El Regalo
Os propongo un juego.
Imaginad
que un dios caprichoso
os libera de la responsabilidad
de vuestras vidas.
Seréis dichosos,
correrá el néctar,
la cotidianeidad será agua pasada.
No más guerras,
ni discriminación.
Serán aviones de papel
los programas electorales.
Todo lo que no lograron
siglos de democracia
al alcance de la mano.
Jubilaríamos al activista con pensión completa,
bailaríamos sobre la tumba del rencor
por mortaja retales de banderas.
¿Sois capaces?
¿Cobraréis los dividendos de un pacto escrito en sangre?
Porque es con sangre como la letra entra,
y la hay, que todo regalo es contrato.
Perderéis, si aceptáis, la capacidad de soñar.
Bueno, tampoco es tan caro,
pues, ¿cuánto hay de nuestra magia
en el día a día?
¿Quién quiere soñar en un mundo feliz?
Tal vez los poetas.
Y si somos los únicos
entre una humanidad que ya no puede
¿cuánto pasará antes de que el odio
sea el fénix de nuestro tiempo?
Pensadlo, una última vez, si sois capaces.
Si podéis hacer de tripas corazón,
y limitaros a construir
en lugar de crear.
Quizá ya hayáis dicho que sí.
Pero tal vez digáis que no.
Y volveréis a vuestro tamaño habitual
sabiendo
que vuestra acondroplasia moral
será la consecuencia
de haber dicho NO
al regalo de un dios.
Y cada vez que veáis un vientre hinchado
sabed que el hambre será vuestra hija
que se cobija en las esperanzas
de los que no tienen.
Pero también podréis llamar victoria
a cada gota de sudor
y empadronaros en el azul del cielo
porque vuestro llanto hará eco
en el diapasón de la Historia.
Si me preguntasen a mí…
Me vestiré de pobreza y me ungiré en miseria
regadme de tsunamis
para hacerme insignificante…
para creerme Everest
sobre todas ellas.
Para decirle al Sísifo de turno
que le doy ventaja hasta la meta.
Mientras soñaré con el futuro
(que soñar se me da bien
y aún no cuesta nada)
al vaivén
de mi conciencia de tahúr.
Habrá días que no pueda dar la cara.
Y otros compartiremos misma cruz.
Imaginad
que un dios caprichoso
os libera de la responsabilidad
de vuestras vidas.
Seréis dichosos,
correrá el néctar,
la cotidianeidad será agua pasada.
No más guerras,
ni discriminación.
Serán aviones de papel
los programas electorales.
Todo lo que no lograron
siglos de democracia
al alcance de la mano.
Jubilaríamos al activista con pensión completa,
bailaríamos sobre la tumba del rencor
por mortaja retales de banderas.
¿Sois capaces?
¿Cobraréis los dividendos de un pacto escrito en sangre?
Porque es con sangre como la letra entra,
y la hay, que todo regalo es contrato.
Perderéis, si aceptáis, la capacidad de soñar.
Bueno, tampoco es tan caro,
pues, ¿cuánto hay de nuestra magia
en el día a día?
¿Quién quiere soñar en un mundo feliz?
Tal vez los poetas.
Y si somos los únicos
entre una humanidad que ya no puede
¿cuánto pasará antes de que el odio
sea el fénix de nuestro tiempo?
Pensadlo, una última vez, si sois capaces.
Si podéis hacer de tripas corazón,
y limitaros a construir
en lugar de crear.
Quizá ya hayáis dicho que sí.
Pero tal vez digáis que no.
Y volveréis a vuestro tamaño habitual
sabiendo
que vuestra acondroplasia moral
será la consecuencia
de haber dicho NO
al regalo de un dios.
Y cada vez que veáis un vientre hinchado
sabed que el hambre será vuestra hija
que se cobija en las esperanzas
de los que no tienen.
Pero también podréis llamar victoria
a cada gota de sudor
y empadronaros en el azul del cielo
porque vuestro llanto hará eco
en el diapasón de la Historia.
Si me preguntasen a mí…
Me vestiré de pobreza y me ungiré en miseria
regadme de tsunamis
para hacerme insignificante…
para creerme Everest
sobre todas ellas.
Para decirle al Sísifo de turno
que le doy ventaja hasta la meta.
Mientras soñaré con el futuro
(que soñar se me da bien
y aún no cuesta nada)
al vaivén
de mi conciencia de tahúr.
Habrá días que no pueda dar la cara.
Y otros compartiremos misma cruz.
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