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El Olor de un Recuerdo

¿A qué huelen los recuerdos? Estudios neurocientíficos revelan que "los primeros olores ocupan un lugar privilegiado en el cerebro, lo que, al parecer, explica por qué la memoria olfativa puede llegar a ser tan auténtica. Desvelan que hay una memoria especial la primera vez que olemos algo, que es creada en nuestro cerebro por las regiones del hipocampo y la amígdala".

Pero&, y si resulta que esos olores atávicos, que forman parte de nuestro yo más profundo, nos acercan al animal salvaje que fuimos, a esa magnitud olfativa de la que la evolución nos ha privado. Y si ese olor ancestral, en ocasiones inexplicable, que nos envuelve hasta agotarnos, está sometido a nuestras quimeras, a nuestros anhelos más ocultos, al mundo de los sueños.

En la casa de mi niñez, supongo que como en muchas otras, durante las décadas de los 60 y 70, existía un salón comedor que nunca se usaba, salvo para recibir a las escasas visitas que de tarde en tarde se producían. De hecho, la entrada en dicha habitación estaba prohibida, y si tenías los arrestos necesarios para entrar allí, te las verías, no solamente con mi madre, sino también con "La Negra".

"La Negra", conocida así por toda la familia, era una inquietante figura decorativa de gran tamaño de una mujer africana, cargada con una especie de olla o jarrón apoyado en la cadera que, a la entrada del salón, sobre la gran vitrina, ejercía su especial labor de can-Cerbero; y que nadie osaba tocar porque podía hacerse real y llevarte con ella a Dios sabe dónde.

Cuando, años después, nos cercioramos de su inofensiva presencia y de nuestra infantil ingenuidad, "La Negra" pasó a un segundo plano en lo que a temores y miedos se refiere. Sin embargo, la oscuridad del salón seguía manteniéndonos a raya de todo lo que aquella cueva de Alí Babá escondía. Tesoros que mi madre ocultaba de las torpes manos de cinco zangolotinos como nosotros, en previsión de roturas y demás desastres hogareños.

Pero cinco fieras son demasiadas para tan poco parque zoológico, y un piso de ochenta metros cuadrados con un espacio vedado era toda una aventura en días de vacaciones o largos fines de semana. Así es que allí estábamos, acechantes al menor descuido, vigilantes cual alimañas ante cualquier posibilidad de entrada en aquel jardín prohibido. Recuerdo, por entonces, trabajo de grupo, estratagemas y tretas, como manada de lobos; intentos de desviación de la vigilancia materna; unos la llamaban por el lado contrario, mientras otros, más osados, aprovechando ese instante de distracción, penetrábamos en aquel recinto elevado a la categoría de lo mágico, de lo legendario.

Así, no recuerdo cuánto tiempo e intentos después, descubrimos un cajón en la vitrina, cuyo espejo dominaba el interior de aquel salón como luna llena. Aquel misterioso cajón no se abría con facilidad, se atascaba, era demasiado grande, y aunque tenía dos tiradores dorados, no eran suficientes para abrirlo sin esfuerzo. Además, con el forcejeo se producían ruidos que podían delatar nuestra pecaminosa acción en un momento. Lo que hubiera en su interior, además de un tesoro por descubrir, debía de pesar lo suyo, ya que nuestras escasas fuerzas de niños nos impedían abrirlo con el sigilo que hubiéramos deseado.

La primera vez que lo logramos, apareció, como por encanto, una pequeña rendija a través la que, debido a la oscuridad, era prácticamente imposible ver nada. Metimos las narices intentando descubrir qué se ocultaba allí, pero el miedo nos pudo y, ante un olor penetrante, inesperado y novedoso, empujamos y cerramos rápidamente el cajón; como si el genio de aquella "lámpara maravillosa" pudiese escapar y atacarnos con toda su fuerza.

Sin embargo, aquel olor fuerte, agradable, terroso, unido al deseo, ya inevitable, de descubrir el tesoro que allí se escondía; nos decidió a poner en práctica nuevas tentativas. Por fin, en cierta ocasión, el más audaz de los cinco introdujo su mano y, palpando con suavidad en el interior de aquel cajón, susurró al resto de la banda: - ¡Son libros, revistas! ¡Hay muchas hojas!

El manoseo del rancio papel liberó un aroma que, por momentos, se vistió de humedad con ligeros toques de hierba, de vainilla; que mezclado con tinta y pegamento comenzó a embriagarnos hasta casi el aturdimiento.

Con el paso de los años nos enteramos de que aquella fragancia procedía del tesoro que mi padre, fervoroso seguidor desde niño de las historietas de aventuras, había coleccionado a lo largo de toda su vida. Y allí estaban, esperando a ser desempolvadas y aspiradas de nuevo, las páginas, los dibujos, las hazañas y proezas de El Guerrero del Antifaz, El Capitán Trueno, El Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, El Pequeño Luchador&, y tantos y tantos héroes de tebeo que, con su olor a viejo y su formato apaisado y en blanco y negro, nos sedujeron desde entonces y nos convirtieron en nuevos e incondicionales lectores, fanáticos ya para siempre de un perfume que luego fuimos encontrando también en bibliotecas y librerías que conformaron las lecturas de nuestro pasado y los sueños de nuestro presente.

A mis padres, que "sin querer queriendo",
despertaron así mi pasión por la lectura.

A mis hermanos, cómplices necesarios
en todo lo que de verdad y de mentira
haya en semejantes andanzas.
Jucapega196308 de julio de 2017

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