La Llaman Jefa
Por ahí viene, es Vicenta. Que sale del bosque, por el camino, polvoriento también pedregoso. Va subida al volante del viejo tractor al que llama cacharro. Viene de clavar los ganchos de la parte de atrás, de marcar la tierra.
Ha estado en tal hacer como algo más de dos horas de labor.
Ya regresa, conduce con prudencia.
Al llegar a la pequeña localidad donde reside, advierte automóviles de alta gama, estacionados en un solar, pocos metros antes de acceder al núcleo poblacional.
Se encuentran estacionados ante una pequeña nave, antiguo granero de un vecino retirado por enfermedad y que marchó lejos de allí a otro lugar.
Tantos vehículos, tantos tubos de escape… Aquello no era nada habitual, le extrañó.
"¿Qué sucede?” pensó.
Subida en el cacharro, al volante, con la pregunta aún presente, se dirige a su casa, la última de aquella misma calle. En el camino se encuentra con Eusebio, pariente y vecino y “Hola prima” ambas personas se saludan.
Ella: “¿Sabes a qué se debe tanto vehículo aquí en el pueblo?”
Él: “Lo desconozco”.
Quedan unos minutos ahí ambos conversando hasta que... cada cual a lo suyo.
En la localidad, uno de los vecinos es Felipe, hombre dado a la lectura de novelas de agentes secretos y espías y de personajes extraños aguardando en callejones oscuros que vigilan a personajes femeninos de elegantes vestiduras.
Felipe leía ese tipo de novelas con gran interés. Se quiso presentar a la alcaldía, pero no funcionó, entre otras razones porque la jefa lo convenció, no era lo más adecuado; aunque a Vicenta, el convencer a los demás no le...
Temprano por la mañana, doña Vicenta ayuda a su marido a salir de la cama. A este señor le cuesta moverse desde aquel día que el cacharro volcó…
Nicolás, ahora puede vivir con limitada normalidad, ya se le dijo, con mucha prudencia y cuidado.
A media mañana, doña Vicenta detiene el motor del cacharro, entra en el local social y se pide un café…No hay prisa y a veces, para visitantes pudientes, puede resultar inquietante tanta calma, tanto elogio a la lentitud puede exasperar a quienes están de paso, y disponen de vehículos diseñados para altas velocidades.
Felipe, sentado, lee en un rincón y de vez en cuando levanta la vista para mirar, ver, a la jefa.
Recibe una señal de ésta. A él, esas maneras de hacer le encantaban; recibir señales como en secreto.
Felipe ha interpretado la señal, sale del local y va a buscar a un tal Saco. Pues aquí también hay un vecino y también pariente de la jefa, al que llaman “El saco”.
Saco entra al local, busca a Vicenta con la mirada, se acerca a ella, y recibe una pregunta.
“Saco, ¿sabes por qué razón hay tantos vehículos de alta gama en la entrada del pueblo?”
El Saco se mete la otra mano en el bolsillo...va a responder.
“Lo desconozco, jefa”. El saco ha sido invitado a un café y se queda unos minutos para distraerse y tomarse ese café.
La jefa paga, recibe las vueltas, se acerca al Saco; le susurra con confianza parental “No me llames jefa”.
Sale del local social. Sube al cacharro. Acciona el motor y marcha. Es un marchar lento, como respetuoso con la paciencia.
Avanza en dirección a las tierras que deben ser trabajadas.
Falta poco para el mediodía, la jefa para, el moto cesa, el silencio como que la ensordece.
Suena el teléfono de bolsillo, un icono, un nombre en pantalla, llamada que atiende; es el alcalde, que también emparentados.
Se dispone a escuchar en medio del silencio y el tan abierto espacio.
“¿Quieres saber el motivo por el que este fin de semana tenemos tantos visitantes?”
Su interlocutor, que responde, habla, se lo explica.
La jefa escucha... “¿Es cierto lo que dices?”
Ella repite la respuesta para sí.
Se acercan seres humanos subidos en ruidosas motocicletas y no se oye nada, salvo a sus propias máquinas….Se alejan, vuelve el silencio.
Final de la tarde.
Doña Vicenta sale de su casa, con la bolsa de deshechos no orgánicos. Se dirige al contenedor correspondiente…
Al entrar a su casa, Nicolás está sentado en el borde de la cama…algo animado.
Ella a él: “Ya sé quienes son los visitantes y para qué han venido…”
“Cuenta, cuenta”, pide curiosa la voz masculina.
La jefa se entusiasma, se anima “Esas gentes son quienes fabrican plástico, han reconocido que hay un problema grave, han venido aquí para reunirse, organizarse, al parecer se plantean invertir tiempo en recoger personalmente el plástico que flota en mares y riberas”.
“El Saco, que estaba junto a su hermano Nicolás parecía estupefacto, dubitativo”.
La jefa faena en la casa, pero su rostro es serio…el entusiasmo casi se ha diluido.
El Saco advierte la seriedad de la Jefa…
“¿Qué ocurre?”, pregunta.
Vicenta, con algo de pesadumbre mira por la ventana y dice: “No me creo demasiado que quienes fabrican plástico… No sé, no sé”, dice la jefa restando ya importancia a la intención esa del plástico asunto plaga.
Felipe en su casa, leyendo una novela, una de esas novelas, ¿la página?, pues la ochenta y dos, capítulo cinco, titulado: "Desmontando la trama".
Ha estado en tal hacer como algo más de dos horas de labor.
Ya regresa, conduce con prudencia.
Al llegar a la pequeña localidad donde reside, advierte automóviles de alta gama, estacionados en un solar, pocos metros antes de acceder al núcleo poblacional.
Se encuentran estacionados ante una pequeña nave, antiguo granero de un vecino retirado por enfermedad y que marchó lejos de allí a otro lugar.
Tantos vehículos, tantos tubos de escape… Aquello no era nada habitual, le extrañó.
"¿Qué sucede?” pensó.
Subida en el cacharro, al volante, con la pregunta aún presente, se dirige a su casa, la última de aquella misma calle. En el camino se encuentra con Eusebio, pariente y vecino y “Hola prima” ambas personas se saludan.
Ella: “¿Sabes a qué se debe tanto vehículo aquí en el pueblo?”
Él: “Lo desconozco”.
Quedan unos minutos ahí ambos conversando hasta que... cada cual a lo suyo.
En la localidad, uno de los vecinos es Felipe, hombre dado a la lectura de novelas de agentes secretos y espías y de personajes extraños aguardando en callejones oscuros que vigilan a personajes femeninos de elegantes vestiduras.
Felipe leía ese tipo de novelas con gran interés. Se quiso presentar a la alcaldía, pero no funcionó, entre otras razones porque la jefa lo convenció, no era lo más adecuado; aunque a Vicenta, el convencer a los demás no le...
Temprano por la mañana, doña Vicenta ayuda a su marido a salir de la cama. A este señor le cuesta moverse desde aquel día que el cacharro volcó…
Nicolás, ahora puede vivir con limitada normalidad, ya se le dijo, con mucha prudencia y cuidado.
A media mañana, doña Vicenta detiene el motor del cacharro, entra en el local social y se pide un café…No hay prisa y a veces, para visitantes pudientes, puede resultar inquietante tanta calma, tanto elogio a la lentitud puede exasperar a quienes están de paso, y disponen de vehículos diseñados para altas velocidades.
Felipe, sentado, lee en un rincón y de vez en cuando levanta la vista para mirar, ver, a la jefa.
Recibe una señal de ésta. A él, esas maneras de hacer le encantaban; recibir señales como en secreto.
Felipe ha interpretado la señal, sale del local y va a buscar a un tal Saco. Pues aquí también hay un vecino y también pariente de la jefa, al que llaman “El saco”.
Saco entra al local, busca a Vicenta con la mirada, se acerca a ella, y recibe una pregunta.
“Saco, ¿sabes por qué razón hay tantos vehículos de alta gama en la entrada del pueblo?”
El Saco se mete la otra mano en el bolsillo...va a responder.
“Lo desconozco, jefa”. El saco ha sido invitado a un café y se queda unos minutos para distraerse y tomarse ese café.
La jefa paga, recibe las vueltas, se acerca al Saco; le susurra con confianza parental “No me llames jefa”.
Sale del local social. Sube al cacharro. Acciona el motor y marcha. Es un marchar lento, como respetuoso con la paciencia.
Avanza en dirección a las tierras que deben ser trabajadas.
Falta poco para el mediodía, la jefa para, el moto cesa, el silencio como que la ensordece.
Suena el teléfono de bolsillo, un icono, un nombre en pantalla, llamada que atiende; es el alcalde, que también emparentados.
Se dispone a escuchar en medio del silencio y el tan abierto espacio.
“¿Quieres saber el motivo por el que este fin de semana tenemos tantos visitantes?”
Su interlocutor, que responde, habla, se lo explica.
La jefa escucha... “¿Es cierto lo que dices?”
Ella repite la respuesta para sí.
Se acercan seres humanos subidos en ruidosas motocicletas y no se oye nada, salvo a sus propias máquinas….Se alejan, vuelve el silencio.
Final de la tarde.
Doña Vicenta sale de su casa, con la bolsa de deshechos no orgánicos. Se dirige al contenedor correspondiente…
Al entrar a su casa, Nicolás está sentado en el borde de la cama…algo animado.
Ella a él: “Ya sé quienes son los visitantes y para qué han venido…”
“Cuenta, cuenta”, pide curiosa la voz masculina.
La jefa se entusiasma, se anima “Esas gentes son quienes fabrican plástico, han reconocido que hay un problema grave, han venido aquí para reunirse, organizarse, al parecer se plantean invertir tiempo en recoger personalmente el plástico que flota en mares y riberas”.
“El Saco, que estaba junto a su hermano Nicolás parecía estupefacto, dubitativo”.
La jefa faena en la casa, pero su rostro es serio…el entusiasmo casi se ha diluido.
El Saco advierte la seriedad de la Jefa…
“¿Qué ocurre?”, pregunta.
Vicenta, con algo de pesadumbre mira por la ventana y dice: “No me creo demasiado que quienes fabrican plástico… No sé, no sé”, dice la jefa restando ya importancia a la intención esa del plástico asunto plaga.
Felipe en su casa, leyendo una novela, una de esas novelas, ¿la página?, pues la ochenta y dos, capítulo cinco, titulado: "Desmontando la trama".
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