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La Real Orden de Las Perdularias 36

La cena no fue sencilla ni fácil para mí. Alexander y Rodolfo se comportaban con naturalidad y los tres manteníamos la conversación aparentando no fijarnos en el ceño fruncido de Flavia. Apenas había probado bocado y se limitaba a dar vueltas en el plato a la comida, pasándola de un lado al otro. Varias veces que su padre hizo amago de reprenderla yo le apreté la mano por debajo de la mesa y con los ojos le pedí que no lo hiciese. Creo que no me equivocaba al pensar que ella sería el fuerte que había que conquistar, y tenía que intentar hacerlo yo sola, y poco a poco. Si había alguien en el mundo que supiese de niñas tercas y caprichosas, supongo que era yo. Había lidiado veintitantos años con una y todavía continuaba en la lucha. Suspiré, resignada, mientras miraba a la niña con disimulo. Sentí por ella una piedad no exenta de simpatía y de cariño. Su mundo se tambaleaba. Ella había sido la reina de aquella casa y había llevado como una pequeña déspota a su padre y a su hermano hasta donde le interesaba y resulta que ahora llegaba vaya usted a saber de donde una señora desconocida a la que al parecer Papá quería y a la que su hermano hacía monerías para agradar. Es de entender que la pobre criatura hubiese decidido declararme la guerra. ¿Qué armas tenía yo para combatirla? Pocas, salvo la paciencia y la comprensión; pero sobre todo la paciencia y el no entrar al trapo de sus provocaciones, pues eso era lo que ella esperaba y deseaba. Pobrecita Flavia…intentaba quizá por primera vez hacer uso de sus ardides femeninos, pero poco sabía ella, en su inocencia, que su adversaria estaba curtida en mil batallas y era una torre difícil de derribar. Mientras tomábamos el postre le sonreí con benevolencia, haciendo caso omiso de las pataditas que me daba por debajo de la mesa, de que me había roto las medias y dejado un tobillo morado, y de que no dejaba de sacarme la lengua y hacerme muecas cada vez que su padre se levantaba de la mesa para servir algo. Rodolfo intentó meter baza con su hermana, recriminándole su actitud, pero desvié su atención. Esta era una guerra que tenía que hacer yo sola, con tacto, paciencia y mucha mano izquierda. Me dije a mi misma que estaba desperdiciando mis dotes maquiavélicas haciendo estúpidos contratos; los partidos políticos de este país estaban tirando a la basura toneladas de genio para el engaño. Pero…ya estaba demasiado cansada para dedicarme a estafar a la gente y prometer cosas que sabía imposibles…mejor me dedicaba a esta señorita que tenía enfrente y que ahora mismo me hacía muecas de desprecio y extraños visajes con los ojos. Aproveché que Alexander salió para atender el teléfono y decidí darle algo de su propia medicina, así que me llevé las manos a las orejas, las moví adelante y atrás, y le saqué cuanto pude la lengua, girando los ojos al mismo tiempo hasta quedar mareada. Rodolfo se retorcía de risa en su silla, mientras ella se quedó tan sorprendida que al principio no supo que hacer; aunque pronto reaccionó. Siglos de atávica maldad femenina la llevaron a arrearme otra patada por debajo de la mesa que me dejó jadeando. La amenacé con el cubierto de postre, mirándola fijamente.
-Jovencita, si vuelves a darme una patada, te juro por todo lo sagrado que te voy a dejar el culo en tan mal estado que no podrás sentarte en un mes. No veas las zapatillas que guardo en mi maleta lo dura que tienen la suela. Si no quieres que seamos amigas, no hay problema, pero no más patadas.
-Eres fea y vieja-me dijo. Mi mamá es más guapa que tú.
-No lo dudo, querida, las madres siempre son las más guapas.
-No me gusta tu pelo y tienes ojos de gato.
-Pues mira que bien. Yo en cambio creo que el color de tus ojos es precioso. ¿Tu madre también los tenía verdes?
Se quedó un poco desconcertada ante mi pregunta; supongo que esperaba enfado por mi parte y que me metiese con su aspecto o dijese algo desagradable de su madre. Me miró largo rato con los mofletes hinchados por el enfado y al final se levantó de la mesa con estrépito. Si su silla no acabó en el suelo fue porque su hermano la agarró a tiempo.
-¿Ves? Las chicas están muy locas-me confió, sentándose a mi lado.
Sonreí ante su cara de circunstancias. Le acaricié la cabeza y le atraje hacia mí. Sentí una especie de calorcito en el corazón cuando espontáneamente me rodeó la cintura con sus brazos y levantando la cara me ofreció una sonrisa desdentada.
-Yo creo que eres muy guapa y me gustan tus ojos. ¿Sabes que mi padre tiene una foto tuya en su despacho y otra en su cuarto?
-¿Ah si? Pues no, no lo sabía.
-Él nos ha hablado mucho de ti, pero Flavia no quiere oírle.
-Bueno, tu hermana es buena chica, solo hay que darle tiempo. La ayudaremos tú y yo, ¿verdad?
Se encogió de hombros y se aferró con más fuerza a mi cintura. Di gracias por este niño sensible y tan similar a su padre. Al menos tenía un aliado para la guerra.
Por supuesto Flavia no me dijo buenas noches antes de irse a la cama. Mientras Alexander acostaba a los niños yo recogí la mesa y cargué el lavaplatos. Entré en la habitación de invitados, amplia y luminosa, de paredes de color vainilla. La cama era ancha, con dosel, y estaba cubierta con una colcha blanca bordada y cojines de color naranja. Mientras me duchaba se me dio por pensar que la había decorado para mi; quizá porque recordé una conversación que mantuvimos muy al principio en la que le conté cuánto me gustaban los colores cálidos. Todavía no me había acostado cuando, tras un leve toque en la puerta, apareció a mi lado con una sonrisa cómplice. Nos abrazamos largamente y por primera vez desde que había llegado conseguí relajarme. No me había dado cuenta de lo tensa y cansada que estaba hasta que me tomó en brazos. Hablábamos en voz baja, casi susurrando.
-¿No crees que es demasiado pronto? A ver si se van a despertar…
Negó con la cabeza mientras, sin dejar de mirarme, hizo que me recostase en la cama, donde seguimos explorándonos el uno al otro, como caminantes sedientos que acaban de cruzar el desierto y necesitan reponer fuerzas.
-No sabes cuántas veces he soñado con tenerte así de nuevo-me susurró al oído.
-Puede que si lo sepa; supongo que las mismas que yo. Alex, te he echado mucho de menos. Últimamente estabas tan extraño cuando hablábamos, como si deseases deshacerte de mí enseguida. ..
Me tapó la boca con un dedo y siguió recorriendo mi cara, mi cuello, hasta llegar al tirante del camisón, que empujó despacio para dejar mis hombros al descubierto. Gemí sin quererlo, y me tapé la boca riendo al ver su cara de advertencia.
-Guiomar…
-¿Qué?
-No puedes empezar con tus escándalos. Los niños están cerca y…
-Ya lo sé. Prometo que me estaré callada. Y sino, siempre puedes taparme la boca con un pañuelo.
-Pero… ¿tú dónde aprendes esas cosas, mi pequeña pervertida?
Fue una noche perfecta, si obviamos que nos vimos obligados a separarnos a las siete de la mañana, antes de que los niños se despertasen. Me quedé en la cama riendo al verle salir vestido tan solo con el pantalón del pijama, de puntillas y mirando a ambos lados, como un ladrón. Y me resultó difícil no volver a reírme cuando nos reunimos a desayunar en la cocina. Preparamos el desayuno entre los dos. Yo hice el zumo y las tostadas y el preparó nuestro café y la leche con cacao de sus hijos. Rodolfo estaba contento y no paraba de hablar. Me sorprendí cuando al verme en la cocina se acercó con su pijama de aviones y me estampó un beso en la mejilla. Me emocioné como una tonta y tuve que esforzarme para no soltar una lágrima. Realmente, que diría Leo, me estaba convirtiendo en una blanda. Pero como siempre hay un lado malo, Flavia seguía tan huraña como el día anterior. A diferencia de su hermano, ella ya se había vestido, y de una manera un tanto indescriptible. Llevaba un peto vaquero lleno de rotos y desflecado, con una camisa de cuadros roja y blanca, como la de un leñador. Esto de por sí no era extraño, pero es que se calzaba unos zapatos de lunares, como de flamenca, con algo de tacón, y encima del peto, ceñido a la cintura, destacaba un tutu rosa de bailarina. Descubrí con algo de sorpresa que había tenido que cotillear mis cosas, porque se había pintado los labios con una de mis barras y en la muñeca lucía una pulsera de abalorios que representaban lunas y caracolas que Laura me había regalado en Navidad. Decidí que no era el momento de hacer preguntas, sobre todo porque cuando su padre les vio a los dos frunció el ceño.
-¿Qué he dicho sobre la manera de sentarse a la mesa? Rodolfo, ¿se puede saber por qué no te has vestido correctamente? Está prohibido desayunar en pijama.
Instintivamente me encogí en mi sitio y le miré de reojo. Se le notaba a las leguas su educación alemana; pero…eran sus hijos y sus normas y a mi me tocaba callar.
-Y en cuanto a ti, señorita-prosiguió mirando a su hija-¿de qué vas vestida? Y ya me explicarás de dónde has sacado esa pintura de labios y esa pulsera.
Ella se quedó callada como una muerta, mirando fijamente por la ventana, aunque el día estaba nublado y no se veía gran cosa, solo se vislumbraba el jardín y la cancela.
-Estoy esperando. No quiero pensar que hayas entrado en la habitación de Guiomar a revolver sus cosas sin permiso. Contesta-la urgió, sin gritar, pero mirándola de una manera que hasta yo sentí algo de miedo. Me aferré sin darme cuenta a mi silla. ¿Qué podía hacer? Me estaba tensando por momentos, y decidí que solo yo podía sacarla del zarzal en donde se había metido.
-No le riñas a la niña, Alexander. He sido yo quien le ha dado la pulsera y me temo que…bueno, le enseñé mis pinturas y maquillaje. Y ya sabes como son las chiquillas, siempre queriendo usar las cosas de los mayores.





Beth16 de julio de 2012

13 Comentarios

  • Buitrago

    La proxima novela tras tiempos revueltos, ya veras ya jajaja
    Un abrazo

    Antonio

    16/07/12 04:07

  • Beth

    Bueno...no espero tanto, para mi ya es un honor que me leáis. Gracias. Otro abrazo para ti

    16/07/12 06:07

  • Didina

    Y digo yo que esta novela también deberías presentarla... no sé, por si acaso. Para mi desde luego se lo merece. bsos didina

    16/07/12 06:07

  • Nereael

    Beth, ahora sí que Guiomar acaba de ganar el primer set completo con la chiquilla, después de apuntarse un par de juegos en la cena, pero Jerusalén no se contestó en un día.
    Como siempre, amiga, me ha encantado y ya estoy esperando más.

    16/07/12 07:07

  • Creatividad

    Lo de las medias rotas por debajo de la mesa, y en espera estaba de la reaccion de Giomar que no me ha defraudado...felicidades de nuevo. Muy buena. Saludos

    16/07/12 08:07

  • Beth

    Gracias Didina. Ya veré como continúo con esta historia, a veces temo perderme en el marasmo de personajes

    16/07/12 08:07

  • Beth

    Yo creo Nerea que en un día la pobre Guiomar ha hecho ya mucho. La niña no es fácil de manejar. Un beso

    16/07/12 08:07

  • Beth

    Gracias Creatividad, de mi parte y de la de Guiomar. Un abrazo

    16/07/12 08:07

  • Kafkizoid1

    Me encanta la novela, tan completa, tan lograda. Saludos cordiales.

    17/07/12 05:07

  • Beth

    Muchas gracias Kafkizoid1, ay qué me ha costado poner el nombre. Agradecida por la lectura. Saludos cordiales

    17/07/12 12:07

  • Asun

    Beth, se nos hacen muy cortos los capítulos. Fíjate que buena señal.
    Besos.

    17/07/12 03:07

  • Beth

    Una alegría que me das Asun, que mi peor pesadilla es que resulten pesados. A ver si nos hacemos con esta niña y al menos le cambiamos el look, que ya le vale también como se viste. Besos

    17/07/12 03:07

  • Beth

    Si, querida Sete, soy bastante pérfida, por eso me invento esos personajes tan extraviados. Un beso enorme y gracias por la lectura

    18/07/12 05:07

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