El Cristo de la Iglesia.
El atrio de la iglesia se abre inmenso y muestra la imagen de un Cristo mártir, crucificado en el Pulpito, bajo su espalda lleva el peso de mundo entero. A un lado, desde los altares la virgen nos observa, los santos cuchichean en silencio y el aire, que a esta hora no es ni cálido ni gélido, se lleva en un estupor las palabras. La luz entra a escarchados hilos a lo largo de los vitrales y lloran flagelantes las estaciones del calvario. Tu rodilla se inca ante aquel Dios, que en su magnífica Gloria conoce la miseria del género Humano.
Todas las mañanas la escena parece la misma: Las cuentas del rosario caen y ruedan hasta los pies de la virgen. Doña María reza antes de que la ciudad levante, pidiendo por su esposo y su eterno descanso; el Padre Felipe va de un lado para otro dejado atrás el eco de su suela, su paso lánguido lleva la senda de los años y el peso de cada pecador. En el ahincó trajín de la iglesia, tu voz y mi voz rezan en silencio el uno por el otro: Un padre nuestro, mi ave María y tu oración en rezo a segunda voz.
Al final de la mañana el Cristo sigue ahí, observándonos, silencioso, flagelante, a veces olvidado, a veces desplazado a veces olvidado pero siempre ahí. Una aurora boreal trae consigo olor a incienso y copal; un ave canta sonetos al creador y tu caminar resuena en los pasillos la iglesia, te persignas y santiguas frente al altar dando marcha a tu velos Huida, tu paso vuela y sales del templo sin mirar atrás, sin decir nada, dejando consigo una pena mayor: mi corazón lacerado y la lágrima de un nuevo adiós.
Todas las mañanas la escena parece la misma: Las cuentas del rosario caen y ruedan hasta los pies de la virgen. Doña María reza antes de que la ciudad levante, pidiendo por su esposo y su eterno descanso; el Padre Felipe va de un lado para otro dejado atrás el eco de su suela, su paso lánguido lleva la senda de los años y el peso de cada pecador. En el ahincó trajín de la iglesia, tu voz y mi voz rezan en silencio el uno por el otro: Un padre nuestro, mi ave María y tu oración en rezo a segunda voz.
Al final de la mañana el Cristo sigue ahí, observándonos, silencioso, flagelante, a veces olvidado, a veces desplazado a veces olvidado pero siempre ahí. Una aurora boreal trae consigo olor a incienso y copal; un ave canta sonetos al creador y tu caminar resuena en los pasillos la iglesia, te persignas y santiguas frente al altar dando marcha a tu velos Huida, tu paso vuela y sales del templo sin mirar atrás, sin decir nada, dejando consigo una pena mayor: mi corazón lacerado y la lágrima de un nuevo adiós.
0 comentarios
Ingresá para dejar un comentario.
Todavía no hay comentarios. Sé el primero en dejar uno.