TT
Pares 17 de octubre de 2015
por santiagotomas1997
-por Santiago T. Bellomo-

“Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.” -Julio Cortázar.



Comienza su mañana con un haz que nos atraviesa ni bien el imponente velador a nuestro lado emite esa luz amarillenta tras ser prendido, como todos los días. El gigante abre sus ojos y sentándose en el borde de la cama se estira a la vez que bosteza con latente somnolencia. La rutina es mala, el gigante es joven. Pareció dormir nada apacible; movía sus brazos y todo su cuerpo revolcándose, probablemente por haber tenido un día pesado que lo conducía directo al sueño de una forma vagamente inconsciente. Siempre luego de apoyarnos con desdén sobre su novela favorita, apaga la luz. Repite la rutina. Tal vez sueña como los personajes que juntos exploramos en sus volúmenes. Para ‘soñar’ no nos necesita, evidentemente, y es por eso que no tenemos certeza de saber si en realidad lo hace… o puede. De una forma u otra, nos gusta pensar que somos los que le damos la reciedumbre necesaria para hacer todo lo que hace en el diurno. Nos requiere, lo sabemos. Siempre acompañándolo, sintiéndonos valiosos, una indispensable parte de él. Por la noche normalmente no nos usa, salvo que no duerma: situación escasa sino en verano… veranos que pasamos arduamente, ayudándolo por las noches a optimizar su visión de la realidad. Usualmente prefiere leer o conversar con su celular hasta entrada la noche y luego a lo simple, dormir. Monotonía… En fin, se levanta. Al cabo de dar unos pasos con una tambaleante lentitud, dejando en evidencia que todavía no se ha soltado de las manos de Morfeo, recorre el piso roblizo enfilando hacia el hueco rectangular en la pared. Siempre que desaparece por la puerta se ve una tenue prenderse y resplandecer en el pasillo. Al menos siempre que se desvela al alba. Incidentemente, en verano no se prende: ese velador flotante que hay en el cielo hace todo el trabajo. Luego vuelve, al cabo de unos minutos, mojado y en bata.


Qué gigante peculiar. Tampoco nos necesita para ducharse. Nunca. Simplemente nos aparta si es que va a mojarse el pelo y demás. Sólo lo hemos visto mojarse las manos. ¿Le daremos vergüenza? Se quita la bata azul, casi celeste del uso, colocándola sobre la silla. Debe de querer protegernos, llanamente. El agua no nos ayuda y él lo sabe. Cada vez que nos mojamos nos toma con firmeza y su pañuelo gris procede a secarnos con brío, en una suerte de masaje. Toma la ropa, se viste con impaciencia, despabilado. Llega el momento en el cual nos toma y, extendiéndonos, nos acomoda sobre su nariz para luego ir ante el espejo y arreglarse, sin meticulosidad alguna, el pelo. Llega caminando, esta vez a paso firme, hasta donde lo espera una humeante taza contenedora de lo que probablemente sea café. Nefasto café. Él parece disfrutarlo, cierra sus ojos, pero nosotros no tenemos párpados y quedamos temporalmente ciegos ante la nube de vapor plateado que emana, repetimos, el nefasto. Vapor que se nos adhiere para luego disiparse, delineando un entramado de curvas y rayas que al cabo de unos segundos nunca existió. Por fin termina. Llave en la cerradura y sale a la intemperie limitada, que leímos alguna vez los gigantes llaman ‘ciudad’. Existe algo que sus ojos desprecian y nosotros no: el humo. Hollín que expulsa casi todo en este asqueroso panal de concreto. Horrible visión del universo tienen éstos que construyen ciudades: grises y pesimistas, eligen vivir entre muchedumbres de adocenados en una urbe de monotonía, vaho y constante estrés. La mayoría. Admitimos haber visto también que los hay felices. Y cuán.


Sujeta su paraguas y al instante sale del ladrillo con ventanas en el cual vivimos, al tiempo que sentados sobre su nariz enfocamos la calle, cuando agua infinitamente fraccionada comienza a chocar contra nosotros con una premura irónica, casi mofándose de nuestra molestia. Y él nos empuja hacia arriba con un dedo, porque casi resbalamos. Lluvia, otra cosa que el gigante ama y nosotros odiamos. ¿Por qué nos saca si lo sabe? ¡¿Por qué lluvia sí y ducha no?! A él le mejora el humor. Es obvio, porque suele caminar más lento, para disfrutarla. La nieve. Esa no es tan adversaria. No la vemos desde que se derritió ya hace unos meses atrás en un invierno europeo, durante un verano Argentino. Entonces abre su paraguas en un despliegue desprolijo, pues no está en condiciones, espera en la esquina observando los autos pasar, el humo reptar. Hastiados de la imagen, filosofamos: él no es un gigante que viva sólo en el mundo y no es tampoco el único que nos requiere. Varios de nosotros le somos necesarios a varios de los de él, como al padre de nuestro gigante, a sus abuelos, a varios de sus conocidos, a alguno que otro de los transeúntes y… a la gigante. Y otros varios. Los hemos de todos los tamaños y formas, tal cual ellos, solemos vernos y encontrarnos innumerables veces. Los que de más cerca hemos visto, le son necesarios a ella. Se diferencia de él de una manera que nos es incomparable en nuestra especie. Pelo corto rubio, tal vez, sea la diferencia más notable. Aunque las hay de pelo largo… En fin. un mínimo apurar en sus pasos y… touché. Eso lo delata.


Nos interrumpe el pensamiento el taxi que lo transportará, resguardándonos a todos de la incipiente, ahora, garúa. Arribamos al museo. Allí está ella, esperándolo apoyada con tranquilidad sobre el marco colorado del hueco rectangular que da paso a la imaginación y creatividad que hay dentro de todo museo. Tiene la mirada perdida, pero está esbozando una sonrisa visible desde el cordón. Él nos acomoda nuevamente, pues esta vez es él y no la lluvia la cual nos hace resbalar. Comienza a caminar hacia ella, bajo el agua. Con el paraguas cerrado. ¿Para qué lo tendrá si no lo usa ahora? ¿Qué intenta demostrar; impermeabilidad? Aun así, la gigante no tan gigante, es realmente atractiva. Lo notamos por la manera cómo la mira: estúpidamente. Probablemente sea atractiva de formas que no podemos asimilar o comprender. En los libros de nuestro gigante se habla de escuchar, pero nosotros somos incapaces de hacerlo. Somos sordos. Siguiente diapositiva y llega ante ella, la saluda. Parece que comienzan a conversar mientras el paraguas nos cubre a todos.


La joven parece inteligente. Tiene una mirada filosa, podría decirse, aunque asistida por un par que necesita, pero en ella, diferentes. Es cómico como hay veces que cuando ella habla, las pupilas de él se angostan, evidenciando extrema atención. Ha llegado incluso a cerrar los ojos cuando la abraza. Casi nunca los cierra, salvo cuando duerme o toma el nefasto. Si cierra los ojos cada vez que toma café y es porque lo disfruta, entonces abrazarla…


Entran al imponente museo, comenzando a contemplar las más intrincadas obras que presenciamos nunca. Ambos se notan en deleite. Terminan de observar la primera de todas, la cual denota dos figuras tomadas de la mano. En ese momento ambos vuelven sus cabezas y se sorprenden no sólo sonriéndose, sino también imitándolas. Parece ser un quiebre en la monotonía del gigante. Es el fin de sus rutinas.


Qué gigantes peculiares. No sabemos cómo, pero de alguna forma presentimos que algún día, nos dejarán a ambos nosotros los tan necesarios sobre un mismo libro y, así sin más, no nos necesitarán hasta la mañana siguiente…

…dado que para leerse el alma, no nos precisan.

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