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Nuevo Exilio

Me senté sobre la bolsa de viaje cuya tapa se negaba a cerrarse debido a la ingente cantidad de objetos que portaba dentro; había ropa, claro que sí, pero también efectos personales sin los cuales me negaba a empezar mi vida en cualquier otro país; pequeños detalles que me recordarían, fuese donde fuese, quién era y cuál era mi meta. Envuelta entre pantalones y camisas llevaba una foto de mi familia, antigua y ajada por el paso del tiempo, desde la que mis padres y mi hermana me sonreían, y otra en la que aparecíamos mi pareja y yo, dentro de un pequeño marco de plástico.

Apoyé sobre la maleta todo el peso de mi cuerpo, levantando incluso los pies del suelo para ejercer más presión y tratar de cerrarla.

- Tal vez deberías dejar algo aquí, ¿no crees? –me preguntó mi novia que se encontraba apoyada en el quicio de la puerta, con un café sujeto entre las manos. A pesar de su firme determinación de parecer tranquila, sus manos temblorosas, aferradas a la taza como a un salvavidas, la delataban.

- No te preocupes, ya casi está –respondí con una media sonrisa, sin darle a entender que había descubierto el miedo oculto en sus palabras. Ella sufría tanto pensando en mi ausencia, en la falta de mis enseres en la casa que le recordaría lo lejos que íbamos a estar, como sufría yo pensando en un país lejano sin ningún objeto que me permitiese sentirme en mi hogar.

Corrí la cremallera con dificultad, pues se atascaba frecuentemente con la propia tela de la maleta, y después miré alrededor, comprobando que llevaba todo lo necesario. Solamente en aquella pequeña habitación había muchas más cosas que hubiera deseado llevarme conmigo, así que desistí de intentar efectuar un registro similar en el resto de la casa. En realidad, más que llevarme todo aquello a otro lugar, hubiera preferido no tener que abandonar mi hogar, pero resultaba de imperiosa necesidad.

Iluso de mí, siempre había creído que el exilio era un doloroso trámite destinado a otros, a pesar de que conocía bien las tristes historias de extranjeros licenciados en medicina que trabajaban de dependientes en supermercados, de ingenieros que habían acabado regentando un bar o una tienda de ropa. Pero esas eran cosas que les sucedían a los demás; le ocurrían a personas de otros países que acudían al nuestro en busca de oportunidades.

Al menos, recuerdo que pensé con poco consuelo, yo iba a trabajar en aquello que había estudiado, en una universidad en la que había encontrado empleo a través de Internet.

Mi novia se dio la vuelta y regresó a la cocina, donde oí claramente el leve entrechocar de la taza de porcelana contra la encimera de plástico. La casa estaba extrañamente silenciosa, como aletargada, sumida en un sopor profundo como si así pretendiera detener el tiempo para que la separación no llegase a producirse. Suspiré y puse en pie la maleta para conducirla al diminuto hall; se estaba acercando la hora. ¡Qué tranquilo estaba todo! Y qué angustia me producía.
Nukh01 de julio de 2014

1 Comentarios

  • Voltereta

    Que triste es ser emigrante, sobre todo porque te conviertes en inmigrante, con todo lo malo que esto acarrea. Hay que ponerse en el lugar de los demás, para ser capaz de vislumbrar todo el dolor que situaciones aparentemente cotididianas acarrean.

    Sin duda tú te has metido en la piel de alguien que abandona su país y has dejado mucho espacio abierto a la imaginación del lector, además con una atmósfera muy angustiosa, para el que es capaz de verla. A esto le llamo yo escribir.

    A favoritos va.

    Un saludo.

    12/07/14 10:07

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