Skyfall
De niño
mis héroes vivían en papel granulado.
Antes de ser huérfano de padre,
de él jamás aprendí
que nacer en un país distinto
no era motivo de burla.
Pero un día leí a Thor
preguntar, sin sarcasmo:
¿qué tiene que ver la piel de un hombre
con lo que hay en su corazón?
Honestamente, yo era todavía niño
no me habían embriagado de cinismo
ni sabía aún ignorar el mal del mundo
como el penitente que olvida su cilicio.
Por eso, cuando mi profesora me preguntó
qué quería ser de mayor,
contesté que “superhéroe”.
Me dijo que esa respuesta no valía.
¿Qué valía, entonces?
¿Ser mi padre?
No siento más compasión que la escrita,
ni contemplo mancharme de ceniza
por apagar zarzas ardiendo.
No soy el dios que adoro,
solo una tormenta que impulsa
una calma que precede
un ritmo de contradicción.
Quizá más poeta
que provocador.
Domo los caballos que creo que sabré cabalgar;
mi seppuku será una cámara oculta
porque espero reírme de todo
cuando me llegue
¡cuando me alcance!
el final.
En ese momento,
cuando por fin comprenda
que salté de la leyenda
al mito
y del mito a la caverna,
y que jamás nada me detuvo…
Podré reírme de todo.
Me habrán sabido soportar
aquellos amigos,
la mujer que amé…
este relámpago, esta locura.
Aquellos amigos
querrán conocer
este relámpago, esta locura.
No lo sé.
Querrán conocer
si al final aprendí
(no lo sé)
a quererme.
Si al final aprendí
sin matices
a quererme.
Porque es lo que hay.
Hacer de mi miedo acupuntura
y del rastro del vudú mi punción seca.
Hasta que el cielo se caiga
las nubes se duerman
y nos demos cuenta
que lo que buscamos
al final
nos encuentra.
mis héroes vivían en papel granulado.
Antes de ser huérfano de padre,
de él jamás aprendí
que nacer en un país distinto
no era motivo de burla.
Pero un día leí a Thor
preguntar, sin sarcasmo:
¿qué tiene que ver la piel de un hombre
con lo que hay en su corazón?
Honestamente, yo era todavía niño
no me habían embriagado de cinismo
ni sabía aún ignorar el mal del mundo
como el penitente que olvida su cilicio.
Por eso, cuando mi profesora me preguntó
qué quería ser de mayor,
contesté que “superhéroe”.
Me dijo que esa respuesta no valía.
¿Qué valía, entonces?
¿Ser mi padre?
No siento más compasión que la escrita,
ni contemplo mancharme de ceniza
por apagar zarzas ardiendo.
No soy el dios que adoro,
solo una tormenta que impulsa
una calma que precede
un ritmo de contradicción.
Quizá más poeta
que provocador.
Domo los caballos que creo que sabré cabalgar;
mi seppuku será una cámara oculta
porque espero reírme de todo
cuando me llegue
¡cuando me alcance!
el final.
En ese momento,
cuando por fin comprenda
que salté de la leyenda
al mito
y del mito a la caverna,
y que jamás nada me detuvo…
Podré reírme de todo.
Me habrán sabido soportar
aquellos amigos,
la mujer que amé…
este relámpago, esta locura.
Aquellos amigos
querrán conocer
este relámpago, esta locura.
No lo sé.
Querrán conocer
si al final aprendí
(no lo sé)
a quererme.
Si al final aprendí
sin matices
a quererme.
Porque es lo que hay.
Hacer de mi miedo acupuntura
y del rastro del vudú mi punción seca.
Hasta que el cielo se caiga
las nubes se duerman
y nos demos cuenta
que lo que buscamos
al final
nos encuentra.
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