La Real Orden de Las Perdularias 8
Laura sobrevivió a la desilusión, como siempre lo hemos hecho, desde hace siglos, las mujeres. Creo que en nuestro código genético va escrito que siempre nos reponemos, quizá porque también está escrito que las desilusiones forman parte de nuestra vida. Me he preguntado muchas y repetidas veces si no tendremos nosotras la culpa por amar demasiado. Hace años leí un libro, o mejor dicho, empecé a leerlo, en donde se hablaba precisamente de eso, de las mujeres que aman demasiado. Lo dejé a medias porque me salió un sarpullido en el pecho, justo en el sitio en donde se supone que va el corazón, y me di cuenta de que era un aviso de que me estaba haciendo daño. Hace ya tiempo que me he reconciliado con mi cuerpo y sus muchos defectos, ahora vivimos en una especie de paz armada y en agradecimiento, él me suele avisar en el momento en que algo no me conviene. Demos gracias a Dios por las pequeñas cosas.
La pequeña Claudia seguía como un alma en pena e nuestras reuniones, sin apenas abrir la boca y mirándolo todo con ojos de gorrión asustado. Gracias a mis bizcochos había conseguido que ganase un par de kilos que le hacían mucha falta y sus piernas habían dejado de tener el patético aspecto de dos patitas hechas de alambre. Pero seguía teniendo unos huesos menudos como los de un niño de diez años y una risa huidiza que ella racionaba, como si el estar contenta fuese una especie de pecado horrible que había que evitar. Luisa Fernanda, con la mejor de sus intenciones, procuraba darle consejos en aras de evitar el enorme pecado de que pudiese sentirse atraída por otra mujer, e incluso, para susto de la implicada, intentó concertarle varias citas con amigos de sus hijos. Menos mal que Leo, siempre con el hacha de guerra preparada, tomó cartas en el asunto y amenazó a la entrometida con mandarla al hospital por varias semanas de un golpe de kárate si no dejaba a la chica en paz. Sara Patricia no se manifestaba; en realidad trataba de evitar a Claudia todo lo que podía, la consideraba una especie de fracaso profesional. Y así, sin saber cómo, me vi erigida en protectora y mentora de esta pobre alma que vagaba en busca de su propia identidad. No sabía yo muy bien cómo ayudarla, porque aunque mi identidad sexual estaba bien definida; me gustaban los hombres por más que al tiempo me fastidiasen mucho; en realidad poco más tenía claro en la vida. Pero ella parecía pensar que si fui capaz de cambiar su aspecto con dos trapos y unos zapatos, también podría ayudarla a encauzar su vida. Eso era ser optimista, por decirlo de un modo suave, ya que mi propia existencia se balanceaba en la cuerda floja y había algunas mañanas en que tenía que buscar un pretexto para salir de la cama y enfrentar el mundo y sus embrollos. Mi trabajo había dejado de gustarme; simplemente era una manera de ganarme la vida. Mis hijos campaban por sus respetos y sólo se acordaban de que tenían una madre cuando necesitaban comida, no tenían tiempo de lavar la ropa o andaban cortos de dinero. Y en cuanto a mi vida sentimental simplemente había encontrado a una persona de la que me había enamorado, pero tampoco estaba segura de salir indemne de esa relación. Más bien pensaba que de alguna manera acabaría con el corazón hecho pedazos y sin cola para recomponerlo.
4 comentarios
Querida Beth, yo también me enfrasqué en ese libro que mencionas, a trompicones y deshoras, porque también sentía ese sarpullido ... Pero lo acabé. Aunque bien argumentado y escrito, la autora se empeña, sin embargo, a achacar repetidamente esa excesiva disposición amatoria de las mujeres a las que estudia (excesiva por los impresentables a los que ese amor va dirigido, no por el sentimiento en sí) a un trauma de niñez originado por el hecho de tener un problema de alcoholismo en casa, una casuística que me parecía demasiado restrictiva.
Por lo demás, debo felicitarte por tu gran talento y sensibilidad, lo que me lleva a felicitarme a mí misma por tener la suerte de poder compartir tan hermosas letras como rendida lectora tuya.
Un beso muy admirado.
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Tal vez y sólo tal vez, lo que sintió Laura no era demasiado amor, sino demasiada soledad. Ese sentimiento es capaz de hacer que nos metamos en muchos líos.
Por otra parte madre superiora, si las cosas salen bien con Claudia; "tal vez" le pediría que considerase hacer una labor social con una humilde oveja descarriada.
Saludos amiga! me encanta esta historia...