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Crimen

Relato del Salvador:

Ahogo la cacofonía de la estupida sociedad en un lado imparcial de mi autodidacto cerebro, escondo mis más oscuros sentimientos de venganza tras la sonrisa enmarcada y perfeccionada frente al espejo roto de mi casa. Jugueteo a ser humano, y me hago acopio de la risa, la tristeza, la nostalgia, y los demás sentimientos pasajeros que puedo verles desde mi posición.
Una posición muy por encima de ellos, muy por encima de lo que nunca nadie ha podido estar.
Es un manifiesto al altruismo. Al descaro de la civilización por apartar la mirada, a esos reproches conscientes que se quedan en la mente impidiéndote dormir.
Respondo al eco de los susurros en mi cabeza, con la arrogancia de Billy Elliot entrando en un bar de Mafiosos sin chaleco antibalas.
Soy el Mesías de esta nueva generación, el que salvará los corazones oscuros.
Seré quien porte la espada de Damocles, acabando con las serpientes con forma humana.
Arrastro el vaso de la verdad al pozo del inframundo, y desgarro mi garganta con el néctar de la locura, bebo. Bebo hasta que el silencio me presiona el pecho, bebo hasta el punto de no reconocerme.
Y es cuando se apodera de mí. El susurro latente que me hace ser diferente a ustedes, el susurro que me hizo actuar y dejar de ser oveja. Para convertirme en pastor.
Para convertirme en el salvador de los corazones impuros, negros. Como el color de mi vida.
Hay tanta bebida en mi cuerpo que ni siquiera diferencio los dedos de mis manos, pero tengo tan claro mi camino, que no dudo cuando rompo a chillar.
Cuando el gorgojeo de mi rabia inunda aquella sala crepuscular, bañada por una tenue luz en una de las esquinas.
El vaso cae, y aunque yo no sea dueño total de mi grito, soy dueño total de la persona que tengo enfrente.
Amedrentada por las drogas y el miedo en su cuerpo, su vida depende de mí. Su salvación esta en mis manos, y no dudo.
Descalzo, ando hasta la silla, donde sus ojos bailan en un compás del sacacorchos a mi cara. De mi sonrisa a su inocencia.
Pues en alguna parte de su mente, cree. Cree que aún hay esperanza para él. Cree que no acabaré arrancándole los ojos para salvarle del abismo.
Con cada grito, mi esencia emerge. Con la sangre, mi cuerpo vibra. Y con sus ojos en mis manos puedo ver la maldad del hombre que esconde dentro del alma.
Dejad en paz al diablo.

Carta de crímenes sin resolver.

Memorias De Un Joven Escitor.
Equivocados28 de octubre de 2015

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