Sabado
Sábado. Soleado. Abrir las ventanas. Dejar entre el azul infantil del cielo, la luz clara, limpia, el viento apacible y suave. Los olores de la limpieza difuminados, absorbidos por la verde clorofila. Los minutos son lentos y pausados hasta llegar el mediodía. Seis horas ya con los ojos abiertos. Vuelos alados y cantos de pajarillos mecen este descansado silencio. Piares o cánticos son de cortejo, banquete y comida. Mientras la noche marcha para llegar el nuevo día los sonidos nocturnos de la lechuza o el búho, dan paso a los musicales diurnos. Hojas amarillas, tempranas caen en espirales dando graciosas piruetas. El otoño espera tras este telón de verano en ocasiones tibio o caluroso cuando el sol se alza al cruzar el día. Dan ganas de tomar los colores, la paleta, los pinceles, el caballete y el lienzo y pintar de verdes, ocres, tierra y de limones con olores a trementina. El mismo escenario cada día distinto, nada permanece, una sola hoja ya caída cambia la vestimenta del paisaje, el viento suave, tierno, trémulo o alborotado de castañuelas o pandereta. La luz resbalando y regando de tonalidades los verdes y los profundos amarillos, las sombras grises o azuladas. La vida en su recorrido de cada día en un continuo infinito e imperecedero. Los sábados tienen este aroma de paz y festivo, sin estridencias y tampoco prisas. Tarde o apres midi de paseo y algunas pocas compras, dejar que las manecillas marquen calladas los segundos y las horas, esperar llegué encantadora y reposada la noche estrellada iluminada de sus luces y luciérnagas con los ojos, la mirada leyendo, juntando sílabas y palabras de un libro.. Hoy si, es otro día, pero de los que son más bonitos.
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