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Inca Garcilaso de la Vega - Parte 1 20 de enero de 2016
por santiagotomas1997
-Experimento en español antiguo; ficción histórica; por Santiago T. Bellomo-


Encontróse el joven Sayri hilando con los primeros rayos de sol del mes de Zamay cuando con estupor escuchó, por vez primera, discutir a sus padres. Al parecer la cuota de maíz que el corregidor español solicitaba no era la suficientemente, por lo que el padre de Sayri en problemas, ya que era la vez tercera que no cumplían con la cantidad.

Sin pensarlo dos veces, dejó de hilar el pequeño inca y dirigióse a la casa de su mejor amigo, el Inca Garcilaso. Seguramente él, tan influyente siendo, algo podría hacer frente a la furia del llamado Sebastián, el corregidor, quien era a su vez, del Inca el padre.

A medida que por los caminos apedreados de Cuzco avanzaba, subiendo la colina principal, cautivada quedaba por los olores y colores propios de la ciudad maravillosa. Especias y flores, de aquí a allá, hacíanse con su esplendor de pompa. Sus aromas el verano los potenciaba y a nadie parecía molestarle el resonar de las carretas y los asnos, o los caballos de los soldados europeos que tronaban, más bien, al galopando pasar.

Al cabo de mitad de hora, Sayri a la casona de Garcilaso llegó, donde topóse como guardia del portón a un durmiente piquero. Escabulléndose por debajo de la peligrosamente inclinada lanza, hízose hasta los aposentos de su amigo, esterados y modestamente amueblados, donde sorprendiólo escribiendo cartas a letra de pluma. Sin perturbar antes su concentración, vio Sayri asombrado del estudiante frente a él, la entereza. Meses pasaban y él no conseguía leer las letras primeras del ibérico alfabeto, y muchas veces confundiólas con el quechua, a pesar de ser el más inteligente en el convento, aprender todavía tenía que mucho.

-Buenas mañanas Inca. –soltó la sombra que asomábase por el marco del alto portón de la habitación del joven-. Necesito vuestra ayuda.

Garcilaso con urgencia la mirada alzó, prestándole atención al muchacho de su misma edad.

-Había de verte, Say –dijo el Inca, apoyando con rapidez el pergamino sobre el escritorio-. ¿Qué es lo que necesitáis con tanta premura?

-Vengo de la casa mía… –interrumpióse, enfocando sus refulgentes ojos en el escritorio habido de rebosantes escrituras-,… hilando me encontraba y los padres míos comenzaron a discutir porque a cumplir la cuota de maíz no llegan. –continuó con ojos homicieros las intrincadas letras españolas, volviéndolos luego a su amigo- ¿Existe forma alguna de que puedas pedirle a vuestro padre más tiempo?

-Importante el maíz este mes ya no es y el mío padre lo anunciará en cualquier momento, Sayri –comenzó Garcilaso- seguro estoy de que vuestros padres más tranquilos estarán si les cuentas ya mismo de la noticia. –finalizó con tranquilizador tono. Era, con dieciocho veranos, un joven muy maduro.

-Inca, agraciado seas por la buena noticia –dijole el joven con suspiro de calma.- Venid a jugar con los demás, que estarán del convento ya saliendo.

-Estoy aborridamente ocupado, Say –dijole el Inca-. Prometo salir cuando finalice por mi padre éstas cartas últimas; las necesito a fin de esta noche para que salir se me permita.

Fue así que Sayri a su casa volvió, con ansiadas ganas de a sus padres contar lo que díjole el Inca hacía unos minutos atrás. Habiendo llegado, sus padres, ya tranquilos, la escucharon. La felicidad en sus rostros hizo enorme efecto en el corazón del niño, quién agradeció a los cielos por semejante reacción.

Sería mañana el anuncio del padre de Garcilaso, pero poco sabía Sayri del desenlace de aquel evento. A dormir se fue él con la paz de un árbol en verano, con deseos de que al cantar de los pájaros mañaneros, la noticia corriese con estupor por todo el Alto Perú, liberando al adeudado de su deuda de chala.

Aquella mañana, el sol permanecía inmóvil e impoluto en el cielo, emitiendo espejados destellos dorados. Observaba un hombre, del Inca padre, a través de la verdosa ventana de su casona, con sus grises ojos y decididos, en la plaza fijos cual sería anfitriona de su anuncio, que llenábase de gente a medida que el supremo astro se asomaba. Los ronquidos de su mujer nueva inundaban los aposentos. Extrañaba, en forma cierta, a su querida inca Isabel.

La propiedad suya se encontraba al borde de la apedreada avenida, que cortando la ciudad en dos mitades de gran contraste se hacía: por un lado el opulento barrio colonial español donde suya familia vivía; por el otro los trastornados edificios de adobe que por la acumulación de meses sin mantenimiento se despedazaban, en aquellas tierras de grandes vendavales.

La tela blanca de sus guantes con prepotencia ocultaba la piel que envolvía sus manos, evidenciando de corregidor su estatus. Los años no venían solos, decíanle, pero él tan perspicaz y lúcido seguía, como el día que solemnemente aceptó el cargo de corregidor en América, hacía poco más de años dos. Incluso había peleado hombro a hombro junto a Hernán Cortés, arcabuz a lanza contra aquellos infames Aztecas. De más decir estaría, que Sebastián Garcilaso no presentaba ni la más mínima evidencia de tener por edad poco más de siglo la mitad.

Sabía con certeza que su deber era liberar a los indios de su deuda: el maíz ya no era necesario. Toneladas ya había y pocas se consumían. La moral de la tropa no aguantaba la constante polenta. Dejó que la cortina resbalase entre sus dedos, alejándose de la ventana, como intentando separarse de la asquerosa realidad frente a él.

Una realidad que parecía haber llegado para quedarse, en especial durante las arduas noches en urbe aquella, por ocasionales pero remitentes gritos invadida, esparcidos por la lejanía del otro barrio. Los incas comenzaban a sublevarse, y los asesinatos continuaban. Pronto la mala nueva a España llegaría y la corona enviaría a un inspector.

Acto seguido y quitándose los guantes con brío, tomándolos con la izquierda, la baranda sujetó de la escalera con la diestra y a bajar comenzó las escaleras con segura, pero firme, lentitud. A maíz asado el olor se intensificaba a medida que descendía cada escalón.

El ruido de sus pasos hacía eco contra las paredes de arcilla, las cuales rebosaban con cuadros escénicos de caza y batallas olvidadas. Los cuadros de sus antepasados observábanlo con inmóviles ojos, algunos parecían reprocharle la molestia que sucedía con el sonido del pisar de sus zapatos. Al llegar al pie de la escalera, suspiró. Probablemente sería su última oportunidad de suprimir la inminente rebelión.

Caminando hacia el portón principal, paró junto a un espejo de grandes proporciones, observándose. La luz del alba todavía no era suficiente como para ayudarlo a ver, pero algo era evidente: su cara dejaba opacado al ejército de cuestiones que asediaba su mente. Su frente amplia junto a su nariz torcida había sido motivo de burla para muchos en la sociedad española, hacía ya años varios.

Siguió observando durante varios segundos su elegante ropaje noble, escarlata con finos y dorados hilos. Atildó su barba y acto seguido retomó el camino hacia la muchedumbre que esperábalo impaciente. Habiendo llegado al portón, el piquero abriole la puerta. Salió a la plaza.

Una multitud de pares de ojos mirábanlo esperanzados: los incas enterado muy rápido habíanse de la noticia mediante a los rumores que esparcíanse entre las granjas. Sebastián Garcilaso subióse a la tarima y propúsose a hablar.
En menos de lo que un pájaro mañanero lanza su primer pitido, comenzóse a escuchar por la lejanía, de caballos el trotar. Demasiados caballos para ser ciudadanos que pretendían escuchar. No. Eran caballos recién llegados… de España.

El Inca Garcilaso, a pesar de recriminarse hasta el hartazgo los sucesos de esa mañana, siempre concluía y aceptaba que nada podría haber hecho.

Su amigo Sayri resultado perdido había en aquel episodio: tras toda la plaza volver las cabezas al escuchar los cascos equinos, hizo su aparición triunfal el virrey Marqués de Cañete, sobre blanco y regio corcel español, con no menos que treinta montados escuderos, cuyas picas apuntaban no a las nubes sino a los espectadores. Sayri con sus padres corrió para nunca reaparecer.

-Corregidor Sebastián –había exclamado el virrey esa mañana-. ¡Quedáis vos destituido de toda facultad que la Corona os impusiere, y por orden de Su Majestad el Rey de España, quien sobre estas tierras conlleva su grandeza, yo seré vuestro reemplazo!

Ésta frase, la cual su padre esperaba con temor, causóle al hombre tal disgusto que en dos años pereció, y no de edad. Ese par de años que siguióle al anuncio hizo eco de la represora tiranía del Marqués de Cañete, quien elevó los impuestos y a los deudores colgó. No quedó inca feliz bajo el virreinato del sanguinario Marqués.

Es por eso que tras la muerte de su padre, el Inca Garcilaso había decidido irse a Europa, ya que el Marqués se hizo con su herencia. Ahora, un mes después, junto a las costas de África, el joven de veinte años por llegar estaba al viejo continente, donde ante el Rey su caso expondría.

En comienzo de dicho viaje, estuvo a punto de naufragar en la Isla de Gorgona. Pasó el istmo de Panamá, llegó a Cartagena de Indias, cruzó el Atlántico por la ruta de los galeones de La Habana hasta las Azores. Todavía debía desembarcar en Lisboa, pero dióles Dios una dura tormenta que les hizo mucho daño.

La tormenta era terrible, y en aquella noche desmembró varios navíos que junto al de Garcilaso navegaban; a cada uno llevó por su cabo sin esperanzas salvo de muerte; cada uno de ellos tenía por cierto que los otros eran perdidos.
No se veía el sol, ni estrellas por el mar. Los navíos tenían las velas rotas y perdidas, anclas y jarcias, cables y muchos bastimentos destruídos. El frío llegaba a los huesos mientras la humedad ponía la piel de pollo. La gente muy enferma rezaba sin cesar. El inca Garcilaso, observaba por la claraboya de la carabela, reflexionando.

Nueve días anduvo sin esperanzas la tripulación. Ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma. Es cielo jamás fue visto tan espantoso. Venían con tanta furia los vientos, espantables, que todos creían que se iban a hundir.
En todo este tiempo jamás cesó el agua del cielo, y los mareos producidos por las embarcaciones pululantes revolvía estómagos sin ton ni son, generando hambre de pan seco, el cual no había.

Llegó entonces el navío de Garcilaso a Lisboa, tras tamaña travesía plagada de desdichas. Viajó a Extremadura, lugar de origen de sus antepasados paternos, donde visitó a algunos familiares; pasó luego al pueblo cordobés de Montilla, donde residían ilustres parientes, como su tío carnal, el capitán Alonso de Vargas, y los marqueses del Priego, quienes recibiéronle con afecto y curiosidad, sin dejar de sentir una cierta incomodidad pues era hijo natural y carecía de títulos legales para acceder a la condición de hidalgo.

El inca sentíase ajeno a la sociedad española continental. Caminaba por las calles citadinas, visitaba iglesias mientras la misa se les dictaba en latín. Respiraba profundamente para memorizar el aire de Europa, mientras pensaba en cómo exponer su caso de herencia. Atendió a varias cortes y contóle al Rey su dilema. El mismo estaba por dar su veredicto en corto tiempo, pero…

Sus gestiones, que al parecer llegaban a feliz término, fueron entonces entorpecidas por un tal Lope García de Castro, para el inca simplemente un pimplón, el cual sacando a relucir las crónicas, sostuvo que del Inca el padre había sido a la Corona infiel, al haber a favor luchado del infame Gonzalo Pizarro, ayudando a éste a huir y su caballo facilitándole.

Por más explicaciones y réplicas que el inca hízole a tal acusación, no logró nada, y el Rey deseóle desdicha, escuchándolo no más. Desengañado, pidió licencia para volver al Perú, pero no realizó el viaje, por más segura juzgar la protección de su tío Alonso de Vargas, que la que hallarse en el Perú de esos días, donde mataríalo el Marqués.

Pronto reparó el inca que era su nuevo camino enlistarse con las armas, al igual que su progenitor. El cuartel tenía espacio vacante para acomodarlo, y los moros en el sur de la campiña española rebosaban. El primer capataz del que tuvo registro fue Lorenzo de Carraza, quien ahí mismo en la taberna donde se encontraron, al ver tamaña valía del joven Garcilaso, lo nombró soldado.

La tropa escaseaba en el momento que llegó Garcilaso al sur. Convirtióse en capitán de uno de los Tercios españoles apostados allí, y habiendo pasado su primera mañana en el campamento y afilado su pica con destreza, esperó a que los primeros moros aparecieran. Aquellos tardáronse horas en atacar intentar. Naturalmente, el joven, al momento eligió mantener a sus subordinados al pie de las montañas Alpujarras, para la ventaja tener, de la sorpresa. La provincia de Navarra debía ser protegida.

A las lejanías marchaban los moros, desorganizados. Habiendo convertídose en un excepcional líder, el inca fue puesto a cargo del momento para atacar. Todas las armas, flechas, armaduras y escudos de la tropa ibérica provenían de las más dedicadas herrerías navarras, por lo que el hierro relucía al sol que todo bronceaba...

-Continuará...-

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