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Cronostasis (encuentro Con la Heredera de Matusalem)

Fui a comprar medias a una de las esquinas históricas de la ciudad, muy cerquita de la estación de trenes.
Para algunos será lo más común del mundo, y lo es, hasta que la chica que me las vendió dijo: "Allá la señora te va a cobrar". Caminé hasta la caja, y detrás de la caja, una señora sentada en un viejo sillón de madera, de esos que tienen garabatos en sus bordes. Pero, aquí viene lo raro, esa señora no era cualquier señora, sino, una señora petrificada. ¿Petrificada, cómo petrificada?. Si, petrificada. Quieta, estatua, sin gesto ni mueca. Pe-tri-fi-ca-da.
La miro, me mira, pero no cualquier mirada, sino de esas que te examinan el iris sin pestañear como buscando secretos o mirando tan profundo como para escarbar el pasado. Me dirán que soy paranoico, pero esa señora no estaba en un estado algo aparecido a lo humano. Incómodo, mucho, me rasco la barba, miro alrededor como para disimular el silencio y me quedo en una foto de Claudia Schiffer en una publicidad de lenceria, desteñida, de vaya a saber que año.
La vuelvo a mirar, a la señora, su mirada esta vez es más hipnótica, de ojeo, de puñal, de rayos laser. No emite palabra, no respira, podría confirmarlo, no respira, giro y miró a la muchacha que está en un rincón siendo testiga de esta cronostasis y en un gesto le ruego ayuda. Ella creo que responde de una u otra manera al recordarle que son tantos pesos en total por lo que llevo. Vuelvo a mirarla, no cambia su postura, ni medio milímetro. No se balancea ni se le nota inflarse de respiración ni mucho menos de espiración. No hay pestañeo y eso es lo que más me inquieta. En mis adentros pienso si tengo agendado el número de urgencias, lo tengo, lo que no tengo encima es el teléfono móvil y luego recuerdo que me quitaron la linea por no cargarle aunque sea un centavo y decirles a los que nos espían que sigo siendo parte del sistema. Vuelvo de ese pensamiento.
Apresuro en sacar el dinero de mi bolsillo, confirmo que tengo lo justo y estiro hacia ella mi mano cargado con un billete arrugado de inflaciones deprimentes en la punta de los dedos. No se mueve, ni por Jesús y todos los santos que no se mueve. Me acercó, y nada, me acercó más, y nada. Sus pupilas están dilatadas, capaz que está drogada con vaya a saber que medicamento, o tal vez, anda enamorada. No sé. Nunca lo he estado como para comparar. Agito y muevo el billete como para ver si sigue el vuelo. No hay reacción. Miro nuevamente a la muchacha ínmovil, ella toma aire y levanta el tono de la voz y le informa otra vez sobre "el par de medias y otro de soquetes que lleva el señor". Regreso a la inmutable octo, o nona, o centenaria mujer y cuando voy a cortar mi silencio con un "¿SEÑORA SE ENCUENTRA BIEN, NECESITA ALGO?", una mano aparece, y no sé si sale de su cuerpo o de alguien atrás que la maneja, en un breve danzar me recibe el dinero e inmediatamente en un pase mágico cual ilusionista del circo de "Los herederos de Matusalem" me da el cambio. Respiro, ella no.
Un final genial hubiera sido que de repente esbozara una sonrisa y me dijera "¡Gracias joven buen mozo por su compra, que le vaya bien! ¡Y vuelvas prontos!", pero no, ni una misera expresión, ese día no me quiso regalar ni una.
Fueron unos minutos en el mundo ajeno a mis sueños, pero para mi una eternidad.
Dije "adiós" y me fui arrastrando las patas, llegando a la puerta giré para ver por última vez su rostro, pero unas cajas de zapatillas apiladas desordenadamente ya no me dejaron contemplarla.
Al rozar la primera baldoza de la vereda le susurré al viento casi sin pensar... "Esa señora nos va a despedir a todos".

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Ram08415 de agosto de 2021

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