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Los Tiempos Cambian 08 de julio de 2024
por mcluna
TEMPORA MUTANTUR
¿Y qué hacía yo mientras todo ese caos ocurría ?: Corría el año 2022; y yo que era - y aun soy - un melómano empedernido; había esperado ansioso un concierto presencial de la gran Tania Libertad; después de comprar, (por internet), mis tickets sin ser estafado (gracias a Dios), llamé a un taxi por aplicación -de las abuelitas rosadas -y armado solo con mi aerosol pimienta salí a la calle.
Era imposible ir en carro, te lo podían robar -contigo adentro-, secuestrar o tan solo quitártelo y pegarte un balazo porque se les daba la gana, -las balas estaban baratas-, no había ni policía ni seguridad ciudadana y estaba de moda matar gente. La falta de empatía social había cosificado a la gente y matar, robar o delinquir era algo asi como ganar puntaje extra en un juego de video.
Una vez en el Taxi con el pestillo de seguro puesto, y las lunas polarizadas arriba, mirando las calles pasar; cada vez que una moto lineal se acercaba a mi ventana temblaba y sudaba frio- temía ser desviado o secuestrado - había quienes plagiaban a las abuelitas rosadas y secuestraban y torturaban y vendían tu cuerpo como partes de un carro desbaratado. Y otras cosas peores de las cuales los medios de comunicación se encargaban de saturar y meter pánico en las noticias de hora punta.
Después de una hora de horror cruzando las calles de la ciudad, llegué sin contratiempo al Teatro Nacional, pensé, por un momento que quizás la civilización no estaba tan terrible como lo imaginaba o como la pintaban los escandalosos medios.
Dentro del Teatro; desde mi cabina súper vip privada, disfruté del concierto de Tania y volví a creer en la raza humana. El concierto fue hermoso, la gente, llena de buenas vibras, coreaba sus melodías y lloraba con su colosal interpretación. Recordé como con Jacoba siempre quisimos verla en vivo. Allí estaba yo cumpliendo nuestro sueño por los dos. Juro que por un momento Jacoba estaba conmigo.
Salí con una gran sonrisa del Teatro y decidí darle una nueva oportunidad a la civilización: no volvería a esconderme en mi casa: saldría a caminar más a menudo; pasear al perro en el parque - aunque primero tenía que comprarme el perro-, ir a la playa y caminar descalzo en la arena, quien sabe: ¿volver a amar?: Estaba lleno de entusiasmo y planes para el futuro y deseché, entusiasmado, la ida de vuelta en taxi pensando en encontrar mi media naranja en la multitud.
Añoraba ese sentimiento que me daba el amor y el cual se había ido llevándose a mi pareja, víctima del maldito virus. Me atreví a tomar la línea morada.
Cuando ingresé a la estación me invadió la ansiedad, estaba en un espacio abierto y lleno de gente, no me había dado cuenta de que me había vuelto agorafobico y sudaba frio y, mis fuerzas y optimismo flaqueaban.
Estaba afuera, en público, yo; que después de la pandemia había salido solo un par de veces- al entierro de Jacoba y a comprar cigarros a la tienda del chino de la esquina–yo; que había evitado mezclarme con mis amigos y que vivía en eterno luto por la pérdida de mi compañera de toda la vida, yo; que no me había vuelto a mezclar con la muchedumbre, yo; que había salido de casa al concierto de Tania Libertad solo y (eso solo porque esa era nuestra cantante favorita y en ella evoca y recreaba la presencia de Jacoba). Me encontraba ahora en un lugar atiborrado, lleno de una muchedumbre desconocida, de cuerpos amontonados como en discoteca barata.
Daba miedo; la paranoica había reventado en la sociedad y todo estaba excluido y prohibido, marginado y condenado. Mientras abordaba el terminal había evitado ver a las mujeres en la cara o hablar cerca de ellas, - no quería ni suspirar-, temía ser acusado de acoso y que me metan preso.
El día anterior habían promulgado una ley sobre el comportamiento humano y acoso sexual y se había prohibido lisonjear a una mujer o mirarla fijamente a la cara, peor aún tocar una fémina sin su consentimiento. Ya se veía venir esta ley. Pero extrañaba el roce humano, el olor del cabello de una mujer, la calidez de su aliento, la suavidad de su piel.
Con toda precaución - y respetuosamente- subí al atiborrado bus tropezando al avanzar, estaba tan lleno que no pude evitar rozar las inmensas nalgas de una gorda anciana malhumorada, lo cual fue suficiente para desatar una gran conmoción vehicular. No era para menos con esto de las leyes nuevas se habían separado los sexos en el transporte público y cada género tenía su propio vagón su propia línea de abordaje, yo que estaba mas preocupado en no mirarlas a la cara, so pena de cárcel, no me había percatado que después de comprar los tickets había avanzado en la línea rosa de las mujeres y no la celeste de los varones, como caminaba con la cabeza baja no me di cuenta y subí al vagón de las mujeres.
Cuando la anciana se sintió invadida por: “zazz la mano”; todas las mujeres en el vagón unidas ellas gritaron a una sola voz: VIOLACION VIOLACION VIOLACION y se desató un infierno y me dieron una colosal golpiza grupal. No hubo una sola mujer que no participase en el linchamiento. Mis compañeros varones pegados a través del vidrio de cristal miraban fijamente algunos asustados y otros cagándose de risa mientras me torturaban. Nadie en el transporte comunal se quedó sin poner de su parte. Justicia social dicen.
Antes de que me linchen y maten hubo un alma caritativa que lo impidió y se le ocurrió llamar a la fuerza del orden. Gracias a Dios. Mientras lamia mis heridas, la inmensa anciana, víctima de mis ataques indebidos contra su gran humanidad se sentó en mi pecho con su enorme culo en mi cara y tomando mis manos las amarró con un inmenso sostén en el cual entraban cuatro pares de senos de madres lactando y esperamos a que llegue la policía.
Yo, quien me hallaba bajo su enormidad, fui asaltado por unas potentes flatulencias que no solo me dejaron sordo, sino que me quitaron la respiración y me impulsaron a vomitar. La anciana al sentirme debatir bajo su peso pensó que quería escaparme y me volteó mi propio frasco de gas pimienta en el rostro. Por un momento pensé en quejarme por tortura física y psicológica, pero como yo, era un hombre - y blanco encima- tenía todas las de perder.
Mientras lloraba por el gas pimienta, por la humillación y el miedo, esperaba con ansia a la policía que la hacía más larga que pedo de culebra. Cuando por fin llegó no pude evitar reír de alegría. Me llevaron a la comisaria.
La dulce - y pedorrra - anciana me denunció por Tocamientos Indebidos y Acoso Sexual. Me levantaron cargos por perversión gerontofilicidica; y como muchos pasajeros habían testificado en mi contra vía wasap - y habían colgado un video en Tik Tok de mi humillación -que se hizo viral y era la última tendencia del día- yo me convertí en un hazmerreir de la sociedad y fui procesado con la mayor celeridad. Gracias a la tecnología muchas de las pasajeras que habían tomado el servicio presentaron cargos también y estos aumentaron a Violación Grupal, Actos Obscenos en vía Pública, y muchos más.
Mientras efectuaba mis descargos, y; no habiendo aprendido nada en el curso del día, se me ocurrió ser amable y darle un cumplido a la señorita Policía quien estaba tomando mi manifestación: ella sintiéndose acosada llamó a sus colegas, a los ronderos urbanos, a la prensa local e internacional y me dieron una paliza ejemplar. Otra vez.
Al entrar a la corte donde se me estaba juzgando observé que estaba repleto de medios de comunicación no solo locales regionales y nacionales sino de todo el planeta, me di cuenta de que iban a ser escarmiento de mi ser y servir como ejemplo para una sociedad machista y retrograda quien no reparaba en los derechos de la (empoderada) mujer. Aún tenía esperanzas de justicia y no de ser víctima de un circo hasta que llego LA FISCAL, LAS VOCALES Y LA JUEZA, - quien había sido mi novia antes de conocer a Jacoba - quien me tenía franca ojeriza. Y todo se fue cuesta abajo: no me dejaron ni testificar, mis acciones editadas aumentadas y corregidas y propagadas por la net hablaban por mí, un acto vale más que mil voces dicen, y la voz de la Inteligencia Artificial suplantándome había hablado. Después, en un juicio ultra fast, me sentenciaron a doscientos años de pena privativa de la libertad. No pude regresar a recoger mis cosas a casa y la familia a la que había desdeñado a la que había dejado de ver fueron a mi casa y se repartieron mis cosas, y propiedades. Un acosador sexual no tiene derechos ni en la calle ni en la prisión.

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