En Urgencias..., ¿ Son Ustedes Familiares de Don Alberto?
La mañana perdía lentamente su luminosidad, el cielo ya con nubes altas, ahí las gaviotas, que vuelan bajo ese gris. Y doña Elvira y su hija Irene están ante la lápida, ante dos operarios indiferentes que tapan el orificio cuadrado, con un poco de cemento, sin llegar a subir a un andamio...
Han acabado, y con la inmutable indiferencia que los caracteriza marchan a hacer exactamente lo mismo para otro nicho, mismo recinto, misma indiferencia.
Las dos mujeres quedan ante la superficie de mármol de color claro, ahí gravadas las tres iniciales, y las dos fechas, nada más; la de un año y la del otro.
Tras unos diez minutos, salen del lugar amurallado y silencioso,
Irene lo hace con algo de dolor de cabeza, que hombres y mujeres de facultad y bata blanca tal vez denominan cefalea.
Ya llegan a su domicilio.
El trayecto ha sido, dado que apetece caminar, de unos quince minutos.
Irene va a introducir la llave en la cerradura del portal, en ese instante alguien sale, un señor, al pasar ante ellas pronuncia “Las acompaño en el sentimiento”, y respetuoso marcha, levanta el brazo y un taxi se detiene para él...y por él, a su entera disposición y suave acelerón.
Las dos mujeres avanzan por el vestíbulo y llegan al ascensor, el aparato habitáculo desciende con una vecina en el interior, se abre la puerta y: “Elvira, lamento lo de tu hermano... Irene, lo siento”.
Madre e hija han llegado al tercero tercera, allí viven,..Ni periquito, ni gato, ni perro....
Elvira, al entrar mira hacia la estancia que utilizaba su hermano, y se acerca, la puerta está entreabierta, y por curiosidad la abre, con lentitud, y se adentra con cuidado, se adentra por curiosidad, y quizá para ejercer el derecho a la nostalgia.
Ya accede, para ver de nuevo qué hay, y ahí están los lomos de los libros en la pequeña biblioteca de su hermano.
¿Libros muertos de risa? Tal vez sí, o quizás no.
Y los mira.
Y mira a su alrededor, en silencio, sin tocar nada...
Elvira, tras esa pérdida, pone en práctica su derecho a la nostalgia, al recuerdo.
Ni siquiera levanta un poco la persiana para que entre algo más de claridad, en un día con nubes y cielo grisáceo.
Y Elvira contempla sobre la mesa un folio, tres líneas y otra a medias, casi cuatro, interrumpida la última por una coma.
A lado, aún sin cerrar, el bote de tinta roja, y también sobre la mesa, la pluma ahí tendida como a la espera de que unos dedos la tomen para crear un poema, ¿parecido a este, oculto en un relato?
A los pies del folio una gota de sangre, en apariencia redonda, en apariencia la redondez parece perfecta como un botón de camisa.
¿Y al microscopio?
Una gota de sangre, que muy recientemente, lo ha cambiado todo, una gota de sangre que al hermano de Elvira se le desprendió del orificio nasal, y que quienes se dedican a la medicina denominan, a todo ello, de otro modo, pues es un tema mucho más complejo, que en unos casos puede ser bastante inofensivo y escandaloso llamativo, pero en otros, como en el caso del hermano de Elvira, que... resultó ser más grave.
Una gota de sangre que puede anunciar el arribo e instancia de una patología, un desarreglo orgánico, una disfunción.
Y todo ha sido muy reciente, más o menos unas setenta y dos horas.
Tras el desprendimiento de aquella gota, esas horas después, una persona licenciada en los entresijos y complejidades de la medicina, hubo de cumplimentar el famoso certificado final, la confirmación de que alguien ha llegado a su meta fin de carrera, en el que hay despojarse de todo lo adquirido, logrado, ganado y entregarse a los sencillos confines del fallecimiento.
Elvira, en su piso, ya sale de aquella habitación, una estancia que por un tiempo quedará tal cual está, ni más ni menos, ni se sacará nada, nada se meterá.
¿Y ahora qué?...
¿El tópico aquel tan oído que afirma “la vida continua?
Madre e Hija, sin hermano la una, sin tío la otra, quedan ahí sentadas en el tresillo butaca, miran al vacío de la sala. En silencio mutis. Miran el devenir monótono de un hogar con una ausencia.
Ambas mujeres, bajos los efectos del “¡¿Y ahora qué?!”
¡Quizá venga alguien a darles el pésame...!
Podría ser.
Han acabado, y con la inmutable indiferencia que los caracteriza marchan a hacer exactamente lo mismo para otro nicho, mismo recinto, misma indiferencia.
Las dos mujeres quedan ante la superficie de mármol de color claro, ahí gravadas las tres iniciales, y las dos fechas, nada más; la de un año y la del otro.
Tras unos diez minutos, salen del lugar amurallado y silencioso,
Irene lo hace con algo de dolor de cabeza, que hombres y mujeres de facultad y bata blanca tal vez denominan cefalea.
Ya llegan a su domicilio.
El trayecto ha sido, dado que apetece caminar, de unos quince minutos.
Irene va a introducir la llave en la cerradura del portal, en ese instante alguien sale, un señor, al pasar ante ellas pronuncia “Las acompaño en el sentimiento”, y respetuoso marcha, levanta el brazo y un taxi se detiene para él...y por él, a su entera disposición y suave acelerón.
Las dos mujeres avanzan por el vestíbulo y llegan al ascensor, el aparato habitáculo desciende con una vecina en el interior, se abre la puerta y: “Elvira, lamento lo de tu hermano... Irene, lo siento”.
Madre e hija han llegado al tercero tercera, allí viven,..Ni periquito, ni gato, ni perro....
Elvira, al entrar mira hacia la estancia que utilizaba su hermano, y se acerca, la puerta está entreabierta, y por curiosidad la abre, con lentitud, y se adentra con cuidado, se adentra por curiosidad, y quizá para ejercer el derecho a la nostalgia.
Ya accede, para ver de nuevo qué hay, y ahí están los lomos de los libros en la pequeña biblioteca de su hermano.
¿Libros muertos de risa? Tal vez sí, o quizás no.
Y los mira.
Y mira a su alrededor, en silencio, sin tocar nada...
Elvira, tras esa pérdida, pone en práctica su derecho a la nostalgia, al recuerdo.
Ni siquiera levanta un poco la persiana para que entre algo más de claridad, en un día con nubes y cielo grisáceo.
Y Elvira contempla sobre la mesa un folio, tres líneas y otra a medias, casi cuatro, interrumpida la última por una coma.
A lado, aún sin cerrar, el bote de tinta roja, y también sobre la mesa, la pluma ahí tendida como a la espera de que unos dedos la tomen para crear un poema, ¿parecido a este, oculto en un relato?
A los pies del folio una gota de sangre, en apariencia redonda, en apariencia la redondez parece perfecta como un botón de camisa.
¿Y al microscopio?
Una gota de sangre, que muy recientemente, lo ha cambiado todo, una gota de sangre que al hermano de Elvira se le desprendió del orificio nasal, y que quienes se dedican a la medicina denominan, a todo ello, de otro modo, pues es un tema mucho más complejo, que en unos casos puede ser bastante inofensivo y escandaloso llamativo, pero en otros, como en el caso del hermano de Elvira, que... resultó ser más grave.
Una gota de sangre que puede anunciar el arribo e instancia de una patología, un desarreglo orgánico, una disfunción.
Y todo ha sido muy reciente, más o menos unas setenta y dos horas.
Tras el desprendimiento de aquella gota, esas horas después, una persona licenciada en los entresijos y complejidades de la medicina, hubo de cumplimentar el famoso certificado final, la confirmación de que alguien ha llegado a su meta fin de carrera, en el que hay despojarse de todo lo adquirido, logrado, ganado y entregarse a los sencillos confines del fallecimiento.
Elvira, en su piso, ya sale de aquella habitación, una estancia que por un tiempo quedará tal cual está, ni más ni menos, ni se sacará nada, nada se meterá.
¿Y ahora qué?...
¿El tópico aquel tan oído que afirma “la vida continua?
Madre e Hija, sin hermano la una, sin tío la otra, quedan ahí sentadas en el tresillo butaca, miran al vacío de la sala. En silencio mutis. Miran el devenir monótono de un hogar con una ausencia.
Ambas mujeres, bajos los efectos del “¡¿Y ahora qué?!”
¡Quizá venga alguien a darles el pésame...!
Podría ser.
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