La HabitaciÓn Del Adios
El la esperaba ya, con su bata oscura y dos copas de champán. No se besaron, solo se acariciaron con la mirada y sin decir palabra ella se desnudó de camino al baño, al tiempo que él se despojaba de la bata y entraron a la vez en la bañera. Como dos viejos amantes se acomodaron despacio; ella de espaldas y él rodeando su pecho y su cintura. Estuvieron así mucho rato, sin hablar; solo acariciándose y escuchando aquella canción que sonaba una y otra vez...
Hicieron el amor despacio, sin prisas, como si tuvieran todo el tiempo del mundo pero a la vez con la premura de los que se aman por encima de todo. Había en sus caricias una cierta urgencia que les hacía desear entrar el uno para siempre en el otro, fundirse en una sola persona y latir con un solo corazón. Las manos exploraban territorios conocidos, viejas cicatrices de una cesárea; otra en el hombro masculino de una operación de juventud. Después de cuarenta años juntos había pocas cosas que el uno no supiese del otro. Y aún así cada vez era distinta a las demás y sabían encontrar la manera de asombrarse todavía el uno con el otro.
Yacían juntos, saciados ya de amor, con las manos unidas sobre aquella colcha blanca como el traje de una novia. Y en cierto modo esta era como su noche de bodas; la que nunca habían tenido a pesar de toda una vida compartida. Ella se había puesto un camisón rojo, el color de la pasión y el amor, el color con el que le había enamorado, y se había peinado y dado brillo en los labios. El llevaba un pijama nuevo, de seda color chocolate, y sonrió cuando su amante acarició, como solía, sus sienes canosas. Bebieron ambos de la misma copa, la apuraron hasta el final.
Al día siguiente la camarera del turno de la mañana entró para hacer la habitación y se quedó sorprendida y avergonzada al ver que la cama estaba ocupada. Pero su inicial azoramiento dio lugar a la preocupación. Aquella pareja mayor que venía cada semana sin falta desde que se inauguró el hotel, hacía ya casi medio siglo, parecía tan quieta... Todos hablaban de ellos y eran una especie de leyenda que iba pasando de boca en boca a través de las generaciones de empleados. Se acercó con algo de miedo y al poner la mano en el hombro de la mujer el frío de la muerte la traspasó y cuando más tarde estaba en el despacho del director hablando con la policía no era capaz de entrar en calor.
El subdirector se mostró muy preocupado de que el hecho de aquel suicidio saliese a la luz, pero cuando la dueña del hotel, una octogenaria con la mente muy lúcida y la sonrisa de una mujer de treinta años leyó la carta que habían dejado, se limitó a sonreír y a decir que era la mejor publicidad para su casa. Le habían hecho un honor decidiendo que esa habitación de hotel donde se habían amado durante toda una vida fuese también el sitio elegido para morir. Los jóvenes no lo entendían, pero ella si; ella podía entender que no se quisiese seguir viviendo con medio corazón si la otra mitad dejaba de latir.
¿Quién decía que las habitaciones de hotel son frías y sin vida? Seguro que no conocía su hotel ni a aquella pareja de viejos enamorados.
19 comentarios
Delicioso y encantador relato. Lo he disfrutado y me ha conmovido.
No he podido por menos que traer a la memoria uno de mis sonetos preferidos de Quevedo, "amor constante más allá de la muerte".
Ese es el que en el fondo anhelamos, al menos yo, y textos como el tuyo lo refrescan.
Un placer.
"Su cuerpo dejará no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado."
Un afectuoso abrazo.
Muy lindo, tierno.... si Beth, precisosas lecciones
un abrazo y mas ahora que hace fresquito
Antonio
Beth, me ha gustado mucho la historia que nos regalas hoy, por el sentimiento tan sincero que atesora; y además me enganchó el relato desde su comienzo, se lee con interés de principio a fin. Felicidades, buen trabajo.
Un abrazo cálido.
Beth
¡Un amor para siempre! No han querido desprenderse, que hermosa y conmovedora historia, estoy feliz de haberla leído. Gracias por tanto sentimiento, yo también he recordado amor constante mas allá de la muerte
Un amor que dio sentido a la vida y quisieron darle sentido también a la muerte
Un abrazo, y gracias de nuevo por regalárnoslo.
BETH,,, te admiro y te doy mil grasias por pasar por mis textos y comentarme heres jenial y te agradesco con sinseridad tu amables comentarios tu sabes que cuanto alos tuyos son lindos y vien escrito y te felisito de corazon te mando un saludo y espero berte por mi morada otra bez un abraso
Completamente encantador tu relato, me encanto.
Con ese trasfondo de amor profundo que me invita a comentarte al instante Beth!!!!
Un placer leerte!!!
Un abrazo
Bellisima creación
Amor y muerte hermanados ... Es seguramente en ese hermanamiento donde al amor se le dé las alas de la eternidad.
Un relato muy bien contado, y lleno de tiernos detalles.
Un gran abrazo, amiga.
Beth:
Amita, esta historia de hotel me encanto. Ese cuarto quedara impregnado de amor por toda la eternidad.
Un gusto leerte.
Serge.
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El amor y sus expresiones tan impensadas! Una historia tierna y llena de esperanzas para los que recién empezamos a amar.
Cariños.
Sill