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A Sus Espaldas



La pequeña novela del oeste se deslizaba entre las páginas cabalgando con espíritu de aventura, hasta llegar casi al final. Entonces, el Sheriff del pueblo abrió el cajón de la mesa de trabajo y colocó cuidadosamente la novela que deseaba finalizar, pero... En ese momento un ruido hizo que girara la cabeza trapecio músculo hacia la calle, ¡algo ocurría ahí fuera!.
Asomó su estampa y contempló con cara de asombro que todos los caballos del pueblo habían desaparecido. Volvió a entrar a su oficina y pidió ayuda a través de una carta, pero cuando fue a la oficina postal vio que sin caballos no había diligencia. Y...
Sin diligencia no había transporte para el correo.

El Sheriff regresó, tomó asiento, miraba al tejado, funcionario sedente en actitud pensativa, y unos minutos después se levantó de golpe; cerró la oficina y presto marchó calle abajo, hacia las afueras del pueblo, con el intenso calor sobre serpientes lagartos y lagartijas.
Después de unas horas de caminar llegó a la casa del viejo Serenity, los perros ladridos impidieron que el Sheriff llegase a la vivienda a la entrada tanto así que no se podía entrar.

El viejo convivía con artilugios extraños allí. Tenía un taller donde diseñaba e inventaba cualquier tipo de máquina o artefacto.

Ambos hombres platicaron bastante tiempo conversaron, se les veía como si intentaran llegar a un acuerdo... Finalmente se dieron la mano. Parecía como si se hubiesen puesto de acuerdo en algo para solucionar algún tipo de problema de carencias de medios.

El Sheriff regresó a su oficina, pero antes se acercó a la cantina del pueblo, allí pidió un trago vaso para saciar su garganta seca tremenda sed.

En una mesa varios hombre jugaban a cartas, uno de ellos miraba fríamente al representante de la ley, era Diego el Plata, un caza recompensas de la comarca. El Sheriff al ver a este pistolero salió de la cantina apresurado y entró a su despacho y al ver que el caza recompensas se acercaba para encontrarse con el Sheriff puso cara de ¡miedo gran susto!.
Así que cogió la novela del Oeste que había dejado pendiente y justo al entrar el pistolero a la oficina para no se sabe qué pretensiones, el representante de la ley reanudó la lectura para acabar la novela, y se salvó puesto que en ese momento llegaba el final del relato la novela.
Amanuense
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cuentos

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