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Un Hilo Rojo

Cuando te vi en aquel caos, en aquel único instante en que tus ojos encontraron los míos, ahí en ese día de Urgencias, el tiempo dejó de obedecer sus propias leyes. Dentro de mí nació una explosión silenciosa, más inmensa que cualquier fuerza capaz de partir el mundo en dos. No hizo ruido; simplemente lo transformó todo.

Tus ojos y los míos permanecieron suspendidos en un mismo horizonte, como si se hubieran buscado desde mucho antes de que nuestros cuerpos coincidieran en aquel lugar. Había en ellos una profundidad imposible de medir, un océano sereno en esos días en los que el mar parece haber olvidado la existencia de las tormentas, cuando las olas apenas acarician la arena con una calma casi sagrada. Pero también escondían esa otra naturaleza, la que duerme en el fondo y despierta sin aviso, convirtiéndose en un huracán capaz de arrasar cada rincón del alma.

Entonces el mundo desapareció.

Las voces se apagaron. El ruido dejó de existir. Todo cuanto había a mi alrededor perdió importancia, porque el universo entero parecía haberse reunido en el reflejo de tu mirada. Era imposible apartar los ojos de ti. Algo, más fuerte que la voluntad, me obligaba a contemplarte, a imaginarte, a preguntarme cuántas historias habitaban detrás de esas pupilas.

Fue como escuchar el canto de una sirena que no prometía la muerte, sino la vida. Una invitación irresistible a descubrir el sabor de existir, a besar aquello que hasta entonces había permanecido desconocido. Sentí cómo mi corazón olvidaba su ritmo para inventar uno nuevo; cómo cada latido se hacía más intenso, más consciente, como si por primera vez comprendiera el verdadero significado de estar vivo.

Y fue justo en ese instante cuando lo entendí.

Me gustó todo de ti.

No solo aquello que cualquiera habría visto, sino también los espacios que aún permanecían ocultos, los rincones que nadie había explorado, las cicatrices invisibles, los silencios, los misterios que todavía no tenían nombre. Eras un enigma vestido de persona, una historia cerrada con llave que despertaba en mí unas ganas irrefrenables de descubrir cada una de sus páginas.

Lo curioso es que jamás supe que te estaba buscando. Ni siquiera sabía que existías.

Y, sin embargo, bastó una sola mirada para perderme.

Caí sin resistencia, sin miedo, sin intención de encontrar el camino de regreso. Me hundí en el infinito de tus ojos como quien acepta un destino escrito mucho antes de nacer, y mientras descendía comprendí que ya no quería salvarme.

Porque perderme en ti fue, quizá, la forma más hermosa que encontré de empezar a encontrarme a mí misma

Y en aquella contradicción perfecta, donde convivían el vértigo y la calma, la certeza y el desconcierto, descubrí que me gustaba todo... y, al mismo tiempo, absolutamente nada, porque desde entonces el mundo dejó de parecer suficiente sin el reflejo de tus ojos.
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Andream911
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amor

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