y escorpiones. Con la barba creciéndole y la ropa en camino de convertirse en harapos mohosos, deambulando sudoroso, empapado cuando caía la lluvia poderosa que nutría a la selva, se complació en pensar que si iba a acabar antes de lo previsto, quizás el fin fuese rápido, expedito, sin tener que padecer la prolongada y deshumanizadora agonía.
Las noches eran una realidad muy diferente. En el frescor inicialmente incómodo por la humedad del ambiente, el vaho abrumador de los residuos vegetales que cubrían el suelo y el temor ante lo desconocido, él se distraía encendiendo la pequeña linterna para descubrir el vuelo sigiloso y áfono de los murciélagos y los nictibios, el brillo de diferentes colores resplandecientes e inusitados de los ojos de criaturas que no podía identificar, el siseo y rumor secreto de los seres que se mueven y no pueden ser vislumbrados. Los ojos de las criaturas de la noche eran pares de brasas que envolvían un misterio fascinante e intemporal, una demostración de la vitalidad de la Naturaleza dominadora, indicios de cosas y arcanos que quedaban circunscritos a la categoría de lo que sobrecoge a la mayoría de los humanos.
Siempre había un detalle, una aparición repentina de las manifestaciones de la selva que lo tomaba por sorpresa. A veces estaba sentado comiendo o bebiendo, o sólo descansando y ante sus ojos pasaban hileras interminables de hormigas que se desplazaban como un río viviente y temible que hacía saltar huyendo a los demás animales. Las serpientes, de tamaños y colores distintos, eran una fascinación. No estaba seguro de poder distinguir a las ponzoñosas de las que no lo eran, así que mantenía una distancia prudencial mientras las observaba hasta que se perdían entre el follaje o en la hojarasca siempre húmeda del piso forestal. Otras veces los monos alborotaban arriba en el ramaje de los árboles más altos mientras se alimentaban. También escuchaba el canto variadísimo de los pájaros, el zumbido de los enjambres de abejas y avispas o el chasquido leve de las hierbas y arbustos pisados o quebrados por criaturas desconocidas que quizás lo acechaban, pero que él no podía distinguir en el telón verdoso que lo rodeaba.
Menos frecuente eran los rastros de los humanos. En alguna oportunidad encontró los restos de una fogata, quizá dejada por los cazadores criollos o por lo indios de la región. Dispersos por el sitio estaban los restos de huesos y pelambres que no pudo identificar por el estado de degradación al que las lluvias y el calor conducían a cualquier materia orgánica en un lapso muy breve, como si la selva de empeñase en destruir con rapidez toda evidencia de lo caído, muerto o abatido. Creyó descubrir a los causantes cuando a los pocos días vio a lo lejos a varios indios recorriendo la selva. Iban apenas vestidos con un precario taparrabos y portaban largos arcos y carcajes con flechas. No sintió temor de su presencia, pero se ocultó, porque hasta del contacto humano estaba dispuesto a extrañarse. Los indios pasaron varios minutos después cerca de él, que permaneció oculto tras el tronco grueso de un árbol centenario.
Otra tarde un yaguar lo sorprendió al observarlo desde la orilla de opuesta de un hilo de agua cristalina que surcaba un lecho de rocas y fango amarillo como el oro. La fiera lo miraba más con curiosidad y recelo que con agresividad mientras ambos calmaban la sed. Ávila pensó que ése podría ser el fin que el destino le tenía reservado, terminar en un sangriento holocausto entre las garras y las fauces del hermoso felino que habitaba aquel territorio sacro que ahora él transitaba como un espectro fuera de lugar. Contempló la magnificencia del animal, admirando su librea, su apostura y arrogancia, esperando el posible desenlace, pero el yaguar dio media vuelta y se perdió en la espesura que bordeaba el arroyo.
Solía encontrar una gran variedad de huellas de animales selváticos y se distraía del dolor intentando identificar, en un intento por lo general frustrado, a qué especie podría pertenecer cada rastro. Entonces descubría lo que parecían ser indicios del paso de un venado, con la típica huella de los artiodáctilos y la seguía a lo largo de los senderos naturales que abrían en el sotobosque ralo, sólo para descubrir unos centenares de metros más adelante que habían sido dejados por los báquiros, de los que se cuidaba de no sorprender, porque eran animales célebres por su peligrosa acometida defensiva cuando se sentían amenazados, en especial si estaban agrupados en piaras.
La selva lo distraía y le alejaba el riesgo de la meditación y la posible reflexión acerca de su decisión, pero a fin de cuentas debía aceptar que sólo era un ser humano y por más que se había empeñado en ir desentendiéndose de los nexos con el mundo que dejaba atrás, los recuerdos solían volver y traicionaban su voluntad. De vez en cuando su mente volaba hasta situaciones y experiencias que lo marcaron de modo indeleble. Recordó a Irene, la chica del consultorio y se preguntó, sumergiéndose en una especie de ejercicio de la imaginación, qué estaría haciendo a aquella hora. Se distrajo pensándola, llevando la grisácea cotidianidad de las personas que no resaltan en el conglomerado urbano, una mujer como cualquier otra preparándose para casarse, tener hijos y perder los días en una rutina sin resaltos ni esplendores, en un ir y venir al trabajo y al hogar, quizá terminando casada con un idiota que nunca la respetaría y la engañaría, como todos, una relación más entre la basta farsa de amores fingidos, o al menos esporádicos, breves en su caducidad, porque todos los actores terminaban cansándose de lo cotidiano, de la falta de novedad, de la ausencia de sorpresas y aventuras. Con ocasionales fugas como ésa de la mente se fueron sucediendo los días y la precariedad de su estado aumentó, anunciándole que el final se acercaba, mientras comprobaba alarmado que le quedaban pocas pastillas calmantes, porque el dolor se hacía más intenso, menguaba su resistencia y era necesario ingerir el analgésico con mayor frecuencia.
Un día, mientras volvía a pensar en su posible final, abrumado por ideas recurrentes de su imaginación febril, se detuvo ante una cascada altísima que se desprendía como desde las nubes, chorro de agua casi vaporizada a lo largo del increíble recorrido vertical hasta el río que serpenteaba abajo entre las rocas y que se internaba en la selva. El pasmo de la fascinación le ocultó por minutos el lanzazo implacable del malestar creciente que ya no combatía debido a la falta de pastillas. Un mareo lo poseyó, quizás de tanto mirar hacia arriba. Vio aves multicolores que cantaban, graznaban y trinaban en multitud de sonidos desconocidos. Vio el arco iris que se formaba a partir del halo acuoso y sutil de la cascada que parecía caer desde el mismo firmamento. El agua que se precipitaba emitía un distante murmullo sobrenatural, un rumor de presencia mitológica que le hizo pensar en los tiempos inmemoriales anteriores a él, cuando el mundo era prístino, inviolado, ajeno al desbrozamiento, a la socavación y a la alteración deformante que los hombres trazaban sobre la tierra. Suspiró, agradecido con Dios o los dioses, ese poder supremo y desconocido, nunca comprendido ni solicitado, tenía que reconocerlo, lo que fuese que lo había signado, extasiado con aquel espectáculo que lo invitaba a la reflexión silenciosa que le daba sentido a su estadía gris y malgastada. Entendió que el camino es muy largo y que sólo se ve un tramo cada vez.
De pronto su cabeza pesaba demasiado. Un cansancio insuperable lo invadía y la asimilación coherente de lo percibido comenzaba a diluirse. Las aves continuaban volando sobre él, la catarata seguía su curso milenario, las hojas se movían al menor soplo de brisa, pero él dejaba de asimilar los detalles, los colores y los sonidos con precisión. Se sintió vencido por el terror. La cercanía de la muerte era palpable, pero otra muerte lo poseía, lo raptaba antes de la llegada de aquella que lo borraría del contexto de los vivos. Afecto a las vibraciones armónicas, a la música, a los sonidos naturales, dejar de sentirlas en su justa dimensión, privado de la capacidad de captar el placer sensual, era el peor castigo.
Gritó y no se escuchó. Sólo percibió el novedoso y repentino rumor creciente de voces intemporales que, hablando en un idioma desconocido, quizás no humano pero que extrañamente él podía comprender con claridad, le iban revelando la verdad absoluta de la existencia, de su existencia. Ese murmullo se imponía y minaba toda posible firmeza, hacía movedizo el piso en el cual se sostenía con vacilación en un equilibrio tambaleante y de pronto le hacía tan patente, en vergonzosa evidencia, la increíble sarta de errores y mentiras que había vivido. Todo eso le era dicho sin palabras, simplemente lo percibía, lo sentía dentro de sí mismo, en el fondo de su perturbada y asombrada mente, que era sometida a una vivencia inimaginable para alguien escéptico y pragmático. La vida era un sueño, una irrealidad, se le ocurrió de repente. Porque así lo consideraba él, en su autoflagelación implacable y que no cesaba, que no podía ser sustituida por otro sentimiento más amable y reconfortante, se había fijado en su mente que su existencia era un derroche imperdonable de oportunidades, una feria de vanidades en la que lo verdadero y trascendental, lo importante, incluso sagrado, como aquellos paisajes primitivos que recorrió las últimas semanas, fue obstinada, orgullosamente inadvertido y subestimado. Mas el mareo, la debilidad, un desvanecimiento creciente se apoderaba de él y tuvo que sentarse un rato sobre una roca musgosa.
Cayó en cuenta de que, de alguna manera, ya no estaba en el mundo que conocía y percibía, pues al erguirse y moverse con nerviosismo, se descubrió separado de lo físico, del cuerpo que ahora reposaba estático, espantosamente quieto, comprendiendo que aquello no le pertenecía, le era ajeno, no lo contenía más, sino que era algo exánime, mientras su esencia, espíritu o lo que fuese en ese momento, o desde ese momento, quedaba relegado a la dudosa e inexplicable categoría de etéreo. En el minúsculo resquicio de entendimiento que se le escapaba supo que ése era el castigo final que algún poder impenetrable le tenía reservado. No hubo el supuesto repaso de su vida en segundos, no vio la película de su lapso vital sobre la tierra, nada que se le pareciera a un vistazo veloz de los actos trascendentales de su existencia.
Tuvo la certeza de que sería precipitado para siempre en una extensión y duración donde se le despojaba de la posibilidad de adquirir percepción, conocimiento y goce de las cosas y afectos que le habían complacido a lo largo de su permanencia en el mundo. Entraba a una particular inmensidad que no tenía nada que ver con lo que los mortales creían desde tiempos inmemoriales. Tuvo tiempo de deducir, antes de perderse en el limbo, la explicación del por qué cada quien tenía asignado su lugar más allá del universo físico, quizás su infierno, el de la substancia imperfecta de los humanos. Nunca se hubiese imaginado que su decisión de autoextrañamiento de la cotidianidad en la que se había formado y regodeado lo habría de conducir por una senda de descubrimiento tan radical y trascendental, algo que de haberlo meditado sólo unos minutos no pasaría de parecerle sino fantasioso, pero estaba siendo incluido en esa novedosa realidad que lo sorprendía, haciéndolo percibirse a sí mismo sólo como lo que era, un engreído que creía tener bien elaboradas las suposiciones, convertidas en respuestas adecuadas para complacer su curiosidad por lo desconocido de manera acomodaticia.
Quizás el tormento mayor era comprenderlo sólo en el momento final, en ese contradictorio despertar de la ilusión y precariedad de la existencia humana ante el portal del supuesto sueño eterno, en una inesperada situación y no poder transmitirlo a aquellos a quienes dejaba atrás, a los que les había formulado su personal, reiterada y, ahora entendía, absurda explicación acerca de todo, de Dios o los dioses, de la vida, esa verdad recóndita alcanzada de modo indeliberado y que no le sería dado revelar.
Trató de ocupar su mente en otras imágenes. La secretaria del doctor Franco era una mujer joven y hermosa que le llamaba bastante la atención. En su vida hubo varias así, aunque algunos detalles de sus relaciones, positivas o negativas, comenzaban a difuminarse o a fragmentarse con el pasar de los años, mas siempre apelaba a la justificación de que el olvido no se debía al desdén o a la arrogancia. Podría decir con cierto orgullo que muchas se enamoraron de él, si bien rara vez fueron correspondidas. Fantaseaba con la posibilidad de que Irene (tal era el nombre de la chica) pudiese presentir eso, porque siempre que él iba a la consulta ella fijaba la mirada con gesto ceñudo en la pantalla de la computadora, ignorando o aparentando ignorar su presencia, en todo caso esquivando su mirada. No parecía una mujer susceptible. Por lo menos, no a los potenciales o ilusorios avances de él.
― Buenos días, Irene ― le dijo, permitiéndose la familiaridad que tácitamente asumía como paciente que en ocasiones acudía a aquel consultorio; la chica le respondió, entre sorprendida y desagradada. En definitiva, era una mujer muy pagada de sí misma, que se sabía bella.
Él tenía conocimiento de que su estado estaba deteriorándose; era ahora un hombre menos ágil, débil, quizá su aspecto era el de alguien enfermo y eso generaba en ciertas personas una espontánea, y no desprovista de crueldad, sensación de apartamiento, de omisión de toda comunicación con el otro. Así que cuando Irene le pidió que entrara al consultorio, se levantó con cierta parsimonia, tratando de simular una firmeza en sus movimientos que en realidad no tenía.
Media hora después salió. En su semblante se dibujaba un rictus apenas disimulado. El doctor Franco, haciendo justicia a su apellido, había sido directo y sincero, quizás demasiado crudo en la exposición de lo que arrojaban los datos: estaba sentenciado, irremisiblemente signado por un mal que progresaba desde y a través del interior de su organismo condenado, minando, estableciendo de pronto una tajante delimitación, trastocando planes y sueños. La muchacha lo miró y en su rostro se evidenció extrañeza ante la expresión que ahora él tenía. Eso lo desagradó: no quería la lástima de nadie y mucho menos de aquella chica que se había dignado ignorarlo durante todos los meses que acudió al consultorio. Se sorprendió a sí mismo cuando salió al pasillo para tomar el ascensor, sin tomarse la molestia de despedirse de ella.
Caminó durante veinte minutos bajo el sol del mediodía a lo largo de la acera de la avenida. Pocos árboles ofrecían la mezquina sombra de los días en que perdían el follaje, antes de la entrada de la temporada de lluvias. Los rayos caían oblicuos sobre la superficie, alargando sutilmente las sombras y transmitiendo ese calor del trópico que él tanto disfrutaba. No atendía el chirriar de las chicharras, las voces y gritos, ni las bocinas de los autos; el típico ajetreo de una jornada laboral más constituía un conjunto lleno de vida y movimiento, pero nada de eso era captado por él, tan abstraído en sus pensamientos se encontraba. Miraba sin ver la acera de concreto grisáceo y sucio, cabizbajo y con los ojos muy abiertos, casi tropezando con los peatones. Después, en el frescor de la sala de su apartamento, no recordaría su caminata desde el consultorio.
Cuando llegó, lo primero que deseó fue beberse una cerveza de las varias que tenía en el refrigerador. Destapó una lata y la bebió con desesperación. El líquido frío le refrescó la garganta y sintió el amargo placentero del lúpulo. Tomó de un solo trago, ya que a la sed se le unía la desazón y el temor instintivo. Luego, se dio una ducha durante diez minutos, cerró la persiana que colaba precariamente la luz de la tarde y se recostó en el sofá, no sin antes colocar un disco en el aparato de sonido. Las notas de la guitarra del lejano pero intemporal jazz de Wes Montgomery le calmaron temporalmente y se fue adormeciendo. Durmió unas tres horas. Soñó con la chica del consultorio, pero como siempre le ocurría, las imágenes del sueño se difuminaban con rapidez. Cuando se levantó, acalorado y sudoroso, decidió darse otra ducha.
Mientras se bañaba, fue dándole forma y coherencia a lo que había venido planeando desde hacía meses, para cuando se desencadenase la secuencia de hechos que ahora le habían confirmado. Daría los toques finales. Era una idea loca, según le repetían los dos escandalizados amigos a los que les confió sus planes, pero él estaba decidido a ponerla en práctica. Sería algo radical, categórico y conclusivo. Una culminación plena de solitario y desconocido dramatismo para una vida común, diluida en el maremágnum de la, para él, árida existencia. No molestaría a nadie, se autoexcluiría, ingresaría a una suerte de particular destierro de la simpleza de una vida carente de sucesos extraordinarios, así que ¿por qué no? ¿Por qué no darle una cualidad diferente, un matiz insólito al acto final de la comedia?
Cenó de mala gana una comida refrigerada que calentó en el horno de microondas, como era usual. Vivir solo tenía sus ventajas, podía hacer, comer, deshacer, decidir lo que diera la gana. Su apartamento no evidenciaba su prosperidad económica. Desdeñaba los lujos y los rebuscamientos. No era un millonario, pero tenía los recursos suficientes para vivir con comodidad y sin deudas, viajar, comprar las cosas sencillas a las que era apegado. En esa nueva e indeseable circunstancia, no tener hijos ni esposa era una ganancia, definitivamente. Además, todo eso haría más sencillo marcharse.
Al rato fue a la habitación que había acondicionado como estudio. Abrió una gaveta del mueble de caoba que fungía de escritorio, armario, archivador y clóset, grande y que abarcaba toda una pared. Un antojo de él; quería que las cosas que usaba con más frecuencia estuvieran juntas, a la mano, pues odiaba buscar y rebuscar en gavetas y armarios dispersos. Extrajo la libreta de anotaciones que llevaba desde hacía tiempo. Revisó con cuidado cada una de las entradas de esa especie de diario que escribía, pero en esta ocasión lo hacía con recelo, obnubilado, sintiendo a la vez cierto rencor contra la vida y lo que lo rodeaba, pero al instante alejó de su mente ese sentimiento. Arrojó la libreta sobre el sofá, decidiendo que la repasaría luego.
Hizo una llamada telefónica a la agencia de turismo que siempre usaba para sus viajes. Luego, se comunicó con uno de los dos amigos que frecuentaba, la única persona que sabía los detalles de su plan secreto. Cuando del otro lado le contestó la voz que esperaba escuchar, pronunció sólo tres palabras: Listo. Prepárame todo. Y colgó.
☼
― Tenía la esperanza de que esa idea loca era sólo eso, una idea loca, pero ya veo que estás decidido a hacerlo. Por enésima vez, ¿cómo crees que lo tomará tu familia? ¿No es una actitud egoísta la tuya, esa de desaparecer, así de simple, como si nada? Hay gente a la cual le interesas. Los amigos, por ejemplo. Para nosotros no sería fácil quedarnos como si nada hubiese pasado, viendo que haces eso. Además, si te pones a verlo en un contexto más amplio, es como un suicidio y en este país el intento de suicidio es un delito Por si no lo sabías.
La voz de su amigo Carlos Figuera era la de alguien que está punto de ponerse a suplicar. Eso lo molestó. No quería que se llegara hasta esa situación. Se había empeñado en asumir una actitud totalmente fría, desprovista de patetismo, de fatalismo y ahora Figuera se empeñaba en dejarse llevar por la visceralidad y el dramatismo. Al último argumento que el amigo había esgrimido para convencerlo, el del supuesto suicidio, lo desdeñó y lo redujo a la categoría de acto desesperado, de burdo intento de manipulación.
― No, Carlos, ya hemos hablado al respecto. No me someteré a la terapia, no quiero escuchar más nada. El diagnóstico del doctor es bien claro y el tratamiento sólo produciría una precaria prolongación de la vida, pero con muy mala calidad, incluyendo la pérdida de las facultades mentales. Incluso perderé la memoria, tal vez hasta me quede sordo. ¡Sordo! ¿Tienes idea de lo espantoso que es para alguien que disfruta escuchar música quedarse sordo? Empeoraré, a pesar del tratamiento. Así que no, no cederé y seguiré adelante con lo que planeé.
Figuera era alguien con un sentido del humor a prueba de las vicisitudes y contratiempos. Para todo lo negativo, deplorable o pernicioso parecía tener una contraparte cínica, graciosa, jocosa. Pero desde que se había enterado por el mismo Ávila de lo que éste deseaba hacer, su sentido del humor estaba resentido, debilitado. Aquello lo superaba. Quería sinceramente a Ávila, a quien consideraba un hombre extraordinario, fuera del común, alguien a quien además le debía muchas cosas, no sólo materiales. Hasta hora, no había tenido éxito en su empeño por disuadirlo.
― ¿Y tu familia? ¿Sabe algo?
― No tiene por qué saberlo, espero que entiendas. De todas maneras, no frecuento a mis hermanos, ya sabes. No somos precisamente afectos.
― Bueno, amigo, si eso es lo que te has propuesto, ¿qué te puedo decir a estas alturas? Nos vas a cambiar la vida, viejo.
― ¿La vida? No es sino una pantomima. Algo que si te pones a analizarlo en detalle, no tiene mucho sentido, porque, piensa y verás que no exagero: ¿tanto gastar, sufrir, luchar y esperar para finalmente morir? Uno vive, planifica, se hace expectativas, sueña, ama y un buen día, se acabó, te moriste, te entierran y sanseacabó la farsa.
― Ésa es una explicación muy filosófica y atea, lo que tú quieras, pero tienes que reconocer que estás haciendo la cosa más loca que uno se puede imaginar. Eso no es normal, es un suicidio. Siempre hay esperanza, no te puedes rendir de buenas a primeras.
Ávila se detuvo y suspiró. Figuera siempre había sido un buen amigo. Sentía despedirse de esa manera, por teléfono, pero no quería situaciones dramáticas ahora que había decidido irse. Durante unos segundos, recordó aventuras y circunstancias compartidas con el amigo excelente, el compañero solidario que siempre ponía una nota de disparatada alegría aun en las situaciones más engorrosas. Muchas noches de bares, clubes, eventos, juergas con mujeres, paseos y más de una circunstancia salpicada por un toque de peligro y riesgo habían unido a los dos hombres en complicidades y secretos que sólo ellos conocían y que superaban las desavenencias y distanciamientos temporales. Apreciaba, ahora más que nunca, la bondad de la camaradería que le brindaba a prueba de contratiempos y obstáculos.
― He dejado todo dispuesto. Hay escritos, documentos en los que está especificado lo que deseo que me cumplas, Carlos. Mi abogado tratará de que los trámites se ajusten a lo legal y con rapidez. Están los títulos de las acciones de la compañía, como te ofrecí, como acordamos.
― No acordamos nada de eso, tú lo decidiste por tu cuenta. Te agradezco mucho ese gesto, pero no me agrada para nada la forma en que las obtendré, amigo mío. Y hay otra cosa que no has considerado: si desapareces, te darán por extraviado, perdido en ese monte y se movilizarán para buscarte. Habrá alarma, Eduardo, e irán a buscarte. ¿No has pensado en eso?
Ávila escuchó un ruido familiar, el tamborileo nervioso de los dedos de su amigo sobre la mesita del teléfono. El pobre hombre estaba desconcertado y no sabía cuál argumento utilizar contra aquella decisión de Ávila que lo horrorizaba.
― Sencillamente, di que decidí perderme de todo durante una temporada indefinida, por así decirlo. Mira, la vida, a fin de cuentas, es un absurdo. Y yo me cansé de muchas de sus cosas. Esta batalla no la quiero luchar. Cuídate mucho.
☼
Cuando el avión lo dejó en la pista de aterrizaje, Ávila se acercó a la estructura que fungía como terminal de pasajeros en el complejo turístico, a orillas de las cataratas. Era una edificación construida a imitación de una choza indígena de grandes dimensiones, con techo de paja. Otros viajeros caminaban a su lado, cargando su equipaje, conversando entre ellos, algunos en varios idiomas europeos, pero él no había intercambiado palabra con ninguno durante el viaje. Echó un vistazo hacia arriba, viendo irse a la aeronave por el cielo de un azul límpido, sin nubes, él último vínculo que le quedaba con el mundo exterior que ahora se desvanecía para siempre. Sintió que allí se iban sus recuerdos y que se desprendía de lo vestigial, mundano y superficial de su vida. Era como si ya estuviera agonizando, dejando detrás de sí rastros y huellas que nadie reconocería jamás como suyos, sino que serían meras acumulaciones informes, retazos indefinibles, cosas que no se podrían determinar nunca como evidencias suficientes para reconstruir su historia particular.
Suspiró, aunque comprendió que no era por nostalgia, sino más bien por cansancio, desazón y cierto fastidio. No es que estuviese amedrentándose de pronto, sino que apenas en esos segundos comenzaba a captar otro aspecto, otra dimensión de lo que había decidido que haría y le pareció monumentalmente cuesta arriba. Sólo que ya no tendría oportunidad de arrepentirse; estaba demasiado inmiscuido en aquello de lo cual los pocos que lo sabían consideraban una verdadera locura.
Miró la maleta con rueditas que llevaba rodando por la pista y al momento comprendió que era una tontería haberla traído. No era sino un bulto pesado, con cosas que, mientras volaba hacia aquella remota pista de aterrizaje en medio de la selva, reconsiderando detalles, le parecían innecesarias. Pero él siempre fue así, exageraba empacando, metiendo más cosas de las que utilizaría fuera de casa. Y terminaba acarreando maletas y bolsos pesados que le enojaba mucho cargar. Tomó una decisión al respecto.
Quince minutos después, en la contigua oficina de recepción le asignaron la habitación, situada en la parte del campamento más próxima a la orilla de la laguna, desde donde escuchaba el rumor monótono de las caídas de agua. Una vez allí, hizo un reacomodo de su equipaje: de la maleta grande desempacó las botas de excursionismo que solía utilizar en sus aventuras en la montaña, la chaqueta que imitaba el camuflaje militar, los pantalones de kaki grueso, ropa interior, papel higiénico, el cuchillo de monte, una linterna, varias cajas de fósforos, la carpa o tienda plegada, varias pilas de repuesto, la cantimplora y, por supuesto, las cajas de pastillas del potente analgésico. Metió luego todo eso en el morral de campaña de setenta y cinco litros de capacidad que había llevado, introduciendo además algunos enlatados, galletas, un pequeño botiquín de primeros auxilios, la botella de ron, caramelos y chicles. Dejó dentro de la maleta el teléfono celular.
Volvió a la recepción del campamento, donde la muchacha le dijo que en media hora se serviría el almuerzo, pero él se desentendió y preguntó cuál era el camino que llevaba a la selva próxima a la laguna. La joven lo miró extrañada, pero le indicó una estrecha vereda que se internaba entre la fronda ribereña. Él miró en la dirección que le señalaba. Permaneció absorto, como si dudara del próximo paso a dar. Contempló la floresta espesa, bordeada por arbustos y hierbas, pero de la que él sabría después que no era precisamente una maraña intrincada. La chica lo sacó bruscamente de sus pensamientos cuando le sugirió no internarse allí sin un guía, pues correría el peligro de extraviarse. Él la miró sonriendo, con un dejo de ironía que ella no pasó por alto y que la hizo callar. Presentía que este hombre de actitudes raras tenía un plan muy particular. Por aquella región siempre caía gente extraña, extranjeros en su mayoría, con modos que dejaban boquiabiertos a los lugareños. Así que a los pocos minutos, ella ya habría olvidado su conversación con el tipo medio lunático.
Se devolvió a la habitación y se recostó en la cama, observando el giro hipnótico de las aspas del ventilador, evitando que el sopor y el calor lo adormecieran, meditando su nueva condición de ser en fuga a punto de emprender esa inverosímil aventura, chifladura, lo que fuese que iba a hacer. Contra su voluntad, la mente lo llevó a evocar situaciones placenteras vividas a lo largo de sus cincuenta años, cosas tan disímiles como romances, viajes, contemplaciones silenciosas de atardeceres en lugares seductores, fiestas, agasajos. Incluso vinieron de nuevo sabores y olores que guardó, o más bien atesoró; reconstruyó episodios de la infancia, de la adolescencia; evitó suspirar con imágenes de sus primeros escarceos amorosos, del maravilloso descubrimiento del sexo. Placeres tan suyos lo volvieron a rondar en la quietud de esa habitación, disfrutes íntimos como la culminación de un escrito, de un cuadro; la apreciación concienzuda y saboreada de una sonata, un concierto, una pieza musical exquisita, la música, delectación que a él lo hechizaba tanto; la lectura de una novela en particular, de un autor preferido. En fin, la panorámica absoluta y concluyente de los elementos y detalles que definían su existencia declinante.
Había un rastro de dolor al recordar tentativas y empeños, mujeres deseadas y no conquistadas, los seres queridos ahora ausentes o dejados atrás. Remembranzas evocadas con un premeditado fin, diríase beneficioso, con apenas un toque de nostalgia debilitante. Él lo reducía fríamente a una hilera de estampas agolpadas sin la debida continuidad cronológica, más bien exhortos sugerentes destinados a dar sentido a lo que se proponía hacer, una secuencia de incentivos, no una patética columna de reminiscencias con añoranza por el pasado. El esfuerzo hecho a lo largo de los últimos diez meses fue muy arduo, porque había equivalido a reestructurarse psicológicamente, a contener sus sentimientos más íntimos, a entrenarse en lo mental y en lo espiritual para no doblegarse, no claudicar.
Compartía con cierta gente, constituida por escépticos, agnósticos y ateos, el razonamiento irreligioso de la existencia como una incomprensible, colorida y zigzagueante carrera contra el tiempo, en continua e ineludible cuenta regresiva puesta en marcha desde el mismo instante en que el hombre era lanzado al mundo. Un sube y baja, sólo que unos permanecían arriba más que otros. En fin, vislumbraba para él la bajada del telón, que siempre fue el mayor acertijo, misterio del cual nunca conseguía una explicación satisfactoria, sólo las interpretaciones sesgadas de hombres y mujeres comunes, fuesen ciudadanos, sacerdotes, burócratas, filósofos o sabios de encumbradas mentes.
A lo largo de su vida, acuciado por la curiosidad que tenía acerca del misterio supremo y del sentido de la vida, nada lo compensó. El concepto de Dios era a fin de cuentas sólo la disquisición que cada quien hacía del cosmos, la totalidad, la vida, la muerte, la felicidad, la miseria, la injusticia, la moral, la venganza, la ira, el amor, la melodía celestial que supuestamente contenía al universo y lo mantenía estable, lo suficientemente estable como para que él y los demás seres tuviesen su cuarto de hora bajo el sol, antes de desaparecer de modo irremediable, dejando la mayoría de las veces simples trazos que se esfumaban para siempre. Comprender que no había explicación o aclaratoria terminaba ensombreciéndolo y dejándolo en un estado contemplativo que se traducía en descontento. Ese descontento surgía al no obtener respuesta, pero eso no era sino volver a pasar por el molino de la Historia la pregunta primordial que todos los seres humanos se venían haciendo desde que tenían conciencia de serlo. Su voz interior le dijo: El mundo ideal sería aquél en el cual no existieran las religiones y cada quien creyera en Dios como le placiese, sin ritos impuestos, dogmas ni tabúes.
Poco a poco el dolor volvió, afligiéndolo. Tuvo que tomarse el analgésico que el doctor Franco le había recetado. Dos horas después tocaron a su puerta y le invitaron a unirse al grupo de turistas. Se suponía que participaba en el paquete turístico contratado y que debería cumplir con la rutina establecida para el disfrute del paisaje. Él explicó con voz conciliadora y moderada que se desligaba desde aquel instante de ese compromiso y que de ahora en adelante trazaría su propio itinerario. El operador-guía se asombró mucho ante aquello y por más que insistió, durante unos diez minutos de negociación, no pudo convencerlo. Por último, lo miró con cierta suspicacia y extrañeza, se despidió y se marchó, uniéndose al resto del grupo de expedicionarios, quienes cargaban sus morrales y se dirigían hacia el embarcadero rústico cercano a las cataratas. Al desaparecer ellos de su estrecho campo visual a través del espacio de la puerta entreabierta de la habitación, decidió que era el momento de irse. Sabía que le quedaban apenas tres horas de luz solar, así que cargó su morral, sintiendo una punzada de dolor cuando se lo colocó a la espalda. El morral estaba algo pesado, más aún con los tubos de la carpa, enrollada y colocada transversalmente en la parte superior, detrás de su cabeza.
Salió al lobby de la posada turística y se aproximó a la muchacha que lo había atendido horas antes. Era un espacio amplio, con un piso que refulgía como un espejo algo opaco. Se notaba que era utilizado frecuentemente como pista de baile. La chica miró a Ávila, sorprendida de que no se hubiese ido con los otros. Él le sonrió, giró sobre sus talones y se marchó por el sendero que se internaba en la selva aledaña, más allá de los límites del parador. Respondiendo a un presentimiento, Ávila volvió a mirar hacia la posada y, en efecto, la muchacha estaba en la entrada, observándolo todavía con esa mirada plena de asombro y burla.
Una rústica empalizada interrumpida por una portezuela de madera delimitaba el terreno. Salió por la pequeña puerta y se permitió dar una última mirada hacia lo que iba a dejar atrás, sin tener una idea precisa acerca de lo que le aguardaba allí fuera. Suspiró, sintiéndose desvalido, a merced de un destino no deseado, pero con rapidez se contuvo en el estremecimiento de la despedida definitiva, sin consentirse pesar alguno, no fuese a permitir que la mente le tendiera trampas y le socavara la voluntad.
Mientras caminaba por el estrecho sendero lo asaltaban los aromas y rumores, las sensaciones elementales de la floresta primitiva y esa repentina libertad lo entusiasmó, alejando de su mente cualquier atisbo de melancolía. Estaba dando el primer paso hacia la extraña emancipación que se había propuesto. No sabía cuánto duraría, ni qué leyes de la naturaleza que ahora hollaba le serían impuestas, designios y reglamentos ignotos, pero la decisión estaba tomada y no habría vuelta atrás. Siguió a un ritmo que surgió espontáneo, como siempre, forzado, en ese avance nervioso característico que a muchos les costaba emparejar. La humedad de la hojarasca amortiguaba el sonido de sus pasos y agradeció ese simple detalle, porque no deseaba hacerse patente, quería pasar inadvertido hasta para las criaturas de este ámbito. Al margen del mundo que lo había aceptado y alojado, en este nuevo entorno que borraría implacable sus tenues pisadas él dispondría de su final sin dramatismo ni prosopopeya, cualquiera fuese la manera en que llegase.
Parte de lo planeado era arribar hasta un sitio remoto, donde hubiese algún recurso del cual alimentarse. Hallaría árboles frutales, empresa posiblemente nada fácil, teniendo en cuenta que en los bosques ecuatoriales los árboles de una misma especie con frutos comestibles crecen dispersos y lejanos, nunca juntos, pero tenía conocimiento de que las higueras tropicales constituían un gran número de especies que podrían alimentarlo. Marchó durante dos horas, observando el avance de las sombras al final de la tarde, sin miedo, antes bien dominado por la frenética obstinación empeñada en la consecución de lo deseado y cuando la oscuridad le hizo aminorar el avance, percibiendo el aumento del chirriar de los insectos selváticos, el roce apenas sonoro de las serpientes en su deslizamiento sobre el piso forestal, el vuelo silencioso y discreto de los murciélagos y de los búhos, avanzó con mayor precaución, esquivando las raíces monumentales de los higuerotes, las ceibas y otros árboles que aquí alcanzaban dimensiones impensables.
No pudo ver un hilillo de agua que trazaba un surco en el suelo y se hundió en el fango casi hasta la pantorrilla. Era una molestia menor, sin importancia, pero al hacer el trivial esfuerzo de sacar la pierna un dolor agudo lo detuvo. El efecto del analgésico estaba cesando y él, en su apurada traslación había olvidado volver a tomarlo. El ramalazo nacía en la parte baja del cuello y se extendía hasta el cráneo. Jadeó, se detuvo unos minutos mientras trataba de aislar la molesta sensación y cobraba nuevos ánimos. Después de tragar la pastilla, con grandes sorbos de agua tibia de la cantimplora, se sentó sobre una inmensa raíz que semejaba un oscuro reptil vegetal, intemporal, paralizado eternamente entre la broza. Tras pensarlo durante unos segundos, decidió armar la carpa y pasar la noche allí y se durmió con rapidez. Tuvo un sueño intranquilo, en el que animales, criaturas insólitas, espíritus de los mitos aborígenes, imágenes desconocidas se agolparon para acosarlo y lo inquietaron con despliegues, danzas y actos casi reales.
Cuando amaneció y el sol se filtró tímido hasta el suelo alfombrado por las hojas secas, Ávila desarmó la carpa, se aseó lo mejor que pudo en el pequeño arroyuelo, comió el contenido de un enlatado y galletas y se puso en camino. Bebió con gusto el café mañanero que coló en una rústica bolsa de liencillo, pero se reprimió en silencio esa debilidad que trastocaba su propósito de aislar las tentaciones de la vida que estaba abandonando. Caminó casi sin parar. Sólo se detenía para comer algo, para decidir cuál dirección tomar cuando el sendero se desdibujaba, invadido a tramos por la maleza, o si algún accidente del terreno, como una gran roca, un declive o un arroyo ancho se interponían. Anduvo errático, siguiendo sendas casi invisibles, sumido en sus pensamientos y la noche lo sorprendió en un claro del bosque, donde armó su vivac. Mientras se acostaba, pensó: "La vida es etérea, algo pasajero y tal vez no hay segundas oportunidades en otra instancia más allá de la muerte. Estoy en el mundo y no tengo una idea precisa de por qué o para qué. Creo que no se perderá nada con mi ausencia".
En las mañanas, feliz por la ausencia de horarios y compromisos, se tomaba todo el tiempo del mundo para desperezarse, distraerse haciendo un fuego con ramas secas, cuando no con los cada vez más escasos fósforos que le quedaban para calentarse y preparar café. Eso durante las primeras semanas, hasta que se le acabó la infusión y tuvo que acostumbrarse a prescindir de ese sabor que tanto le gustaba. Trató de sustituirlo por un trago de ron mañanero, pero nunca consiguió el efecto deseado de acostumbrar el paladar y hacerlo olvidar la delicia del café. Un tormento continuo era la plaga de bichos que solía acosarlo, mosquitos ávidos de sangre, pero había otros insectos desconocidos para él, como frecuentes especies de chinches, avispas, moscas, hormigas y abejas. A lo que más le temía era a la picadura dolorosa y peligrosa de las grandes arañas, escolopendras, serpientes y escorpiones. Con la barba creciéndole y la ropa en camino de convertirse en harapos mohosos, deambulando sudoroso, empapado cuando caía la lluvia poderosa que nutría a la selva, se complació en pensar que si iba a acabar antes de lo previsto, quizás el fin fuese rápido, expedito, sin tener que padecer la prolongada y deshumanizadora agonía.
Las noches eran una realidad muy diferente. En el frescor inicialmente incómodo por la humedad del ambiente, el vaho abrumador de los residuos vegetales que cubrían el suelo y el temor ante lo desconocido, él se distraía encendiendo la pequeña linterna para descubrir el vuelo sigiloso y áfono de los murciélagos y los nictibios, el brillo de diferentes colores resplandecientes e inusitados de los ojos de criaturas que no podía identificar, el siseo y rumor secreto de los seres que se mueven y no pueden ser vislumbrados. Los ojos de las criaturas de la noche eran pares de brasas que envolvían un misterio fascinante e intemporal, una demostración de la vitalidad de la Naturaleza dominadora, indicios de cosas y arcanos que quedaban circunscritos a la categoría de lo que sobrecoge a la mayoría de los humanos.
Siempre había un detalle, una aparición repentina de las manifestaciones de la selva que lo tomaba por sorpresa. A veces estaba sentado comiendo o bebiendo, o sólo descansando y ante sus ojos pasaban hileras interminables de hormigas que se desplazaban como un río viviente y temible que hacía saltar huyendo a los demás animales. Las serpientes, de tamaños y colores distintos, eran una fascinación. No estaba seguro de poder distinguir a las ponzoñosas de las que no lo eran, así que mantenía una distancia prudencial mientras las observaba hasta que se perdían entre el follaje o en la hojarasca siempre húmeda del piso forestal. Otras veces los monos alborotaban arriba en el ramaje de los árboles más altos mientras se alimentaban. También escuchaba el canto variadísimo de los pájaros, el zumbido de los enjambres de abejas y avispas o el chasquido leve de las hierbas y arbustos pisados o quebrados por criaturas desconocidas que quizás lo acechaban, pero que él no podía distinguir en el telón verdoso que lo rodeaba.
Menos frecuente eran los rastros de los humanos. En alguna oportunidad encontró los restos de una fogata, quizá dejada por los cazadores criollos o por lo indios de la región. Dispersos por el sitio estaban los restos de huesos y pelambres que no pudo identificar por el estado de degradación al que las lluvias y el calor conducían a cualquier materia orgánica en un lapso muy breve, como si la selva de empeñase en destruir con rapidez toda evidencia de lo caído, muerto o abatido. Creyó descubrir a los causantes cuando a los pocos días vio a lo lejos a varios indios recorriendo la selva. Iban apenas vestidos con un precario taparrabos y portaban largos arcos y carcajes con flechas. No sintió temor de su presencia, pero se ocultó, porque hasta del contacto humano estaba dispuesto a extrañarse. Los indios pasaron varios minutos después cerca de él, que permaneció oculto tras el tronco grueso de un árbol centenario.
Otra tarde un yaguar lo sorprendió al observarlo desde la orilla de opuesta de un hilo de agua cristalina que surcaba un lecho de rocas y fango amarillo como el oro. La fiera lo miraba más con curiosidad y recelo que con agresividad mientras ambos calmaban la sed. Ávila pensó que ése podría ser el fin que el destino le tenía reservado, terminar en un sangriento holocausto entre las garras y las fauces del hermoso felino que habitaba aquel territorio sacro que ahora él transitaba como un espectro fuera de lugar. Contempló la magnificencia del animal, admirando su librea, su apostura y arrogancia, esperando el posible desenlace, pero el yaguar dio media vuelta y se perdió en la espesura que bordeaba el arroyo.
Solía encontrar una gran variedad de huellas de animales selváticos y se distraía del dolor intentando identificar, en un intento por lo general frustrado, a qué especie podría pertenecer cada rastro. Entonces descubría lo que parecían ser indicios del paso de un venado, con la típica huella de los artiodáctilos y la seguía a lo largo de los senderos naturales que abrían en el sotobosque ralo, sólo para descubrir unos centenares de metros más adelante que habían sido dejados por los báquiros, de los que se cuidaba de no sorprender, porque eran animales célebres por su peligrosa acometida defensiva cuando se sentían amenazados, en especial si estaban agrupados en piaras.
La selva lo distraía y le alejaba el riesgo de la meditación y la posible reflexión acerca de su decisión, pero a fin de cuentas debía aceptar que sólo era un ser humano y por más que se había empeñado en ir desentendiéndose de los nexos con el mundo que dejaba atrás, los recuerdos solían volver y traicionaban su voluntad. De vez en cuando su mente volaba hasta situaciones y experiencias que lo marcaron de modo indeleble. Recordó a Irene, la chica del consultorio y se preguntó, sumergiéndose en una especie de ejercicio de la imaginación, qué estaría haciendo a aquella hora. Se distrajo pensándola, llevando la grisácea cotidianidad de las personas que no resaltan en el conglomerado urbano, una mujer como cualquier otra preparándose para casarse, tener hijos y perder los días en una rutina sin resaltos ni esplendores, en un ir y venir al trabajo y al hogar, quizá terminando casada con un idiota que nunca la respetaría y la engañaría, como todos, una relación más entre la basta farsa de amores fingidos, o al menos esporádicos, breves en su caducidad, porque todos los actores terminaban cansándose de lo cotidiano, de la falta de novedad, de la ausencia de sorpresas y aventuras. Con ocasionales fugas como ésa de la mente se fueron sucediendo los días y la precariedad de su estado aumentó, anunciándole que el final se acercaba, mientras comprobaba alarmado que le quedaban pocas pastillas calmantes, porque el dolor se hacía más intenso, menguaba su resistencia y era necesario ingerir el analgésico con mayor frecuencia.
Un día, mientras volvía a pensar en su posible final, abrumado por ideas recurrentes de su imaginación febril, se detuvo ante una cascada altísima que se desprendía como desde las nubes, chorro de agua casi vaporizada a lo largo del increíble recorrido vertical hasta el río que serpenteaba abajo entre las rocas y que se internaba en la selva. El pasmo de la fascinación le ocultó por minutos el lanzazo implacable del malestar creciente que ya no combatía debido a la falta de pastillas. Un mareo lo poseyó, quizás de tanto mirar hacia arriba. Vio aves multicolores que cantaban, graznaban y trinaban en multitud de sonidos desconocidos. Vio el arco iris que se formaba a partir del halo acuoso y sutil de la cascada que parecía caer desde el mismo firmamento. El agua que se precipitaba emitía un distante murmullo sobrenatural, un rumor de presencia mitológica que le hizo pensar en los tiempos inmemoriales anteriores a él, cuando el mundo era prístino, inviolado, ajeno al desbrozamiento, a la socavación y a la alteración deformante que los hombres trazaban sobre la tierra. Suspiró, agradecido con Dios o los dioses, ese poder supremo y desconocido, nunca comprendido ni solicitado, tenía que reconocerlo, lo que fuese que lo había signado, extasiado con aquel espectáculo que lo invitaba a la reflexión silenciosa que le daba sentido a su estadía gris y malgastada. Entendió que el camino es muy largo y que sólo se ve un tramo cada vez.
De pronto su cabeza pesaba demasiado. Un cansancio insuperable lo invadía y la asimilación coherente de lo percibido comenzaba a diluirse. Las aves continuaban volando sobre él, la catarata seguía su curso milenario, las hojas se movían al menor soplo de brisa, pero él dejaba de asimilar los detalles, los colores y los sonidos con precisión. Se sintió vencido por el terror. La cercanía de la muerte era palpable, pero otra muerte lo poseía, lo raptaba antes de la llegada de aquella que lo borraría del contexto de los vivos. Afecto a las vibraciones armónicas, a la música, a los sonidos naturales, dejar de sentirlas en su justa dimensión, privado de la capacidad de captar el placer sensual, era el peor castigo.
Gritó y no se escuchó. Sólo percibió el novedoso y repentino rumor creciente de voces intemporales que, hablando en un idioma desconocido, quizás no humano pero que extrañamente él podía comprender con claridad, le iban revelando la verdad absoluta de la existencia, de su existencia. Ese murmullo se imponía y minaba toda posible firmeza, hacía movedizo el piso en el cual se sostenía con vacilación en un equilibrio tambaleante y de pronto le hacía tan patente, en vergonzosa evidencia, la increíble sarta de errores y mentiras que había vivido. Todo eso le era dicho sin palabras, simplemente lo percibía, lo sentía dentro de sí mismo, en el fondo de su perturbada y asombrada mente, que era sometida a una vivencia inimaginable para alguien escéptico y pragmático. La vida era un sueño, una irrealidad, se le ocurrió de repente. Porque así lo consideraba él, en su autoflagelación implacable y que no cesaba, que no podía ser sustituida por otro sentimiento más amable y reconfortante, se había fijado en su mente que su existencia era un derroche imperdonable de oportunidades, una feria de vanidades en la que lo verdadero y trascendental, lo importante, incluso sagrado, como aquellos paisajes primitivos que recorrió las últimas semanas, fue obstinada, orgullosamente inadvertido y subestimado. Mas el mareo, la debilidad, un desvanecimiento creciente se apoderaba de él y tuvo que sentarse un rato sobre una roca musgosa.
Cayó en cuenta de que, de alguna manera, ya no estaba en el mundo que conocía y percibía, pues al erguirse y moverse con nerviosismo, se descubrió separado de lo físico, del cuerpo que ahora reposaba estático, espantosamente quieto, comprendiendo que aquello no le pertenecía, le era ajeno, no lo contenía más, sino que era algo exánime, mientras su esencia, espíritu o lo que fuese en ese momento, o desde ese momento, quedaba relegado a la dudosa e inexplicable categoría de etéreo. En el minúsculo resquicio de entendimiento que se le escapaba supo que ése era el castigo final que algún poder impenetrable le tenía reservado. No hubo el supuesto repaso de su vida en segundos, no vio la película de su lapso vital sobre la tierra, nada que se le pareciera a un vistazo veloz de los actos trascendentales de su existencia.
Tuvo la certeza de que sería precipitado para siempre en una extensión y duración donde se le despojaba de la posibilidad de adquirir percepción, conocimiento y goce de las cosas y afectos que le habían complacido a lo largo de su permanencia en el mundo. Entraba a una particular inmensidad que no tenía nada que ver con lo que los mortales creían desde tiempos inmemoriales. Tuvo tiempo de deducir, antes de perderse en el limbo, la explicación del por qué cada quien tenía asignado su lugar más allá del universo físico, quizás su infierno, el de la substancia imperfecta de los humanos. Nunca se hubiese imaginado que su decisión de autoextrañamiento de la cotidianidad en la que se había formado y regodeado lo habría de conducir por una senda de descubrimiento tan radical y trascendental, algo que de haberlo meditado sólo unos minutos no pasaría de parecerle sino fantasioso, pero estaba siendo incluido en esa novedosa realidad que lo sorprendía, haciéndolo percibirse a sí mismo sólo como lo que era, un engreído que creía tener bien elaboradas las suposiciones, convertidas en respuestas adecuadas para complacer su curiosidad por lo desconocido de manera acomodaticia.
Quizás el tormento mayor era comprenderlo sólo en el momento final, en ese contradictorio despertar de la ilusión y precariedad de la existencia humana ante el portal del supuesto sueño eterno, en una inesperada situación y no poder transmitirlo a aquellos a quienes dejaba atrás, a los que les había formulado su personal, reiterada y, ahora entendía, absurda explicación acerca de todo, de Dios o los dioses, de la vida, esa verdad recóndita alcanzada de modo indeliberado y que no le sería dado revelar.
1 comentario
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Win, es un relato/cuento muy largo, pero lo le he leído de un tirón, debido al magistral uso que haces del lenguaje, la riqueza léxica es inigualable, las descripciones, las urbanas, pero sobre todo las selváticas, me transportan sin haber estado nunca en ninguna selva, a reconocer lugares, sonidos, incluso peligros. Es un relato increible.
No obstante, no me quedaré solo en la forma, sino que me gustaría decirte qué pienso del relato, del transfondo.
Según iba leyendo, pensaba para mí que era la inversión del cuento Juan Darien de H. Quiroga. Del trigre que no puede dejar de ser tigre a pesar de convivir con humanos. Sin embargo, en tu relato, el protagonista es un ser humano que abandona la vida para humanos y se sumerge voluntariamente en la selva, buscando su fin. Casi como dicen los amigos del protagonista, se trata de un suicidio.
Abandona su condición humana ( en cuanto a lo social, me refiero) y con ese gesto nos muestras que la humanidad tal como la concebimos, no es tan superior cuando tiene que enfrentarse con situaciones que se supone, han sido superadas, como sobrevivir en la selva, un ambiente hostil.
Como desenlace, esperaba yo una "venganza" de la selva destruyendo la vida del protagonista en cualquier situación. Sin emabargo, acaba el cuento con el máximo descubrimiento, que la muerte, al fin y al cabo, es un proceso más de la vida. Y que se descubrimiento es personal e intrasferible.
Este texto es todo un lujo.
Felicidades por tu talento.
un saludo de miguelito