Accidente
La doctora Belinda llevaba varios años dedicados al ejercicio de la Veterinaria, para ella su profesión era una vacación con vocación, más bien un acto vacacional, así que rara vez registraba agotamiento o similar patrón.
Aquella tarde de verano julio finales, operaba a un perro con un cáncer en el aparato digestivo, la ayudaba Carmen, su sobrina, diligente, de buen hacer, también licenciada.
La intervención fue bien, se trataba de un animal joven, ágil, de carácter alegre. El cuadrúpedo, bajo el nombre de Lluvias, era de tamaño mediano, pelo corto suave al tacto, tranquilo y amigo de los gatos. Los gatos, con Lluvias cerca, no peligraban.
Algunos gatos lo captaban, otros no.
Tras el acto quirúrgico ambas mujeres disponían de un receso, no había visitas. Faltaba más de media hora para el cerrar del centro asistencial, la propietaria del animal ya había sido atendida e informada:
“ Lluvias debe quedar aquí toda la noche en observación, pero tiene buena recuperación”.
“Doctoras, vuelvo mañana a estas horas, ¿Les parece bien?”
“Sí, perfecto”.
Faltan unos quince minutos para cerrar, tiempo que podía alargarse en caso de que entrase alguien con alguna pregunta, pues a las doctoras les encantaba hablar de cuidados, de salud.
Las dos mujeres se adentran en los entresijos académicos allá en el despacho, comentan los detalles, la intervención de Lluvias.
En la recepción está Blanca, que se encarga de atender al teléfono, atender servicios básicos como vender comida enlatada, accesorios para gatos, para perros. Correas, colchonetas, ese tipo de material gato perruno; complementos, pienso.
¡De pronto!, se oye un fuerte frenazo, neumáticos en fricción con el asfalto, se oye una fuerte colisión entre automóviles en el cruce cercano…carrocerías en colisión.
Se escuchan, de las gentes viandantes, expresiones de alarma, parece que ha sido grave…pinta mal...algo va mal.
A los pocos segundos entra a la clínica veterinaria una joven, se la ve alterada, solloza, está muy nerviosa…se expresa bajo una aflicción acorde con la colisión lo sucedido.
Como puede pide auxilio, sus labios su voz, se atropellan.
Las dos doctoras han percibido desde el despacho que algo ha sucedido ahí fuera algo va mal. Salen a la recepción de la clínica al escaparate la tienda para ver el núcleo del siniestro, sus miradas son de seriedad de gravedad, con sus indumentos verdosos van a salir ahí fuera al lugar del hecho, en sus miradas ya hay mucho rigor profesional, voluntad de servicio, de intento de acción, de ayuda auxilio ofrecer.
“¡Doctora, mi tía…, mi tía….!” La joven no puede acabar de hablar.
La doctora Belinda ha escuchado una voz mensaje que no fluye.
Nervios, ansiedad, preocupación.
A continuación sale presta a la calle, sin vacilación, sin duda, se la ve decidida.
Se arrodilla ante la realidad, ante el sufrimiento, ante la crisis, ante la pérdida de sangre oxígeno.
Realiza una urgente, rápida, diagnosis; a Blanca que estaba también allí le dice algo, ésta, sin perder tiempo va a comunicárselo a Carmen, que avisada sale con un macuto…Algo va mal.
Ambas mujeres han conseguido detener el abundante sangrado externo por el que escapa la sangre substancia vital. También han actuado provisionalmente sobre un trozo de piel en el cráneo, trozo colgante desprendido…
Carmen ya dispone el desfibrilador, preparan el instrumento cardio vital…
Ellas se entienden, se sobrentienden con pocas palabras las justas, buena conexión, no más.
La accidentada está en peligro, sí, pero en buenas manos…las constantes vitales se mantienen ahí están, pero está en extremo frágil, en peligro.
No acaba de recuperar la conciencia...,no, pero está en buenas manos.
Un vehículo de la policía local establece el protocolo de seguridad. Se oyen pitidos de control, de ordenación del tráfico.
Llega otro coche oficial, una agente se acerca a las auxiliadoras con las rodillas en tierra: “Ya viene la ambulancia”.
A lo lejos señales acústicas ambulantes...
Acaba de llegar la ambulancia, freno de mano más parada; el motor cesa, una doctora de mediana edad, baja de estatura, de movimientos casi atléticos asume el mando junto al conductor, entre ambas doctoras se produce un breve básico intercambio necesario de términos médicos acordes a la situación.
La recién llegada, en acto de habla pero sin dejar de asistir a la accidentada: “Muchas gracias, lo principal y urgente ya lo habéis hecho vosotras”.
La tensión de la urgencia de lo ocurrido se mantenía, de manera que la accidentada, ya en una camilla la suben a la ambulancia…
Entre automóviles, con las señales acústicas de emergencia, marchan al hospital más cercano.
Al servicio de urgencias van…la ambulancia con prudencia, rauda; accede, entra, es urgente.
Junto a la accidentada su sobrina, en silencio impacto, cogiéndole las manos.
La doctora, atenta, pendiente del estado de salud de la víctima, sin desatenderla, la acompaña que no se separa.
Minutos después...
Desde una taberna barril, un hombre con ojeras: “Si no llega a ser por las veterinarias de allí enfrente me temo que...”
Dos días después, a media mañana, una pareja de la policía local accede a la clínica veterinaria, para informar a la familia de doctoras.
Aquella tarde de verano julio finales, operaba a un perro con un cáncer en el aparato digestivo, la ayudaba Carmen, su sobrina, diligente, de buen hacer, también licenciada.
La intervención fue bien, se trataba de un animal joven, ágil, de carácter alegre. El cuadrúpedo, bajo el nombre de Lluvias, era de tamaño mediano, pelo corto suave al tacto, tranquilo y amigo de los gatos. Los gatos, con Lluvias cerca, no peligraban.
Algunos gatos lo captaban, otros no.
Tras el acto quirúrgico ambas mujeres disponían de un receso, no había visitas. Faltaba más de media hora para el cerrar del centro asistencial, la propietaria del animal ya había sido atendida e informada:
“ Lluvias debe quedar aquí toda la noche en observación, pero tiene buena recuperación”.
“Doctoras, vuelvo mañana a estas horas, ¿Les parece bien?”
“Sí, perfecto”.
Faltan unos quince minutos para cerrar, tiempo que podía alargarse en caso de que entrase alguien con alguna pregunta, pues a las doctoras les encantaba hablar de cuidados, de salud.
Las dos mujeres se adentran en los entresijos académicos allá en el despacho, comentan los detalles, la intervención de Lluvias.
En la recepción está Blanca, que se encarga de atender al teléfono, atender servicios básicos como vender comida enlatada, accesorios para gatos, para perros. Correas, colchonetas, ese tipo de material gato perruno; complementos, pienso.
¡De pronto!, se oye un fuerte frenazo, neumáticos en fricción con el asfalto, se oye una fuerte colisión entre automóviles en el cruce cercano…carrocerías en colisión.
Se escuchan, de las gentes viandantes, expresiones de alarma, parece que ha sido grave…pinta mal...algo va mal.
A los pocos segundos entra a la clínica veterinaria una joven, se la ve alterada, solloza, está muy nerviosa…se expresa bajo una aflicción acorde con la colisión lo sucedido.
Como puede pide auxilio, sus labios su voz, se atropellan.
Las dos doctoras han percibido desde el despacho que algo ha sucedido ahí fuera algo va mal. Salen a la recepción de la clínica al escaparate la tienda para ver el núcleo del siniestro, sus miradas son de seriedad de gravedad, con sus indumentos verdosos van a salir ahí fuera al lugar del hecho, en sus miradas ya hay mucho rigor profesional, voluntad de servicio, de intento de acción, de ayuda auxilio ofrecer.
“¡Doctora, mi tía…, mi tía….!” La joven no puede acabar de hablar.
La doctora Belinda ha escuchado una voz mensaje que no fluye.
Nervios, ansiedad, preocupación.
A continuación sale presta a la calle, sin vacilación, sin duda, se la ve decidida.
Se arrodilla ante la realidad, ante el sufrimiento, ante la crisis, ante la pérdida de sangre oxígeno.
Realiza una urgente, rápida, diagnosis; a Blanca que estaba también allí le dice algo, ésta, sin perder tiempo va a comunicárselo a Carmen, que avisada sale con un macuto…Algo va mal.
Ambas mujeres han conseguido detener el abundante sangrado externo por el que escapa la sangre substancia vital. También han actuado provisionalmente sobre un trozo de piel en el cráneo, trozo colgante desprendido…
Carmen ya dispone el desfibrilador, preparan el instrumento cardio vital…
Ellas se entienden, se sobrentienden con pocas palabras las justas, buena conexión, no más.
La accidentada está en peligro, sí, pero en buenas manos…las constantes vitales se mantienen ahí están, pero está en extremo frágil, en peligro.
No acaba de recuperar la conciencia...,no, pero está en buenas manos.
Un vehículo de la policía local establece el protocolo de seguridad. Se oyen pitidos de control, de ordenación del tráfico.
Llega otro coche oficial, una agente se acerca a las auxiliadoras con las rodillas en tierra: “Ya viene la ambulancia”.
A lo lejos señales acústicas ambulantes...
Acaba de llegar la ambulancia, freno de mano más parada; el motor cesa, una doctora de mediana edad, baja de estatura, de movimientos casi atléticos asume el mando junto al conductor, entre ambas doctoras se produce un breve básico intercambio necesario de términos médicos acordes a la situación.
La recién llegada, en acto de habla pero sin dejar de asistir a la accidentada: “Muchas gracias, lo principal y urgente ya lo habéis hecho vosotras”.
La tensión de la urgencia de lo ocurrido se mantenía, de manera que la accidentada, ya en una camilla la suben a la ambulancia…
Entre automóviles, con las señales acústicas de emergencia, marchan al hospital más cercano.
Al servicio de urgencias van…la ambulancia con prudencia, rauda; accede, entra, es urgente.
Junto a la accidentada su sobrina, en silencio impacto, cogiéndole las manos.
La doctora, atenta, pendiente del estado de salud de la víctima, sin desatenderla, la acompaña que no se separa.
Minutos después...
Desde una taberna barril, un hombre con ojeras: “Si no llega a ser por las veterinarias de allí enfrente me temo que...”
Dos días después, a media mañana, una pareja de la policía local accede a la clínica veterinaria, para informar a la familia de doctoras.
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