Ventana para Ver
La joven se adentra en el portal del edificio al que acaba de mudarse, es un piso espacioso, es un tercero tercera; y es para ella sola que está sola. Y es tan reciente este cambio de domicilio que aún ha de nominar su casillero para la correspondencia.
Accede al ascensor, accede a la vivienda, cierra con dos vueltas de llave, y también coloca la cadena, la seguridad encadenada.
No conoce aún todos los rincones de la vivienda, ni tampoco al vecindario y muy poco el barrio.
No ha advertido que dos plantas más arriba una cabeza un busto una persona asomada al hueco de la escalera la observa pues la ha visto salir del elevador, salir con un maleta pequeña y una mochila en el espaldar.
Ella está condicionada por una importante carga de timidez en su fuero en su haber, lo que le ha impedido advertir a quien sí la advierte a ella.
Del cansancio propio de una mudanza a cuestas, se deja caer con prudencia en la cama de una habitación pequeña junto a la entrada, pues está ella derrengada y ya no puede más, de modo que se tumba queda ahí, mira la techumbre alumbrada por una pequeña lámpara en la mesilla junto a la puerta. Mira la techumbre mientras recuerda la adolescencia aquella en que las lecturas de relatos, de novelas, de suspense que tanto la...
Y entre recuerdos y cansancio....Los párpados ceden, ceden, un lento decaer.
Se ha quedado dormida... De una tarde atrás aún algunas cajas en la casa por abrir y ella dormida y mucho que desempaquetar, pero ella dormida.
El reloj ya marca las seis y pocos minutos más, ya el amanecer lento gradual, ya la claridad, ya el lento abrir de los ojos. Ya en breve la higiene personal, el necesario hábito. Ya la inquietud propia del primer día en una nueva vivienda, ya los primeros sonidos externos de la nueva vecindad.
Es temprano que amanece, ya salió de la cama. La temperatura es de invierno así que el cuerpo se retrae. Se abriga con un albornoz que sacó de una caja, se lo coloca sobre los hombros a modo de gabardina.
Es un día festivo, aunque a ella no le importa en demasía, pues trabaja por su cuenta y riesgo, manda y carga sobre sí misma. Y decide sobre sí misma.
Las horas pasan...Las sombras se mueven, las noches llegan, el alumbrado público en breve actuará.
Anochece poco a poco, un día que finaliza lento final de jornada.
La temperatura ha descendido.
Esta joven conoce bien lo mal que puede llegar a combinar el frío del hogar con la soledad, el vivir sin nadie y fríamente como el ambiente conventual. La casa así en esas condiciones tan poco confortantes puede parecer que se le haga grande; necesita instalarse con un mínimo de confort, ¡tiempo al tiempo qué paciencia!
Antes de acostarse se asoma a la ventana, mira abajo a la calle. Como si las calles, los paisajes urbanos fuesen un museo, una exposición de lo cotidiano, de lo variopinto con vida andante e inquietante.
Tras la ventana, desde casa, su nueva casa, ella atiende mira.
Y se percata de la presencia de una mujer de aspecto llamativo, está en la acera ahí abajo, acera de enfrente, esa extraña, con una cabellera abundante y blanca.
Algo le extraña de la tal señora. El modo de mirar hacia arriba le extraña.
¡La Ignota! Pues... ¿quién será? ¿quién?
¿Quién, es esta desconocida?
Desde abajo, la extraña, la mira con señalada fijación a ella la ve ahí arriba en la ventana.
Queda como atrapada por esa mirada, tan sólo unos segundos, algo más, hasta que se percata de ello, del magnetismo que se ha instalado entre ambas, de modo que desvía la mirada superior, lo intenta, lo consigue, ya ha salido de esa especie de bucle absorbente...
Las jornadas se suceden, pues otra noche más.
Una cena en solitario en la cocina una mesa, un tenedor, un vaso medio lleno o medio vacío, también el plato, algo de apetito y una botella al lado.
Acaba de cenar, así que...
Ahora toca estropajo, lavavajillas más el plato, el vaso, el cuchillo, un tenedor, la espuma con el acto de fregar.
Se seca las manos con el trapo de cocina, la cocina ya queda recogida; apaga la luz, sale.
De nuevo se acerca a la ventana, se asoma, mira a la noche flotante con luces para la ciudadanía, edificios al servicio del vivir diario. Se avistan ventanas, domicilios, televisores a lo lejos, inquilinos, vecinas, habitantes, residentes.
Y mira y no tiene prisa para admirar el vecindario y su nuevo barrio... ¿y qué advierte?
Pues más de lo mismo como ayer, hoy, más tarde...una vez más...¿Y mañana? ¿Y veinticuatro horas después?
Y de nuevo, esta noche, otra vez, la mujer, la misma persona ahí abajo con la cabellera blanca tan llamativa. La misma extraña de ayer, con la luminosidad artificial de la noche entre farolas.
¡Qué mujer tan extraña, ahí de nuevo, como si no hubiesen más ventanas en el planeta para mirar!
La mira a ella, se miran. Otra vez lo mismo, más de lo mismo.
Así, esta joven, en esta ocasión, decide intrépida, bajar a la calle, con la intención de hacer preguntas, aunque sea sólo una pregunta.
Está extrañada quiere hacerlo, quiere respuestas no ramplonas, sí explicativas, sí esclarecedoras. ¡Pues sí!
Y va a salir, y alarga el otro brazo para abrir la puerta, baja por las escaleras, ya sale a la vía pública dó cualquiera puede mirar lo que considere a bien mirar...
Pero la extraña ha marchado, no está...Ha desaparecido.
¿Y ahora qué?
¿Qué hará esta joven llevada por el impulso gobernada que necesita explicaciones?
¿Qué?
Primero regresar a su piso escaleras arriba, tal hace y sube y cierra la puerta y de nuevo la seguridad encadenada.
Está algo nerviosa, pero también como liberada de algo, puede parecer extraño, pero así es. Liberada como de una presencia real que la sigue pero que ha desaparecido; volverá o no volverá, pero por ahora ha desaparecido. No hay preguntas no hay respuestas. Sí hay incertidumbre, dudas, enigma sí.
¿Y mañana? ¿Más de lo mismo?
La joven ha entrado en casa, toma asiento sofá, pues elige la comodidad.
Sedente coge el teléfono de bolsillo, aparece el icono de mamá en la pantalla rectagular.
Llamada saliente: Unos segundos y “¡Dime Sonia hija!”, una voz maternal, ¡qué reconfortante!
“Estoy asustada, no sé que ocurre, creo que algo ocurre mamá”, dice ella insegura.
La conversación continúa...
“Hija, ven mañana a comer a casa, y me lo cuentas más tranquila, ¿te parece bien?”.
Sonia, en la siguiente jornada, no se atreve a mirar por la ventana, no se atreve a subir la persiana, no quier.
No, no quier.
No quier abrir cajas, no quier, nada de eso quier. Como si hubiese algo prioritario a resolver.
Así que, en la penumbra de su domicilio, mas parece casi un sótano, cierra el grifo de la ducha, toma la toalla, se seca se peina a medias la cabellera se la desenreda con los dedos.
En su estómago hay un nudo invisible la psique lo sabe lo corpóreo vibra.
Ha de salir. Luego ha de ir a casa de su madre; así quedó ayer para hablar de eso tan extraño que ocurre, que una extraña protagoniza.
Pero hay que salir y tiene dudas, no sabe con qué o quien va a toparse ahí fuera dó las calles, casi nuestras, del día a día, jornada tras jornada; las vías públicas dó la gentes pasean y se miran.
Antes de ir a casa de madre va a un supermercado que hay en el trayecto, ahí dentro accede.
Cesta casera en mano para la compra, ya entra con la cesta que resulta ser pequeña pero suficiente.
¿Y qué sucede ahí dentro en el súper?, pues que empieza a mirar a su alrededor, examina si hay alguna mujer con larga cabellera blanca, empieza la obsesión que ya anida entre ceja y ceja.
Un mirar por aquí por allá, de soslayo, como si una agente infiltrada.
Ya llega, está ante la caja, ya paga.
Ya ha pagado, no hay cambio, ya sale.
Abandona con la cesta en mano, se aleja, de una de las miles y miles de sedes para el inevitable consumo.
Lleva la cesta de la compra en la otra mano. La dejará en casa de mamá.
Contacta con el teléfono en el interior del bolsillo, no lo suelta, sin sacarlo lo toca.
Se apresura, camina, mira atrás con buena discreción que valga, pues necesita mirar si hay alguien que... con una apariencia que... Necesita mirar pero que no esté esa mujer.
Sigue hacia casa de su madre, cada vez queda menos.
El trayecto ha ido bien. Nada extraño, nada que le parezca extraño.
Tiene su propia llave, ya en la cerradura la gira, y entra en el vestíbulo abajo a pie de calle y la sensación de seguridad aumenta llegan los recuerdos del pasado y la infancia la adolescencia y aquellos relatos arriba en su habitación.
Sube hasta el tercero, llama a la puerta aún teniendo su propia llave. Llama. Toc, toc,
Mamá quien abre.
Un beso y otro. Afecto entre ambas. Besos materno filiales.
“Creo que una extraña mujer se ha obsesionado conmigo...” Sonia acaba de hablar y mira a su madre, espera que esta diga algo.
Pero aquella queda en silencio.
Entonces ante ese acto la percepción de Sonia habla: “Mamá, ¿Tú sabes algo?”
Aquella mamá baja la mirada, y en segndos la sube para mirar a su atribulada hija , mirarla de un modo enigmático. Se levanta y se acerca a la ventana y mira abajo a la calle, y una señal con el brazo le hace a alguien abajo a la espera.
Desde esa posición junto a la ventana dice a Sonia: “Hija, ha llegado el momento para que descubras algo, para que seas enterada de algo”.
Sonia está atenta, algo nerviosa, quieta, sentada en la punta de la butaca, sus manos en el regazo se cruzan, se tocan se protegen, son manos que se aman, casi nunca discuten, son manos en contacto para hacer y deshacer...
Desde donde está sentada la joven se atisba el recibidor la entrada de la vivienda. En la casa de mamá reina el silencio casero, el silencio de los ocultamientos familiares, ni siquiera se oye una sirena azul o roja de vehículo alguno en servicio, ni siquiera la bocina claxon de un automóvil.
Tras la señal de aquella madre, alguien ha llegado al rellano, ese alguien sale del elevador, ese alguien entra en la vivienda, ya está en el recibidor... ese alguien es...una mujer con...
Y Sonia, una hija que empieza a intuir lo muy poco que sabe de sí misma. Con la boca abierta, ve, advierte, presencia, como una mujer de larga cabellera blanca acaba de acceder. La ve como una mujer recogida, prudente, quizá tímida...respetuosa discreta como una mujer casi monástica.
Y Sonia escucha a su mamá decirle a la recién llegada a esa extraña...todavía ignota, decirle:
“Gracias por venir”.
“Gracias por explicar a Sonia quien eres y para qué has venido”.
Accede al ascensor, accede a la vivienda, cierra con dos vueltas de llave, y también coloca la cadena, la seguridad encadenada.
No conoce aún todos los rincones de la vivienda, ni tampoco al vecindario y muy poco el barrio.
No ha advertido que dos plantas más arriba una cabeza un busto una persona asomada al hueco de la escalera la observa pues la ha visto salir del elevador, salir con un maleta pequeña y una mochila en el espaldar.
Ella está condicionada por una importante carga de timidez en su fuero en su haber, lo que le ha impedido advertir a quien sí la advierte a ella.
Del cansancio propio de una mudanza a cuestas, se deja caer con prudencia en la cama de una habitación pequeña junto a la entrada, pues está ella derrengada y ya no puede más, de modo que se tumba queda ahí, mira la techumbre alumbrada por una pequeña lámpara en la mesilla junto a la puerta. Mira la techumbre mientras recuerda la adolescencia aquella en que las lecturas de relatos, de novelas, de suspense que tanto la...
Y entre recuerdos y cansancio....Los párpados ceden, ceden, un lento decaer.
Se ha quedado dormida... De una tarde atrás aún algunas cajas en la casa por abrir y ella dormida y mucho que desempaquetar, pero ella dormida.
El reloj ya marca las seis y pocos minutos más, ya el amanecer lento gradual, ya la claridad, ya el lento abrir de los ojos. Ya en breve la higiene personal, el necesario hábito. Ya la inquietud propia del primer día en una nueva vivienda, ya los primeros sonidos externos de la nueva vecindad.
Es temprano que amanece, ya salió de la cama. La temperatura es de invierno así que el cuerpo se retrae. Se abriga con un albornoz que sacó de una caja, se lo coloca sobre los hombros a modo de gabardina.
Es un día festivo, aunque a ella no le importa en demasía, pues trabaja por su cuenta y riesgo, manda y carga sobre sí misma. Y decide sobre sí misma.
Las horas pasan...Las sombras se mueven, las noches llegan, el alumbrado público en breve actuará.
Anochece poco a poco, un día que finaliza lento final de jornada.
La temperatura ha descendido.
Esta joven conoce bien lo mal que puede llegar a combinar el frío del hogar con la soledad, el vivir sin nadie y fríamente como el ambiente conventual. La casa así en esas condiciones tan poco confortantes puede parecer que se le haga grande; necesita instalarse con un mínimo de confort, ¡tiempo al tiempo qué paciencia!
Antes de acostarse se asoma a la ventana, mira abajo a la calle. Como si las calles, los paisajes urbanos fuesen un museo, una exposición de lo cotidiano, de lo variopinto con vida andante e inquietante.
Tras la ventana, desde casa, su nueva casa, ella atiende mira.
Y se percata de la presencia de una mujer de aspecto llamativo, está en la acera ahí abajo, acera de enfrente, esa extraña, con una cabellera abundante y blanca.
Algo le extraña de la tal señora. El modo de mirar hacia arriba le extraña.
¡La Ignota! Pues... ¿quién será? ¿quién?
¿Quién, es esta desconocida?
Desde abajo, la extraña, la mira con señalada fijación a ella la ve ahí arriba en la ventana.
Queda como atrapada por esa mirada, tan sólo unos segundos, algo más, hasta que se percata de ello, del magnetismo que se ha instalado entre ambas, de modo que desvía la mirada superior, lo intenta, lo consigue, ya ha salido de esa especie de bucle absorbente...
Las jornadas se suceden, pues otra noche más.
Una cena en solitario en la cocina una mesa, un tenedor, un vaso medio lleno o medio vacío, también el plato, algo de apetito y una botella al lado.
Acaba de cenar, así que...
Ahora toca estropajo, lavavajillas más el plato, el vaso, el cuchillo, un tenedor, la espuma con el acto de fregar.
Se seca las manos con el trapo de cocina, la cocina ya queda recogida; apaga la luz, sale.
De nuevo se acerca a la ventana, se asoma, mira a la noche flotante con luces para la ciudadanía, edificios al servicio del vivir diario. Se avistan ventanas, domicilios, televisores a lo lejos, inquilinos, vecinas, habitantes, residentes.
Y mira y no tiene prisa para admirar el vecindario y su nuevo barrio... ¿y qué advierte?
Pues más de lo mismo como ayer, hoy, más tarde...una vez más...¿Y mañana? ¿Y veinticuatro horas después?
Y de nuevo, esta noche, otra vez, la mujer, la misma persona ahí abajo con la cabellera blanca tan llamativa. La misma extraña de ayer, con la luminosidad artificial de la noche entre farolas.
¡Qué mujer tan extraña, ahí de nuevo, como si no hubiesen más ventanas en el planeta para mirar!
La mira a ella, se miran. Otra vez lo mismo, más de lo mismo.
Así, esta joven, en esta ocasión, decide intrépida, bajar a la calle, con la intención de hacer preguntas, aunque sea sólo una pregunta.
Está extrañada quiere hacerlo, quiere respuestas no ramplonas, sí explicativas, sí esclarecedoras. ¡Pues sí!
Y va a salir, y alarga el otro brazo para abrir la puerta, baja por las escaleras, ya sale a la vía pública dó cualquiera puede mirar lo que considere a bien mirar...
Pero la extraña ha marchado, no está...Ha desaparecido.
¿Y ahora qué?
¿Qué hará esta joven llevada por el impulso gobernada que necesita explicaciones?
¿Qué?
Primero regresar a su piso escaleras arriba, tal hace y sube y cierra la puerta y de nuevo la seguridad encadenada.
Está algo nerviosa, pero también como liberada de algo, puede parecer extraño, pero así es. Liberada como de una presencia real que la sigue pero que ha desaparecido; volverá o no volverá, pero por ahora ha desaparecido. No hay preguntas no hay respuestas. Sí hay incertidumbre, dudas, enigma sí.
¿Y mañana? ¿Más de lo mismo?
La joven ha entrado en casa, toma asiento sofá, pues elige la comodidad.
Sedente coge el teléfono de bolsillo, aparece el icono de mamá en la pantalla rectagular.
Llamada saliente: Unos segundos y “¡Dime Sonia hija!”, una voz maternal, ¡qué reconfortante!
“Estoy asustada, no sé que ocurre, creo que algo ocurre mamá”, dice ella insegura.
La conversación continúa...
“Hija, ven mañana a comer a casa, y me lo cuentas más tranquila, ¿te parece bien?”.
Sonia, en la siguiente jornada, no se atreve a mirar por la ventana, no se atreve a subir la persiana, no quier.
No, no quier.
No quier abrir cajas, no quier, nada de eso quier. Como si hubiese algo prioritario a resolver.
Así que, en la penumbra de su domicilio, mas parece casi un sótano, cierra el grifo de la ducha, toma la toalla, se seca se peina a medias la cabellera se la desenreda con los dedos.
En su estómago hay un nudo invisible la psique lo sabe lo corpóreo vibra.
Ha de salir. Luego ha de ir a casa de su madre; así quedó ayer para hablar de eso tan extraño que ocurre, que una extraña protagoniza.
Pero hay que salir y tiene dudas, no sabe con qué o quien va a toparse ahí fuera dó las calles, casi nuestras, del día a día, jornada tras jornada; las vías públicas dó la gentes pasean y se miran.
Antes de ir a casa de madre va a un supermercado que hay en el trayecto, ahí dentro accede.
Cesta casera en mano para la compra, ya entra con la cesta que resulta ser pequeña pero suficiente.
¿Y qué sucede ahí dentro en el súper?, pues que empieza a mirar a su alrededor, examina si hay alguna mujer con larga cabellera blanca, empieza la obsesión que ya anida entre ceja y ceja.
Un mirar por aquí por allá, de soslayo, como si una agente infiltrada.
Ya llega, está ante la caja, ya paga.
Ya ha pagado, no hay cambio, ya sale.
Abandona con la cesta en mano, se aleja, de una de las miles y miles de sedes para el inevitable consumo.
Lleva la cesta de la compra en la otra mano. La dejará en casa de mamá.
Contacta con el teléfono en el interior del bolsillo, no lo suelta, sin sacarlo lo toca.
Se apresura, camina, mira atrás con buena discreción que valga, pues necesita mirar si hay alguien que... con una apariencia que... Necesita mirar pero que no esté esa mujer.
Sigue hacia casa de su madre, cada vez queda menos.
El trayecto ha ido bien. Nada extraño, nada que le parezca extraño.
Tiene su propia llave, ya en la cerradura la gira, y entra en el vestíbulo abajo a pie de calle y la sensación de seguridad aumenta llegan los recuerdos del pasado y la infancia la adolescencia y aquellos relatos arriba en su habitación.
Sube hasta el tercero, llama a la puerta aún teniendo su propia llave. Llama. Toc, toc,
Mamá quien abre.
Un beso y otro. Afecto entre ambas. Besos materno filiales.
“Creo que una extraña mujer se ha obsesionado conmigo...” Sonia acaba de hablar y mira a su madre, espera que esta diga algo.
Pero aquella queda en silencio.
Entonces ante ese acto la percepción de Sonia habla: “Mamá, ¿Tú sabes algo?”
Aquella mamá baja la mirada, y en segndos la sube para mirar a su atribulada hija , mirarla de un modo enigmático. Se levanta y se acerca a la ventana y mira abajo a la calle, y una señal con el brazo le hace a alguien abajo a la espera.
Desde esa posición junto a la ventana dice a Sonia: “Hija, ha llegado el momento para que descubras algo, para que seas enterada de algo”.
Sonia está atenta, algo nerviosa, quieta, sentada en la punta de la butaca, sus manos en el regazo se cruzan, se tocan se protegen, son manos que se aman, casi nunca discuten, son manos en contacto para hacer y deshacer...
Desde donde está sentada la joven se atisba el recibidor la entrada de la vivienda. En la casa de mamá reina el silencio casero, el silencio de los ocultamientos familiares, ni siquiera se oye una sirena azul o roja de vehículo alguno en servicio, ni siquiera la bocina claxon de un automóvil.
Tras la señal de aquella madre, alguien ha llegado al rellano, ese alguien sale del elevador, ese alguien entra en la vivienda, ya está en el recibidor... ese alguien es...una mujer con...
Y Sonia, una hija que empieza a intuir lo muy poco que sabe de sí misma. Con la boca abierta, ve, advierte, presencia, como una mujer de larga cabellera blanca acaba de acceder. La ve como una mujer recogida, prudente, quizá tímida...respetuosa discreta como una mujer casi monástica.
Y Sonia escucha a su mamá decirle a la recién llegada a esa extraña...todavía ignota, decirle:
“Gracias por venir”.
“Gracias por explicar a Sonia quien eres y para qué has venido”.
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Muy bueno me has atrapado hasta el final Felicitaciones