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Micro-historias de Olotilandia Tres

XI

De una caja de enrojecidos jirones dorados, abrochados en cuero tallado con dibujos de hojarascas de fron¬dosos bosques, salieron los blancos copos de nieve con que el invierno cubrió las montañas, entre rayos de sol sólido que perforaban el lienzo loco de las flores.


XII

El duendecillo que ya estaba más que harto de tanta seriedad, se encaramó sobre un sillón y gritó hacia la ventana abierta que le devolvió el eco de una misteriosa pared: !No sé que!,y de la ventana cayó un valle florecido de infinita primavera, que era un regalo de la tierra. Se le apretujó entonces una conjetura entre sus ennegrecidas cejas, que eran dos rayas de lápiz de carbón; y es que se levantaron las ganas de jugar y se estaba convirtiendo en una abeja, que más tarde patrullaría los prados rastreando flores, lleno de in saciedad.


XIII

Jugar, jugaban regateando risas que de vez en cuan-do caían en los charcos donde se formaban concéntricos anillos de arco iris con un florido volcán flotando en el centro.







XIV

Dos duendecillos muy contentos porque cada uno ha¬bía encontrado un nombre, corrían por el bosque que aquel día estaba lleno de claros y se había despertado contento porque el sol sonreía contagiando a las plantas su brillante felicidad.


XV

Al pobre Fullola que estaba bajo las ramas de un peludo árbol desconocido mezclado entre no se sabe que sueños, le cayó en la cabeza la capsula vacía de una dosis de mescalina, y después del golpe la miro entristecido, como diciendo: !que lastima que no es¬tuviese llena!.


XVI

Habían estado Fullola y Pericot pescando recuerdos de antiguos encantos en un lago espiritual. Volvieron a visitar las setas de sus colegas, que de fiesta en fiesta prolongaban sus vacaciones en el valle de las sonrisas, que no tardó en saturar al bosque que se con¬virtió en una gran carcajada de plantas, agua y animales.


XVII

Hasta luego; pensó la luciérnaga que estaba encendida entre la hierba cuando vio pasear a los dos duendes que también sonreían porque se acababan de bañar en un charco de risa.



XVIII

Cuando los duendes se metían entre las hierbas, volvían verdes como ellas y créanme que no se los podía distinguir, este es el motivo por el que de vez en cuando aviso a la ensalada antes de cogerla con el tenedor.


XIX

Aquella noche Fullola soltó la voz y conversó con la luna:

¡Oh luna!,-dijo como si fuese lo único que podía decir-¡Que llena que estas con tan pocas cosas sin pensar!, pero yo no te creas que tampoco se que decirte.
Estas rabiosa de brillo de amor rodeada de abismos yo rabioso de ardor de truenos, callado por no escupir llamas, por no convertirme en una venenosa palabra, admiro con entusiasmo.

La sombra de tu amor acecha mi corazón.-decía
otro duende, que entre las sombras, hacía poemas oscuros


XX

Mantuvo al duende en la palma acolchada de su mano durante todo el mes de abril, viendo como brillaba por la noche cuando las velas aun estaban apagadas y un penetrante olor a soledad empezaba a salir de las adormecidas piedras del castillo. Y aquí lo que se dice en el relato: que lo vio reír hasta que se apagó, hasta que el duende llamado por sus necesidades se diluyó en la falta de motivo por la que había aparecido, no dejando más sobre aquella mano que la sombra chamuscada de su silueta.

CONTINUARÁ

MARCELINO MIRET
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Marcel01 de noviembre de 2015

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