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Por la Inocencia

Hoy brilla el sol en lo alto, como incitándome a retomar una vida que había dejado estancada hace unos meses. Hoy la primavera corre por mis venas y me cosquillea en el pecho, así que me armo de valor y salgo a caminar.

Me siento como una ermitaña que, tras recluirse en su cabaña en medio de la nada, decide regresar al mundo y descubre, para su sorpresa, que muchas cosas son diferentes pero el cambio más grande ha tenido lugar dentro de sí misma. Escojo un recorrido que me es profundamente familiar y añorado, porque de niña prácticamente no pasaba un día sin que mis pies hollaran este camino. Y echo a andar.

Al llegar a la cima de la colina me detengo, saboreando el aire límpido y frío que sopla, dejando que los rayos de sol me acaricien el rostro. Allí abajo veo mi casa, y una mirada al camino que he recorrido me hace recordar el ardor en los pulmones cuando, de pequeña, subía por allí en bicicleta. Siento una punzada de nostalgia: ahora no podría hacerlo. Los músculos de las piernas chillan de dolor, dándome la razón, así que sigo caminando.

Junto a la carretera, en las cunetas llenas de maleza (¡cuánta razón, Carlos!), reconozco algunas flores y plantas. Ortigas, arguetas, pitas, botones de oro, pollitos, flores de azúcar, campanillas del diablo, maravillas, margaritas… Ni siquiera estoy segura de que se llamen realmente así pero sé que, para la niña que fui, aquel era su nombre y para mí lo sigue siendo. Sonrío al pensar en los juegos infantiles (‘¿Gallo o gallina?’, preguntaba al deshojar las pitas para ver si se rompían o no, formando una “cresta”); en las margaritas martirizadas para saber si él me quería; en las veces que degusté los pétalos de las flores de azúcar junto a mis amigos; en las hojas de argueta que, insistía mi abuela, eran comestibles aunque odiosamente ácidas. ¿No es maravilloso ese mundo puro y feliz de la infancia y los recuerdos que nos brinda aún pasados los años?

Vuelvo a casa, arrancando algunas de esas flores para hacer un ramillete con el que decorar la lápida de mi inocencia perdida, pero al llegar a mi cuarto cambio de idea. Las coloco en un jarrón, presidiendo la estancia: por feas y vulgares que parezcan, su colorido me anima. Si aún puedo sonreír por cosas como ésta, puedo dar fe de que la inocencia y las ganas de vivir siguen aquí conmigo, pese a todo.
Nukh11 de junio de 2014

1 Recomendaciones

4 Comentarios

  • Sandor

    Nadie puede contar la vida por nosotros, y eso es una verdad que, sin embargo, alguien pretende que puede hacerlo mejor y te conoce, porque la estupidez es una sombra , como esa maleza (creció aún más?) en las cunetas. Nadie puede contar mejor que tú estos recuerdos, y por eso me gustan, porque al no serte extraños, nos los acercas a los que también hacemos ese camino de vuelta hacia la infancia.
    Un abrazo
    Carlos
    (llevaré guadaña conmigo).

    11/06/14 01:06

  • Superandoloimposible

    Es muy bonito... Aveces recordamos momentos pasados y nos gustaria volver a ellos y no hacen pensar que si alguna vez fuimos felices... ¿Por qué no ahora también? Gran texto, un beso.

    11/06/14 09:06

  • Voltereta

    La imagen de la inocencia perdida es un paisaje onírico en el que el ser humano desarrolla su felicidad, a pesar de todo. Es como un oasis en medio del desierto, que uno jamás quisiera abandonar.

    Es muy cautivadora tu escritura y algo melancólica.

    Un saludo.

    13/06/14 11:06

  • Luis323

    Pasamos nuestra infancia deseando ser mayores para conquistar lo que creemos logros y libertad propios de la gente adulta y después nos pasamos el resto de nuestra vida añorando el niño que fuimos.

    Es la época más feliz de la vida,pocas preocupaciones y mucho tiempo para jugar y fijar nuestra atención en las cosas pequeñitas que ya no vemos de adulto.

    Seguiremos buscado aquello que se perdió en la vorágine de nuestras vidas y afortunado seremos si nos acercamos en algún momento.

    Saludos

    31/01/15 03:01

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