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El Precio de una Vida

Me detuve ante aquel edificio cochambroso, era una suerte de fábrica abandonada. La noche era oscura y las farolas rielaban en el asfalto húmedo, fruto de una lluvia reciente. La luna asomaba intermitente, recortando la silueta de unas nubes que se volvían siniestras ante la claridad de medianoche. Miré el reloj una vez más, lo escondí bajo la manga de la chaqueta y suspiré. No estaba seguro de lo que iba a hacer, pero atravesé esa puerta que cedió dócil ante mí y mis dudas. El aire se percibía tibio en el interior, cargado, ninguna corriente hacia acto de presencia. Ante mi ascendían unas escaleras bañadas por una luz tenue que permitía intuir cada escalón, formando una sucesión de sombras que llegaban ante mis pies, tratando de intimidarme. Avancé por el estrecho pasillo, mis pasos resonaban a través de las escaleras, eliminando un silencio hasta ahora solemne. Cuando rebasé el último escalón, pude atisbar el origen del haz de luz, un flexo de color verdoso. El objeto esaltaba un puño cerrado que martilleaba la mesa, impaciente. De pronto, los dedos se posaron sobre el flexo, dirigiendo el penetrante resplandor hacia mi rostro. Me resguardé tras mi mano, ofreciendo la palma al causante. Una voz ronca inundo la sala, vigorosa:
-Pensaba que no vendrías.
Se hizo un silencio. El flexo volvió a su posición inicial. El fogonazo de un mechero reveló un rostro barbudo, de rasgos marcados, afilados y pesadas cejas. La cabecera de la lámpara se vio movida de nuevo, esta vez iluminando casi la totalidad de la sala. Viejas máquinas de coser eran recorridas por telarañas, el color original no era apreciable, pues la suciedad cubría cada rincón. Sobre una silla color ocre se recostaba él, con insultante desdén. De apariencia macabra, serio, tenaz. Lucía una americana negra que se fundía con una camisa y unos pantalones del mismo tono. Exhaló una bocanada de humo que se disipó en la luminiscencia situada a su derecha. Sostenía el cigarrillo entre lo dedos, con la mano apoyada sobre la mesa. Una mirada inquisitiva se posó sobre mis ojos, sus iris azabaches penetraron en mi mente, impulsando unas piernas que se habían mostrado titubeantes hasta ese instante. Di tres pasos hasta alcanzar su posición. Metí la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y saqué un sobre amarillento. Lo deje caer en la mesa, provocando un sonido sutil, pero que en mi conciencia golpeó como el mazo que dicta sentencia. Seguidamente reculé medio metro, permitiendo que sus ojos se apartaran de mi persona y se detuvieran de forma flemática en el envoltorio. Se llevó el pitillo a la boca, sosteniéndolo con los labios, a la vez que desvelaba el contenido, reteniendo su mirada unos segundos. De nuevo me miró, tomó el cigarrillo y sonrió de forma fría casi siniestra. Extinguió la colilla en un cenicero cercano a su mano derecha y realizó un gesto de conformidad con la cabeza. Supe entonces, que era el momento de marcharme. Cuando había descendido un par de escalones, hice ademán girarme, pero aborté, puede que por miedo, o quizá por vergüenza.
Cuando por fin regresé al exterior, tomé una bocanada inmensa de aire. Mis pensamientos se aceleraron, y mi corazón bombeó excitado. Era consciente que acababa de poner fin a una vida. En unas horas, un silbido atravesaría una vida y con ello mi conciencia, que desde ya, era torturada por esa sonrisa funesta.
Adrielegance16 de enero de 2014

2 Comentarios

  • Evamaria

    Descripto, mas detalles?... no hacen falta...Excelente narrativa!

    17/01/14 06:01

  • Adrielegance

    A veces menos es más. Muchas gracias!!
    Saludos.

    17/01/14 07:01

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